2019 - Prohibido Saber

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Quiero ser de izquierdas

miércoles, noviembre 20, 2019 0
Quiero ser de izquierdas

Alberto Garzón, joven promesa de la izquierda suicida, ha afirmado que "un delincuente no puede ser de izquierdas". Pues si un político de izquierdas roba es porque realmente no es de izquierdas. ¿Y a qué se debe esta incompatibilidad? Pues a que, textualmente, «la izquierda representa una forma de vivir y una forma de relacionarse en la que no cabe utilizar al prójimo para beneficio propio».

Nadie se escandalice. No se trata de nada excepcional en el beatífico mundo de la izquierda. Hace un par de años José Sacristán, ese referente ético e intelectual, dijo que la corrupción de los políticos de izquierdas es más grave que la de los de derechas, pues al fin y al cabo éstos «tienen la patria, la familia, la banca y la sacristía. Sus votantes son feligreses: tienen fidelidad a unos principios. Así es difícil tener sentimiento de culpa: pasa uno por el confesionario y tema resuelto».

Según parece, como los izquierdistas no pueden pasar por el confesionario, se comportan mejor y están vacunados contra la hipocresía. Envidiable, la altura moral de los izquierdistas.

Otro ejemplo, en este caso de superioridad intelectual y llegado desde Francia. Elisabeth Barget –veterana de mayo del 68, campeona del feminismo y del aborto libre y gratuito, atea militante hasta el punto de organizar en 1996 una campaña bajo el lema Devolvednos nuestras almas para reventar la visita de Juan Pablo II a Francia en el 1 500 aniversario del bautismo de Clodoveo y, por supuesto, enemiga mortal del peligro fascista encarnado por el Front National– se afilió hace un par de años a dicho partido e incluso se presentó como candidata por su departamento. El motivo de la decisión de Barget fue, según explicó, el miedo a la «conquista islámica de Francia». Pero lo más interesante es la explicación de su giro político: ha ingresado en el Front National porque, según ella, éste ha mutado y sostiene un discurso de izquierdas. No será este humilde juntaletras quien niegue dicha posibilidad, pero no deja de ser revelador que reclame no haber sido ella la que se ha convertido al ideario del FN, sino éste al de ella. Mientras que la derecha obedece a oscuros impulsos, la izquierda siempre encarna la virtud, y para que otra opción política participe de esa virtud ha de adoptar forzosamente los planteamientos izquierdistas.

La izquierda incluso consigue convencer a todos de su honradez intelectual y su perpetua renovación aunque no se aparte un milímetro de sus dogmas. Véase, si no, la autocrítica que se dice que la izquierda europea hizo ante el desplome del comunismo hace ya un cuarto de siglo. La izquierda, se dice, renegó de unos regímenes que se habían demostrado económicamente ineficaces, socialmente injustos, opresores de las libertades de los ciudadanos e incalculablemente criminales. Cuando a la terca izquierda occidental no le quedó otro remedio que admitirlo, simuló hacer autocrítica y sentenció que aquello no era socialismo, sino fascismo. Pues de la izquierda nada malo puede surgir.

Otra manifestación de esta técnica de camuflaje es la fascistización de aquella variante izquierdista que merezca ser condenada por sus métodos –nunca por sus fines–. En los últimos años ha pasado a engrosar las listas de las organizaciones fascistas nada menos que Esquerra Republicana de Catalunya, no sufriendo muchos izquierdistas el menor sonrojo al definir dicho partido como extrema derecha catalana. Aunque el ejemplo más claro es el de ETA-Batasuna, pues tan izquierdista organización –cuyos objetivos estratégicos son, según sus propias palabras, Independencia y Socialismo– es, sin embargo, calificada de fascista por todo tipo de izquierdistas.

Dado tan brillante currículo, la izquierda puede presumir eternamente de sí misma; la derecha debe ocultarse. La izquierda puede utilizar la palabra derecha (o sus variantes, como «la derechona») como insulto; la derecha no sólo ha de utilizar siempre la palabra izquierda con respeto, sino que hasta debe ocultar su derechismo camuflándolo como centrorreformismo y otros artificios palabreros.

La verdad es que la izquierda contiene demasiadas ventajas como para no sumarse a ella, incluidas, lo acaba de recordar Garzón, el altruismo y la honradez, virtudes morales que adornan a las personas por el mero hecho de ser izquierdistas. Por eso yo quiero serlo. ¿Qué hay que hacer?

Fuente: elmanifiesto.com

Pandillas

miércoles, noviembre 20, 2019 0
Pandillas

Oculta, como también a los márgenes de las protestas y sus legítimas razones, se ha desencadenado una forma de conducción grupal perjudicial para toda democracia, la convivencia cívica y la República, y este no es más que la figura de la pandilla. Pequeñas -pero destructivas-, vanidosas, soberbias y dotadas de fanatismo, parasitan las luchas de sus conciudadanos para estrenar su flujo de energía disgregador el cual termina por opacar las razones el esfuerzo ciudadano por un mejor país.

Esta inclinación y forma de actuar no ve más que el triunfo por el medio que sea y posee una sed infinita que se alimenta de la derrota, la venganza y el resentimiento. Esto es lo que el filósofo Albert Camus en El hombre rebelde acuñó como la moral de la pandilla. Esta moral, habitual en el comportamiento de los fascistas, clama por una definición del individuo en términos de su enemigo y, fundamentalmente, en la acción combativa y encarnizada por destruir a quienes considera oponentes.

“Estas actitudes disfrazadas de justa indignación para desencadenar la violencia no sólo son profundamente antidemocráticas sino también anti-humanistas.”

Estas actitudes disfrazadas de justa indignación para desencadenar la violencia no sólo son profundamente antidemocráticas sino también anti-humanistas. El humanismo, como resumió Steven Pinker, fue un movimiento intelectual de enorme impacto político y filosófico para el progreso de nuestra sociedad civilizada debido a que “privilegia el bienestar de hombres, mujeres y niños individuales por encima de la gloria de la tribu, la raza o la nación”. Es en la singularidad del individuo y su derecho a discrepar, diferenciarse y manifestarse donde se hallan los fundamentos de la libertad humana. La pandilla, intransigente a cualquier conducta contraria a la tiranía de sus formas, sería capaz hasta de destruir la propiedad o la vida de un individuo. Ya hemos visto en Chile cómo intentan despedazar vehículos porque los conductores no se someten al ritmo carnavalesco de su imposición brutal.

La pandilla, en su modalidad de masa agresiva, termina por potenciar lo que el psicólogo Jonathan Haidt llama la política de identidad del enemigo común. Esta no es más que una regresión psíquica a un estadio tribal en la que el conflicto, en su mayoría violento, termina por predominar en su lógica interna. Esta visión es contraria a una política de identidad de la humanidad en común la cual tiene por principio humanizar a los adversarios y apelar a la dignidad de estos y, por consecuencia, la presión política que se ejerce se manifiesta en estándares civilizados.

