domingo, 10 de mayo de 2009

Tranquility Bay: Un reformatorio para niños problemáticos

Tranquility Bay, es un centro educativo estricto como ninguno, que se utiliza como campo de reeducación para niños rebeldes.

Uno de estos centros se encuentra en Jamaica. Los padres pagan cantidades muy elevadas de dinero por un centro que más parece un GULAG o una especie de Guantánamo escolar.

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Los chicos reciben castigos corporales considerables aprovechando que la ley lo permite. Es la primera vez que se muestran imágenes de estos centros.

Tranquility Bay es un centro de reeducación extremadamente severo donde se maltrata físicamente a los niños internos y se les hace un lavado de cerebro.

Es uno de los numerosos centros afiliados a WWASP, un conjunto de empresas dirigidas con mano de hierro por unos empresarios de UTAH, en Estados Unidos, ligados a los valores patriarcales y autoritarios del fundamentalismo mormón.

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Actualmente, en los Estados Unidos, hay más de mil empresas privadas que venden sus programas de reeducación infantil. En este mercado de casi 50.000 millones de euros, que crece a un ritmo del 25% anual, WWASP domina desde hace quince años el sector de la modificación del comportamiento.

Su especialidad es el internamiento de adolescentes difíciles y la tarifa base es de 24.000 euros al año. Esta red de centros se anuncia por medio de internet, catálogos a todo color, vídeos promocionales y del boca a boca entre los padres que ven WWASP como último recurso.

¿Pero, por qué necesitan un último recurso?  Porque tienen miedo de que su hijo pierda el rumbo.

El producto que WWASP vende a estos padres asustados suena muy bien. Se llama “modificación del comportamiento” y se resume en dos palabras: castigo y recompensa. WWASP educa a sus internos, tal como se enseña a un animal de compañía.

Un ejemplo del repertorio de castigos de estos centros es obligar a los chicos a estar estirados en el suelo durante horas, días o semanas. En cuanto a las recompensas, sólo hay una: la ausencia de castigo. Es la única manera de obtener privilegios, como comer, lavarse, estudiar o llamar a los padres.

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El capítulo más triste de la historia de estos adolescentes, suele comenzar casi siempre a medianoche, cuando unos desconocidos los sacan de la cama de sus propias casas y se los llevan a la fuerza hacia un destino desconocido.

Y, cuando se acaba, todos están marcados para siempre, pero algunos hablan con rabia y odio de sus presuntos educadores, de sus padres y de su país, donde no hay ninguna legislación federal de protección a la infancia.”

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