Estas pequeñas masas, perjudiciales para el debate cívico y la democracia, son boyas a la deriva como las describió José Ortega y Gasset, compuestas de hombres con ideas dentro de sí, pero sin la capacidad de idear. Quieren opinar, pero no asumir las implicancias de la deliberación donde la contraargumentación es lo normal. Las pandillas se conforman de individuos que ni quieren tener la razón y tampoco darla, es simplemente la imposición de sus opiniones.

Es por ello por lo que el ejercicio de una sociedad civil pujante, pacífica, la cual cree en la libertad se ve impedida de su acción legítima en la misma medida que imperan los pandilleros exigiendo sus reclamos por medio de los desmanes y la destrucción. No es de extrañar, en la propia dinámica contradictoria de las masas coléricas, que en la búsqueda de un pan que escasea el medio que terminan empleando para conseguirlo es “la destrucción de las panaderías”, usando un ejemplo de Gasset.

Es por ello por lo que un orden político no es cualquier orden. Para implementarlo se necesita el reconocimiento de la libertad debido a que la política requiere de la tolerancia de verdades divergentes, como diría Bernard Crick. No hay nada más antipolítico que la moral de la pandilla, y en la medida en que estemos dispuestos a desplazarlas con valentía del epicentro de las protestas y reclamos ciudadanos por un mejor país, es en esa medida que lograremos rescatar la paz y conseguir las soluciones responsables a los problemas que nos aquejan.

En medio del acuerdo por la paz y una nueva constitución establecido entre el gobierno y la oposición, nuestra función ciudadana es promover el comportamiento civilizado y el urgente aislamiento de la pandilla y su moral, ambas dañinas para la república.

Autor:  Eugenio Guerrero
Fuente: fppchile.org

Un fantasma recorre Chile

miércoles, noviembre 20, 2019 0
Un fantasma recorre Chile

Parece ser que en Chile hemos fallado en enseñar y promover lo que es la democracia en sentido estricto, y que no es otra cosa que la vindicación de la capacidad individual del libre examen sin depender de nuestra pertenencia a un grupo determinado. En otras palabras, la democracia se basa en la defensa de la facultad que tiene cada persona para evaluar y juzgar, sin importar si sus posturas son mayoritarias o minoritarias. De ahí, de esa expresión máxima de autonomía, proviene la fórmula un hombre un voto, que es el elemento esencial para equilibrar la pluralidad de opiniones que, con todos sus matices, existe en una sociedad. En estos días turbulentos se ha visto una dinámica contraria a esa autonomía.

Si bien se ve la expresión ciudadana en las manifestaciones y quizás en algunos cabildos, lo que se ve como predominante es una distorsionada noción de lo democrático que se expresa de diversas maneras, pero donde todas esconden conductas más propias de las manadas que de altos espíritus democráticos. El vandalismo anómico, apreciable en todas las marchas, no solo es ejercido por el lumpen, sino también por sujetos que, sin ser excluidos, claramente presentan conductas anómicas que se traducen en un desdén casi total.

Lo increíble es que esos sujetos, de temperamentos de delicada moralidad, se presumen los demócratas por excelencia. En cierto modo son el producto de una creciente distorsión de la democracia que, como muy bien describió Ortega y Gasset, da paso a la llamada democracia morbosa. No es raro que sean esos sujetos los que, en medio de la engañosa algarabía de la muchedumbre, procedan a amenazar o golpear a quienes se niegan al chantaje de mover sus cuerpos, para poder pasar, al ritmo de los cánticos de la multitud. La prensa, miope, ha descrito esto como algo más bien festivo y simpático. Pero en realidad refleja claramente el fantasma que recorre Chile: no es más democracia ni libertad ni igualdad, sino una distorsión de esta, y que podría dar paso a un colectivismo brutal.

“El fantasma que recorre Chile: no es más democracia ni libertad ni igualdad, sino una distorsión de esta, y que podría dar paso a un colectivismo brutal”.

En nombre de la democracia se comienzan a derrumbar sutilmente sus fundamentos más esenciales, que son de índole simbólica y ética. La argumentación, basada en la comprensión de la importancia de la autonomía individual, pierde sentido frente a la primacía de las más ardientes pasiones y la emocionalidad más radical que se impone a punta de gritos y violencia fuera de todo marco. Entonces, la noción de lo que es democrático se subvierte tras nociones más propias del tribalismo, donde el libre examen, el pluralismo y la autonomía de los individuos son puestas en dudas por una multitud amorfa, donde la mayoría de las veces se esconden los cobardes.

Esa dinámica no es democrática, sino que es propia de la tiranía de la muchedumbre. En ese terreno se impone la moral de las pandillas, el dominio de los más gritones, los más osados, los más agresivos, los peores. De ahí no puede surgir un criterio de justicia sino la burda dominación basada en el desprecio, el rencor y el odio. La muerte paulatina de una democracia se produce cuando la legítima diferencia de opiniones o perspectivas es reemplazada por la imposición y el desprecio contra los disidentes y los herejes, de parte de quienes se presumen como los máximos poseedores de la justicia, la verdad y el bien. Muchos dirán que se exagera al colocar atención a estos fenómenos, pero en función de este tipo de acciones, las sociedades pueden entrar no solo en un espiral del silencio sino también en dinámicas populistas, dictatoriales e incluso totalitarias. En Chile podríamos estar pasando del únete al baile, al únete al baile, obligatoriamente, en nombre del pueblo. Es hora de que los demócratas despierten.

Autor:  Jorge Gómez
Fuente: fppchile.org

domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Qué es el peronismo?

domingo, noviembre 17, 2019 0
¿Qué es el peronismo?

Muchas personas en el mundo se preguntan qué cosa es el peronismo. Nadie ha podido etiquetar bien al peronismo dentro de una categoría específica. Hoy lo voy hacer, lo voy etiquetar de una forma bien específica.

“El peronismo es demagogia y populismo puro. No es izquierda ni es derecha y es ambas cosas a la vez y según la conveniencia. No es nada definido. Es hipocresía en estado puro. El peronismo no tiene una ideología definida. Es pura manipulación de masas a través de un discurso diseñado para influir en las personas de menor formación o facultades intelectuales, únicamente con el objetivo de obtener su voto para alcanzar el poder.”

Esa es la definición de peronismo, por lo tanto, el tema está resuelto.

El peronismo es «el peronismo» esa es la etiqueta correcta, y su significado es el que acabamos de describir unas líneas más arriba.

Si usted se guia por la definición que acabamos de dar, siempre sabrá con exactitud que es el peronismo.

martes, 12 de noviembre de 2019

Liceo N° 7 (de Santiago) versus Grange

martes, noviembre 12, 2019 0
Liceo N° 7 (de Santiago) versus Grange

La Defensora de la Niñez, Patricia Muñoz, en un programa radial realizó un contrafáctico que no dejó indiferente a nadie: «Si lo que pasó en el Liceo 7 hubiera pasado en el Grange, todas las autoridades habrían salido a decir que no es tolerable que un colegio de este país ingrese Carabineros a disparar».

Creo que hacer el contraste entre lo que sucede en un liceo con número de Chile con la realidad de nuestros colegios más acaudalados es un ejercicio retórico acertado que debería hacerse más a menudo. Sin embargo, el contraste ofrecido por la Defensora de la Niñez rezuma más resentimiento que honesta preocupación por los derechos de los niños, mejor hubiera sido preguntarse: ¿Por qué tiene que entrar Carabineros al Liceo N°7 de Santiago y no en el Grange? Con esta interrogante Patricia Muñoz apuntaría a una de las causas de desigualdad entre un colegio como el Grange y un colegio como el Liceo N°7, y, de paso, aprovecharía de proteger otro derecho hace mucho tiempo conculcado a buena parte de los alumnos que estudian en la educación estatal: el derecho a la educación.

En concreto, ¿por qué ingresó Carabineros al Liceo N° 7 de Santiago Teresa Prats de Sarratea (para evitar confusiones)? Porque la directora del establecimiento llamó a la policía uniformada. ¿Por qué Carabineros no ha ingresado al Grange? Porque su rector no ha tenido la necesidad de llamar a la fuerza pública.

¿Cuál es la causa de esta desigualdad? Los colegios privados y subvencionados son dirigidos por autoridades que velan por el cumplimiento de las normas básicas para el funcionamiento de un colegio, en cambio, los colegios municipales, en último término, son dirigidos por políticos cuya prioridad es mantenerse en el poder y, en dicho cálculo electoral, es posible que el derecho a la educación de los niños y jóvenes pase a un segundo plano. Por su parte, los directores de estos liceos, al verse arrinconados por la violencia, pasan por dos etapas: primero una de impotencia (porque su inicial motivación por mejorar la educación pública se ve frustrada por la anomia) para terminar en una etapa de incompetencia (cuando se dan cuenta que mientras menos hagan por combatir la violencia, más posibilidades tienen de permanecer en sus cargos). La directora del Liceo N° 7 —elegida mediante concurso por Alta Dirección Pública— se encuentra en el tránsito a la segunda etapa al ver que su tardía reacción de hacer cumplir la ley por medio de la fuerza pública ha tenido más costos que beneficios.

Como resulta evidente, en este escrito no generalizo a toda la educación estatal, la cual, por fortuna, no vive las miserias de colegios como el Liceo N°7 de Santiago, el Instituto Nacional y el INBA, aunque siempre corre el riesgo de pasar a un segundo plano si poner orden en las salas le quita votos al alcalde de turno. A su vez, debo destacar que ha habido casos de directores de liceos públicos en crisis que han dado la pelea y se han comportado como verdaderas autoridades, como es el caso del ex rector del Instituto Nacional Jorge Toro, pero su actuar ha sido imposibilitado por sus siempre políticos superiores de la Municipalidad de Santiago y obstaculizado por los cada vez más políticos Tribunales de Justicia.

Con todo, debo reconocer un acierto en el contrafáctico de la Defensora de la Niñez: hay ciertos hechos que la clase política tolera en establecimientos públicos —tomas, paros, inasistencia de profesores, venta de drogas, etc.— que no toleraría un director de colegio privado o subvencionado o un político en calidad de apoderado de establecimiento privado (la regla general en Chile). Esta letal mezcla de clasismo con manifiesto incumplimiento de deberes conspira contra el común deseo de una educación pública y de calidad. El problema no está en el Grange, el problema está en la clase política.

Autor: Juan. L Lagos
Fuente: fppchile.org

El infame muro fue derribado hace 30 años. Por Carlos Alberto Montaner.

martes, noviembre 12, 2019 0
El infame muro fue derribado hace 30 años. Por Carlos Alberto Montaner.

El 9 de noviembre de 1989 comenzó el derribo del Muro de Berlín y la desaparición del comunismo en Europa. Hace 30 años de ese extraordinario episodio. Lo recuerdo como los días más felices de mi vida.

Es imborrable la imagen de esos jóvenes jubilosos pulverizando a golpes de mandarria la pared que les impedía acceder a un futuro luminoso labrado con su propio esfuerzo. La libertad era eso: poder luchar por un mejor destino sin un Estado que decidiera en nuestro lugar, sin un Partido que escogiera nuestras opciones, sin los ojos permanentes de la policía política posados en nuestra nuca.

¿Qué hubiera pasado si Gorbachov invoca la “Doctrina Brezhnev” y lanza los tanques del “Pacto de Varsovia” sobre los manifestantes y asesina a 10,000 berlineses? Nada. No hubiera pasado nada. Fue lo que hicieron los camaradas reformistas chinos ese mismo año de 1989 en Tiananmen. Mataron a millares de disidentes y “la primavera china” se secó inmediatamente. Si Gorbachov recurre a la violencia el comunismo seguiría imperando en la URSS y en el Este de Europa.

¿Por qué Gorbachov no lo hizo? En primer lugar, por razones psicológicas. Gorbachov no era un hombre sanguinario. Me contó su principal ideólogo, Alexander Yakovlev, que ellos rechazaban la violencia. Eran comunistas y patriotas, pero no asesinos. Además, pensaban que había que “liberar a Rusia del peso de la URSS” y eso se podía hacer sin coacciones ni represalias.

Sólo el costo de mantener a flote el satélite cubano le había significado a la tesorería moscovita más de 60,000 millones de rublos a lo largo de los años, sin contar los equipos militares, la misma cifra que tenían de déficit el año en que fue disuelta la URSS. Y encima, Fidel Castro, además de lo que le costaba a la Unión Soviética, no cesaba de conquistar países absolutamente improductivos que colgaba insensiblemente del presupuesto de Moscú: Nicaragua, Angola y Etiopía, mientras intrigaba contra la “perestroika” y el “glasnost” y aplaudía la presencia militar soviética en Afganistán. Aquello era intolerable.

Gorbachov quería transformar a Rusia en una nación realmente desarrollada, próspera y libre, pero sin propiedad privada de los medios de producción, regida por un sistema planificado, de acuerdo con el proyecto colectivista marxista.

Abandonaba, eso sí, el leninismo, por todo lo que tenía de represor, olvidando que Marx había propuesto “la dictadura del proletariado”. De alguna manera, Lenin, y luego su discípulo Stalin, se habían limitado a crear la metodología para implementar ese tipo de dictadura preconizada por el filósofo alemán.

“¿Por qué fracasó Gorbachov?” le pregunté a Yakovlev, lo que también lo incluía a él en el desastroso fin de la perestroika. Se quedó pensando unos instantes mientras miraba a la ventana. Golpeó con su pipa la pata de palo que le había quedado como muestra de su condición de héroe de la Segunda Guerra mundial y, finalmente, me dijo con un dejo melancólico: “porque el comunismo no se adapta a la naturaleza humana”.

Era cierto. Por eso había fracasado en todas las latitudes –germanos, latinos, cristianos de diversas denominaciones, musulmanes, asiáticos–  y con todo tipo de líderes: educados, agraristas, proletarios, locos y cuerdos, precavidos y aventureros. No había excepciones.

En cambio, la superioridad del modelo occidental, la democracia liberal, era evidente. ¿Por qué? Exactamente por lo contrario: era una expresión de la naturaleza humana. La democracia liberal había parido a Corea del Sur. El colectivismo y la planificación, a Corea del Norte.

La democracia liberal admitía la diversa variedad de las personas, lo que entrañaba hábitos, conductas y resultados diferentes, rasgos que provocaban una inevitable estratificación social. Aceptaba el mercado y rechazaba el mundillo concebido por los planificadores. Lejos de rechazar y perseguir a los emprendedores, los aplaudía y encumbraba, porque la mejoría constante del entorno se debía a la competencia, aunque se sabía sin la menor duda, a partir de Joseph Schumpeter, que el mercado se alimentaba de los cadáveres de los más ineficientes.

A 30 años de su desaparición europea, el colectivismo, entreverado con el narcotráfico, regresa por sus fueros y asoma su oreja peluda en algunos países de América Latina. Ya no se trata de crear el paraíso en la tierra, sino el infierno. No prevalecerá. Tampoco se adapta a la naturaleza humana.

Fuente: elblogdemontaner.com

Evo Morales, derrotado por la nación boliviana. Por Carlos Sánchez Berzaín.

martes, noviembre 12, 2019 0
Evo Morales, derrotado por la nación boliviana. Por Carlos Sánchez Berzaín.

El flagrante fraude electoral y los crímenes cometidos por Evo Morales y su régimen activaron la “nación boliviana” luego de más de una década en que el castrochavismo la suplantó con falsificaciones, masacres y delitos, cuando eliminó la República de Bolivia e impuso su estado plurinacional fundado en la confrontación racial. La nación boliviana se activó en cabildos abiertos de los que nació la resistencia civil y jóvenes liderazgos. En casi tres semanas de resistencia civil, Evo Morales es un dictador derrotado por la nación boliviana y solamente sostenido por la intervención castrochavista.

La necesidad de reconocer la nación boliviana nace históricamente en la Guerra del Chaco, a la que los jóvenes de Bolivia procedentes de diversas regiones, culturas, condiciones sociales y económicas concurrieron como una sola fuerza nacional. La Revolución Nacional de 1952 implementó la construcción de la nación boliviana con el voto universal que hace ciudadanos iguales a todos los hombres y mujeres de Bolivia, con la reforma agraria que los hace propietarios y potenciales emprendedores, con la reforma educativa que establece la educación gratuita y obligatoria, y con la reforma del sistema militar para institucionalizar Fuerzas Armadas de la Nación.

El concepto y la existencia de la nación boliviana, mestiza, diversa pero única, se construye y sostiene por medio de la “alianza de clases” y no de la lucha de clases. Se mantiene y desarrolla hasta 2009 en que –con la constitución castrochavista- se suplanta por la “lucha de razas” por medio del reconocimiento de 36 naciones en el territorio de Bolivia y la liquidación de la República con un estado plurinacional. En eso consiste el más grande crimen para destruir la “nación boliviana” y traición a la Patria perpetrados por Evo Morales, entregando Bolivia a la intervención de la transnacional del crimen organizado que en ese momento se presentaba como movimiento bolivariano o socialismo del siglo XXI y que hoy se reconoce como castrochavismo.

Hay que recordar que la liquidación la nación boliviana presentada como una acción autóctona de Evo Morales en su rol de falso indígena, es solo la repetición de la consigna de “multiplicación de los ejes de confrontación” impuesta por el Foro de San Pablo desde su creación, utilizando el “racismo”, el “indigenismo” y el “regionalismo” -en el caso boliviano- como herramientas para destrozar el concepto de “unidad de nación”, facilitar la intervención, terminar la democracia e imponer su sistema dictatorial. En Bolivia, el castrochavismo falsificó y manipuló el indigenismo convirtiéndolo en factor de “lucha”, para desplazar el “indigenismo nacional” que está incorporado como elemento esencial de “alianza” en la construcción y desarrollo de la nación boliviana.

Este apretado resumen histórico de la nación boliviana y su lucha por ser y sobrevivir, demuestra el porqué la resistencia civil contra la dictadura castrochavista de Evo Morales es posible y es exitosa. Se trata de que los bolivianos somos y queremos ser bolivianos, que hemos proclamado y ejercido por varias generaciones el principio de “unidad en la diversidad”, asumiendo nuestra condición de mestizos, nuestras diferencias regionales y culturales como elementos de riqueza para la construcción de una nación común que existe y cuya madurez se demuestra ahora.

Porque hay una nación boliviana la confrontación en Bolivia está planteada entre el régimen y el pueblo de Bolivia, entre Evo Morales y los bolivianos, entre la intervención transnacional castrochavista y la defensa de la Patria. Por eso el símbolo de la libertad y la democracia en Bolivia es la bandera nacional boliviana (rojo, amarillo y verde) y el mensaje de la resistencia civil es el Himno Nacional boliviano (morir antes que esclavos vivir…). Por eso el pedido de renuncia es nacional. Por eso la totalidad de la Policía Boliviana está contra el régimen en una acción denominada motín pero que en verdad es de institucionalidad nacional. Por eso la parte corrompida del alto mando militar de las Fuerzas Armadas de la Nación no ha podido mantener su entreguismo al régimen y se ha neutralizado bajo presión de los militares formados en la doctrina la Nación Boliviana.

Solamente la intervención violenta y criminal del castrochavismo sostiene a Evo Morales, bajo acción directa de Carlos Rafael Zamora alias el gallo que funge como Embajador de Cuba en Bolivia. Pero el dictador está derrotado, el enemigo identificado y la nación boliviana unida y movilizada.

Fuente: carlossanchezberzain.com

viernes, 8 de noviembre de 2019

Hablemos de lucha de clases (II)

viernes, noviembre 08, 2019 0
Hablemos de lucha de clases (II)

La espuma de los días

Hotel Hilton de Beverly Hills, 8 de enero 2017. Entrega de los Golden Globe Awards de cine y televisión. Un selecto público de engalanados millonarios –a la sazón, la élite de la industria de Hollywood–aplaude a rabiar una encendida perorata contra Donald Trump. Al día siguiente, los millonarios son ensalzados como “la Resistencia” frente al inoportuno gañán elegido por el pueblo americano.

Mediterráneo central, agosto de 2019. Una millonaria estrella de Hollywood desvía el rumbo de su yate y sube al barco de una ONG –fletado con el dinero de otro millonario– para repartir limosnas entre un grupo de africanos. La estrella recrimina a Italia, país que había recibido 150 000 africanos durante los meses anteriores, no querer hacer sitio para algunos más. A continuación, la estrella se marcha a una de sus mansiones de 300 metros cuadrados.

Octubre 2017. Una gran estrella de cine entra como accionista en una macroempresa de productos vegetarianos y anima a la humanidad a no comer carne. El veganismo es cool. Por si hubiera dudas ya lo decían los sabios de la ONU: “está ampliamente aceptado que los insectos proporcionan nutrientes comparables a la carne y el pescado". Otra estrella de Hollywood se retrata comiendo arañas. Mensajes subliminales: los pobres deberían dejar de comer carne. Si además comen insectos, eso les hará mejores personas.[1]

París, noviembre 2018. Alegando razones ecológicas, el gobierno de Macron anuncia una subida de los precios del diésel. La medida afecta a las clases más humildes que dependen del coche, al tiempo que exime a los sectores más contaminantes y con grandes beneficios (fábricas, camiones, empresas, yates, cruceros). El malestar se extiende y enlaza con otras protestas: pérdida del poder adquisitivo, sentimiento de abandono de las zonas rurales, rechazo al Pacto Mundial de Migración de la ONU. Estalla la revuelta de los chalecos amarillos.

Madrid, noviembre 2018. El ayuntamiento reserva el centro de la ciudad a los coches de los allí residentes y prohíbe el acceso a los demás coches. Consecuencia: los coches de los pobres se hacinarán y contaminarán en las afueras, mientras el centro gentrificado podrá respirar un aire más puro. “Vota bonito”, dirá en su propaganda la izquierda cool promotora del invento.

Septiembre 2019. Una niña sueca promocionada por un lobby millonario acude a la ONU a dar un discurso contra el cambio climático. Lo hace en un velero deportivo propiedad del Príncipe de Mónaco, patrocinada por la BMW y por un banco implicado en paraísos fiscales. La izquierda cool aplaude el discurso.

Estos episodios elegidos al azar –más o menos relevantes, más o menos chuscos– nos dejan una vaga impresión: aquí hay alguien que se ríe de alguien. ¿Se ríen acaso de nosotros?

Todos ellos nos remiten a una categoría de fondo: al sesgo profundamente clasista del conglomerado ideológico imperante.

Parece lógico por lo tanto interpretarlos desde un enfoque de clase.

La neoaristocracia y sus cortesanos

Un huracán de cruzadas purificadoras recorre el mundo: el ecologismo, el antiespecismo, el animalismo, el veganismo, el antirracismo...

Un huracán de cruzadas purificadoras recorre el mundo: el ecologismo, el antiespecismo, el animalismo, el veganismo, el antirracismo, el neofeminismo, el anticolonialismo, las luchas “interseccionales”. Basadas en la superioridad moral de la izquierda, jaleadas por las estrellas de cine, exaltadas en la publicidad de las grandes empresas, las nuevas ideologías burguesas permiten imponer políticas migratorias a los pueblos, permiten favorecer nuevos procesos de acumulación capitalista –las corporaciones “verdes” lo son–, permiten continuar con la gentrificación de las grandes metrópolis, permiten expulsar al extrarradio a las clases medias en decadencia, permiten demonizar a los votantes “populistas” (los “desdentados” según Francois Hollande, los “deplorables” según Hillary Clinton). En suma: permiten seguir avanzando la agenda de la mundialización.

Si nos fijamos en los episodios anteriores –especialmente en los más anecdóticos y estúpidos– observamos que se ajustan como un guante a esas agendas regadas por flujos de dinero, por oligarquías financieras y por capitales especulativos. Para impulsarlas, la neoaristocracia transnacional dispone de varios tipos de cortesanos. Destacamos los siguientes:

Los cortesanos-expertos: managers y androides burocráticos incardinados en las instituciones estatales y globales (muy especialmente en las Naciones Unidas y sus Agencias) con el encargo de implementar la hoja de ruta de sus amos.[2]

Los cortesanos-sicofantes: agentes de comunicación y jerarcas académicos encargados de delatar, marginar y estigmatizar a los elementos incómodos para la aristocracia transnacional.   

Los cortesanos-payasos: miembros del circo mediático-espectacular que cumplen la función de esparcir la moralina del sistema.

Son los rostros de una nueva lucha de clases. Los voceros de la ideología mundialista.

Ideología, falsa conciencia y corrección política

Desde que Karl Marx teorizó sobre el concepto de “ideología”, esta palabra adquirió una connotación peyorativa. “Las ideas de la clase dominante –dice Marx en un famoso pasaje de La ideología alemana– son en cada época las ideas dominantes”. La contundencia a la hora de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es un rasgo emblemático del filósofo de Treveris. Pero eso no debe llevarnos a engaño. Su desarrollo del concepto de ideología es complejo, equívoco y cambiante en el tiempo. No obstante sus seguidores lo interpretaron casi siempre en el mismo sentido: debemos levantar el “velo de maya” de las mistificaciones ideológicas y descubrir la relación de clase que se encuentra al fondo.

No entraremos en el debate sobre el pretendido carácter científico del marxismo y de su crítica a la ideología –que suele asimilarse a la denuncia de la “falsa conciencia”–.[3] Pero sí pensamos que esa denuncia puede ser ocasionalmente un instrumento útil. Por ejemplo: a la hora de deconstruir el hiperhumanismo utópico, moralizante y progresista que constituye, hoy por hoy, la banda sonora de la globalización. Veamos.

Conocida es la crítica que el marxismo hace de la religión como “opio del pueblo”. Pero si observamos las manifestaciones habituales de las ideologías posmodernistas –sus formas maniqueas, dogmáticas y lacrimógenas– observamos que todas ellas vehiculan una sensibilidad pararreligiosa, un pseudocristianismo de nuevo cuño que, vaciado de cualquier contenido trascendente, se enfanga en un moralismo histérico con ansias de purificar el mundo. A toda esta morralla intelectual –que de forma injusta suele calificarse como “marxismo cultural”– cabría aplicarle el método riguroso del marxismo más clásico, y denunciarla como formas históricamente determinadas de falsa conciencia necesaria. Necesaria para el capitalismo neoliberal en cuanto destinadas a tapar sus miserias. La corrección política es una forma de falsa conciencia encaminada a disimular una relación de clase.[4]

¿Qué decir a todo esto desde la crítica marxiana a la ideología?

Si atendemos al Marx más maduro –al Marx de El Capital–, la ideología no es una falacia o algo contrario a “la verdad”. Para Marx la ideología es una proyección ideal, es la proyección ideal que un mundo histórico tiene de sí mismo para sí mismo. En ese sentido toda ideología es “verdadera”, en cuanto responde a una noción de “verdad” que es la propia de ese mundo histórico. Ahora bien, ¿cuál es “la verdad” del capitalismo absoluto? Ésta no es otra que el hecho de que todo –absolutamente todo– es susceptible de convertirse en mercancía. Evidentemente, la narrativa del capitalismo no se presenta así. Al centrarse únicamente en la forma en la que las relaciones económicas aparecen en la superficie –libertad, igualdad, propiedad, derechos humanos– la ideología disimula las contradicciones internas del sistema. De esta manera “la ideología burguesa de la libertad y la igualdad (añadamos: del antirracismo, de la lucha contra el heteropatriarcado, de la erradicación de los micromachismos, de la emancipación de los transexuales de género fluido no binario, etcétera) disimula lo que está debajo de la superficie de los procesos de intercambio mercantil, donde estas igualdades y libertades aparentes desaparecen y demuestran ser en realidad desigualdades y falta de libertad”.[5] Y aquí llegamos al meollo del enfoque marxiano.

El problema –nos viene a decir Marx en su crítica de la ideología– no es que todas esas representaciones ideológicas estén equivocadas, sino que son la consecuencia de contradicciones reales y materiales. Las distorsiones ideológicas no pueden ser vencidas únicamente gracias a la mera crítica, sino que solamente desaparecerán cuando las contradicciones que estén en la base se resuelvan. Hasta que no llegue ese momento las distorsiones ideológicas seguirán encubriendo dichas contradicciones y contribuyendo a su reproducción, en beneficio de la clase dominante.[6] O dicho en otros términos: la crítica en la superestructura no nos exime de actuar también sobre la estructura.

Sobre la estructura, en este caso, de un capitalismo ajeno a cualquier idea de límite.

La filosofía espontánea del capitalismo

Repitamos la pregunta: ¿cuál es la verdad del capitalismo? Su verdad última es que todo es economía y no hay salvación más allá de la economía. La “economía” es por lo tanto el mensaje positivo que capitalismo tiene que comunicar al mundo.[7] Este mensaje positivo se complementa con el mensaje negativo del nihilismo, que nos dice que nada tiene sentido en los planos filosófico, ontológico, etcétera. Pero para que pueda funcionar, la cosa necesita su marchamo académico. Por eso –como explica Constanzo Preve– “el clero universitario de las facultades de filosofía tiene la función de celebrar directamente la negatividad del mundo social que nutre a las oligarquías, lo que es un complemento perfecto al “reverso” de las facultades de economía, que celebran la positividad del mundo”. Una prueba más del vínculo orgánico entre el capitalismo y el nihilismo.

La deconstrucción, la French Theory y los “estudios de género” no son sino formas de “falsa conciencia” del capitalismo.  “El propósito funcional de este recital de negatividad filosófica –explica Preve– es argumentar que el Ser del que habla la economía en realidad es una Nada, pero que esta Nada es insuperable, infranqueable y transformable, por lo que debemos aceptarla como Destino. Fin de las ilusiones, fin de las grandes narrativas, consumación de la metafísica y la ontología, etc.”.[8] Los estudios de género y los MBAs de las escuelas de negocio corroboran una misma visión del mundo: la del carácter ilimitado del intercambio económico, la de que no hay restricción ética que valga –empezando por la familia tradicional, por el sexo, la paternidad y la filiación– al reino del libre mercado y a la generación de valor añadido. La última deposición en teoría queer es un maridaje perfecto para el último best seller sobre inversión en bolsa a adquirir en cualquier aeropuerto.

Vemos entonces que el viejo (y desacreditado) enfoque topológico marxiano estructura/superestructura tampoco andaba tan descaminado. Por eso resulta enternecedor ver a los probos “liberal-conservadores” criticar los delirios postmodernistas como desviaciones o sarpullidos en el cuerpo –por lo demás “sano”– del liberalismo, la sociedad abierta, etcétera.  Lo que no quieren reconocer es que ese nihilismo no es más que “la filosofía espontánea del capitalismo” (Constanzo Preve). O dicho de otra forma: el nihilismo es el liberalismo devorándose a sí mismo. Por eso, quien quiera más liberalismo, pero sin nihilismo ni relativismo es –retomando una vez más a Preve– como “un estúpido a quien le gustaría tener un hígado sano, pero que bebe, no obstante, litros de alcohol todos los días”.[9]

Una descomunal ingratitud histórica

El mito de la clase media había permitido, hasta ahora, diluir los antagonismos de clase en un “todo” conciliador. En su época de mayor esplendor, este comodín sociológico se nutría del “ascensor social” del Estado de bienestar. Sin embargo, esas clases medias nacionales están desapareciendo  –si no lo han hecho ya del todo–. ¿Qué tenemos en su lugar? ­

Lo que tenemos es la polarización entre una masa creciente de trabajo flexible y precario, por un lado, y por otro lado esa clase media globalizada a la que ya nos hemos referido y que poco tiene que ver con las viejas clases medias nacionales. En el seno de esa clase media global crece y prospera –camuflando su carácter de nueva clase dominante– la “burguesía bohemia” (bobós) a la que Christophe Guilluy se refiere en sus trabajos.”[10] La vieja burguesía conservadora y pacata (ridiculizada antaño por la literatura y las vanguardias) ha sido sustituida por esa neoburguesía cool heredera de la revolución de 1968. Una revolución ­–no lo olvidemos– protagonizada por hijos de papá de clase acomodada.

Junto a la neoburguesía encontramos al neoproletariado. Este neoproletariado no es la vieja “clase obrera” menguada por la desindustrialización y por la expansión del sector terciario, sino que consiste en un conjunto heteróclito de obreros, sí, pero también de empleados, campesinos, parados, poblaciones periféricas apartadas de los circuitos de la globalización, antiguas clases medias en declive y, de manera muy especial, de toda esa masa informe y de futuro incierto conocida con el nombre de “precariado”.[11]

Una mención aparte merece la inmigración. Ésta funciona de facto como un “ejército de reserva” del capitalismo. Lejos de tratarse de un fenómeno totalmente espontáneo, la inmigración fue impulsada por las patronales europeas a partir de los años 70. Desde entonces los inmigrantes extraeuropeos no han cesado de crecer y de formar sociedades paralelas en los barrios metropolitanos. Los inmigrantes componen hoy, junto a los bobós de los barrios gentrificados, el modelo social de la globalización occidental, la pinza entre cuyas tenazas se encuentra la decadente clase media.[12]

Por primera vez en muchas décadas, todo conduce a pensar que gran parte de las próximas generaciones vivirán peor que lo hacían sus padres. Nos encontramos ante el fin de las viejas clases medias occidentales. ¿O tal vez ante su masacre?

El fin de la clase media en occidente puede leerse también como la crónica de una descomunal ingratitud histórica. Si meditamos sobre las causas profundas de la derrota final del comunismo, vemos que la razón estructural de fondo ha sido, como señala Constanzo Preve, la adhesión al capitalismo de las viejas clases medias nacionales, y ello a través de un movimiento de conservación en Occidente (Europa y América) y de un movimiento de restauración en Oriente (bloque soviético). Pero concluida la guerra fría y entronizado el capitalismo sin competidor posible, “las oligarquías financieras recompensaron a las clases medias con la destrucción de su perfil social y cultural, que se basaba en la familia monógama estable y, sobre todo, en un trabajo estable seguro y duradero. Al final de su largo servicio al sistema en el siglo XX, los miembros de estas clases fueron recompensadas con un trabajo flexible, precario y temporal, con el fin de las perspectivas de promoción social para sus hijos y con un individualismo de consumo totalmente anónimo y post-familiar”.[13] Por decirlo en términos trotskistas, la clase media fue arrojada al basurero de la historia.

¿Cómo resumir tres décadas de neoliberalismo en una sola frase? La religión positiva de la economía se alió con la religión negativa del nihilismo para triturar al “pequeño pueblo”. Al pequeño pueblo denostado y ridiculizado que, de forma creciente en muchas partes de Europa y América, encuentra su refugio en el llamado “populismo”.

¿Qué hacemos con Marx?

Decíamos arriba que la capacidad de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es el rasgo más emblemático del pensamiento de Marx. Pero esta cualidad no tiene por qué quedar reservada a los autoproclamados “marxistas”. Desde una perspectiva “de derechas” este enfoque material puede ser también muy saludable, sobre todo para no extraviarse en jeremiadas espiritualistas (tipo “la crisis de valores”, “el olvido de nuestras raíces cristianas” y cosas parecidas) al observar la crisis de la civilización occidental. La sobriedad del enfoque marxiano nos obliga a mirar de frente a las bases materiales del posmodernismo y del nihilismo: la financiarización del capital, la globalización de la economía y la extensión del dominio de la mercancía. No se trata –ni mucho menos– de una revelación “científica” ante la que caer de rodillas, pero sí de un ángulo de interpretación a tener seriamente en cuenta.[14]

¿Cuál será la reacción previsible de un “antimarxista” pavloviano al leer esto? Seguramente la de revolverse contra el esquema “estructura/superestructura”, o la de deplorar el supuesto “materialismo” de la vulgata marxista. Pero como ocurre con todos los clásicos, Marx admite múltiples lecturas (y no todas encajan en el corpus del “marxismo”). El Marx que aquí nos interesa es el de las ideas con mayor calado antropológico: la alienación, la teoría del valor, el fetichismo de la mercancía…

¿Qué hacemos con Marx? Ante todo liberarlo del marxismo. Así se titulaba en 2004 un dosier de la revista Éléments, órgano de expresión de la llamada “Nueva derecha” francesa. Esta corriente de ideas se revelaba con ello, una vez más, como un preciso sismógrafo de los debates por venir.[15] Se recordaba en aquellos textos que, al situar en el centro de su reflexión el concepto de “alienación”, Marx identificaba lo que constituye el drama central de la modernidad. 

¡Todos somos migrantes!

La alienación hunde sus raíces –señalaba Heidegger–  en la ausencia de patria del hombre moderno. Por eso el filósofo de Friburgo, en su Carta sobre el humanismo, afirmaba que, al referirse a la experiencia de la alienación, Marx alcanza una dimensión esencial de la historia y por eso la concepción marxista de la historia es superior a las otras concepciones de la historia. “Un diálogo productivo con el marxismo –concluía Heidegger– es una de las tareas de la historia por venir”.[16]

¿Alienación? Marx no creó este concepto –que se encuentra ya en Rousseau, Hegel y Feuerbach–, pero sí teorizó el papel alienante de la forma-Capital. Conviene aquí hacer una precisión importante, y es que no es lo mismo alienación que explotación. “La alienación –señala Alain de Benoist– en un concepto moderno y vinculado al desarrollo del capitalismo y no puede ser confundido con formas más antiguas de injusticia o explotación. La alienación sólo tiene sentido una vez que aparece un estado social donde los hombres son declarados formalmente iguales, pero al mismo tiempo son despojados de su propio ser”.[17] La diferencia está clara si reparamos en el hecho de que en el capitalismo “solo algunos son explotados, mientras que todos están alienados en diversos grados”.[18] ¿Cómo y cuándo se produce ese tránsito de la explotación a la alienación?

La forma de producción capitalista introduce una novedad: la soledad radical del individuo, su “extirpación dolorosa” (Constanzo Preve) de las comunidades anteriores de pertenencia. Algo que, si bien no era totalmente evidente en los siglos XIX y parte del XX –cuando el capitalismo aún se veía obligado a convivir/transigir con formas de socialización pre-modernas (familias, clanes, naciones, culturas, religiones)– sí lo es en la presente era del capitalismo absoluto. En su primer esbozo de la crítica de la economía política –señala el filósofo marxiano Denis Collin– “Marx describe el poder del dinero como alienación de la actividad humana. El hombre se prosterna ante la creación de su propio espíritu, de su propia actividad”.[19] El poder del dinero y la monetización de los aspectos más recónditos de la personalidad humana han barrido todo lo demás. No en vano hemos pasado del “libre mercado” a la “economía de mercado” y de ahí a la “sociedad de mercado”.[20] La sociedad ha sido absorbida por el mercado y el mercado ha colonizado hasta la constitución biológica del ser humano. La teoría de género, el trans-humanismo y la exaltación del desarraigo son las puntas de lanza de esa desposesión del Ser del hombre. El hombre como “tabla rasa” listo para cualquier prótesis identitaria. No tiene nada de extraño que el “migrante” se eleve a gran arquetipo de nuestro tiempo. ¡Todos somos migrantes! aúllan los altavoces del sistema. El objetivo final, como señala el filósofo italiano Diego Fusaro, “no es hacer que los inmigrantes sean como nosotros, sino hacer que nosotros seamos como ellos: sin derechos, desarraigados, con salarios de miseria”. Es el “hombre sin patria” del que hablaba Heidegger. El hombre al que se le ha privado no ya de sus medios de subsistencia, sino de también de su identidad. Con él la alienación completa su ciclo.

“Para aquél que nada tiene, la patria es su único bien”; ésa es una frase que normalmente se atribuye al líder socialista francés Jean Jaurès. En otra ocasión el líder socialista decía: “un poco de internacionalismo aleja de la patria, mucho internacionalismo nos acerca a ella. Un poco de patriotismo nos aleja de la Internacional, mucho patriotismo nos acerca a ella”.[21]

El internacionalismo es algo diferente del cosmopolitismo y es justo lo contrario de la mundialización. En una hora en la que las naciones sufren el doble envite de la mundialización y de los procesos de disgregación interna, el combate por la patria –por todas las patrias– es, hoy más que nunca, una forma principal de la lucha de clases.

(Continuará.)

[1] Cristián Campos, “Comer insectos te hace mejor persona”. Artículo en El Español 14-8-2019

https://www.elespanol.com/opinion/columnas/20190814/comer-insectos-hace-mejor-persona/421337867_13.html

[2] Estas elites forman parte de la “Nueva clase” que describía Christopher Lasch, o la “Élite de expertos” (managerial elite) que describía el politólogo americano Samuel T. Francis. Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy. W.W. Norton and Company 1996. Samuel T. Francis, Leviathan and Its Enemies. Mass Organisation and Managerial Power in Twentieth-Century America. Washington Summit Publishers 2016.

[3] Como apunta el filósofo Terry Eagleton en su estudio crítico sobre el concepto de ideología “Si todo el pensamiento está socialmente determinado, también debe estarlo el marxismo, en cuyo caso ¿qué sucede con sus pretensiones de objetividad científica?” Terry Eagleton, Ideología, Editorial Paidós 2019, p. 143). Decía a este respecto Constanzo Preve que es una pena que el marxismo no se haya aplicado a sí mismo el método crítico que recomienda para los demás. Por lo demás, baste apuntar que – como señala Terry Eagleton – Marx nunca utilizó la expresión “falsa conciencia”.

Una dificultad recurrente al manejar la obra de Marx es la necesidad constante de deslindarla de las adiciones posteriores del marxismo.

[4] De “neocristianismo cátaro” califica el filósofo Carlos Javier Blanco Martin a esta sensibilidad para-religiosa, en su introducción a la recopilación de textos de Constanzo Preve: De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019. “Una religión de la fraternidad universal, un hipermoralismo degenerado en el que van cayendo, como por acción gravitatoria, toda una serie de “ismos” que, en lo más profundo, contradicen la raíz comunitarista del pensamiento de Marx, pues son “ismos” tan reaccionarios como el propio neoliberalismo y parecen ser, más bien, retoños o subproductos suyos” (…) En la España actual, “desprovisto ya de toda referencia a Marx y pletórico de ideología de género, maurofilia, mundialismo y demás, el engendro se llama “Podemos””. Obra citada, pp. 18-20. 

[5] Laurence Harris, V.G.Kiernan, Ralph Miliband, A Dictionary of Marxist Thought, edited by Tom Bottomore. Blackwell Publishing 2003, p. 249.

[6] Laurence Harris, V.G. Kiernan, Ralph Miliband, Obra citada, pp. 248-249.

[7] No en vano la obra máxima de Marx no se presenta como una crítica del “Capital”, ni como el intento de construir una economía política “alternativa” o “socialista”, sino como una “Crítica de la economía política”. De lo que se trata, por tanto, es de superar el primado de la economía y el fetichismo de la mercancía. 

[8] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, pp. 95-96.

[9] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 154.

Esta ceguera voluntaria de los liberal-conservadores sobre las consecuencias últimas de la cosmovisión liberal corre paralela a la ceguera de la izquierda que – como señala Jean-Claude Michéa– “niega las consecuencias del modelo de Adam Smith, mientras recibe sus presuposiciones filosóficas y antropológicas” (Jean-Claude Michéa, Impasse Adam Smith, Flammarion 2006).

[10] « Christophe Guilluy dit tout ». Entretien avec Francois Bousquet et Patrick Péhele. Éléments pour la civilisation européenne nº 165, avril mai-2017, p.8.  Según Guilluy, los burgueses-bohemios no se caracterizan de entrada por un nivel de ingresos exacerbado, sino por encontrarse “integrados o conectados a la economía mundializada, trabajando de forma deslocalizada, en el sector terciario, en profesiones intelectuales y empleos cualificados”

[11] Refiriéndose a la desaparición de la “clase obrera” en Francia, el sociólogo marxista Michel Clouscard habla de una “estrategia de tierra quemada” y de una “depuración productiva” para reducir físicamente a la clase obrera – el enemigo de clase real o potencial – a través de la desaparición de sectores enteros de la actividad productiva: metalurgia, minas, textiles, artesanos, trabajadores independientes, pequeños patrones. Es “la eliminación del adversario por la supresión de sus profesiones, sus formas de existencia, su ambiente” con el objetivo de “transformarlo en una fuerza productiva totalmente dependiente, enteramente sumisa a los imperativos financieros y bancarios de una economía mundializada”.  Michel Clouscard, Les Métamorphoses de la lutte de classes. Le Temps des Cerises 1996, p. 23.

[12] Marx aborda la cuestión del “ejército industrial de reserva” en la sección VII del libro I de El Capital. En este texto señalaba que la propia economía de mercado genera automáticamente un “ejército industrial de reserva”, que se compone de “sobrepoblación fluctuante” (los despedidos), “sobrepoblación estancada” (los trabajadores  temporales) y “sobrepoblación latente” (la población rural). En base a esa idea, desde la izquierda pro-inmigración se afirma que el capitalismo no tiene necesidad de importar  un “ejército de reserva” desde África, por lo que los efectos de la migración sobre los trabajadores autóctonos son en realidad inocuos. Este argumento parece ignorar la existencia del Estado de bienestar (desconocido para Marx) que hace que a muchos no les compense trabajar en las condiciones que sí aceptan los migrantes. Cabe añadir que ese Estado de bienestar, que actúa como polo de atracción para muchos migrantes, es sostenido también con impuestos de los trabajadores autóctonos, con la paradójica situación de que estos últimos contribuyen así a sostener a ese “ejército de reserva”.

[13] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 107.

[14] No en vano, las más brillantes críticas que se han realizado del postmodernismo son seguramente las que proceden de perspectivas marxistas o, al menos, cercanas al pensamiento de Marx: Frederic Jameson (Postmodernism, the cultural logic of late capitalism, 1991), Alex Callinicos (Against Postmodernism, a Marxist Critique, 1989), Perry Anderson (The Origins of Postmodernity, 1998), Terry Eagleton (Illusions of Postmodernism 1996), David Harvey (Condition of Postmodernity, 1990) Boltanski y Chapiello (Le Nouvel Esprit du Capitalisme). También el citado Constanzo Preve.

[15] « Libérons Marx du Marxisme! », en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, Hiver 2004-2005. Dosier con artículos de Robert de Herte (Alain de Benoist), James Becht, Constanzo Preve y Paul Masquelier

[16] Robert de Herte (Alain de Benoist), en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, p. 3. Constanzo Preve, Histoire critique du marxisme. Armand Colin 2011, p. 195.

[17] Entrevista a Constanzo Preve en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, p. 37.

[18] Cita del filósofo y economista italiano Claudio Napoleoni, en: Constanzo Preve, De la Comuna a la comunidad, p. 140.

[19] Denis Collin, Introduction à la pensée de Marx. Éditions du Seuil 2018, p. 40. Como sucede con otros grandes conceptos de Marx (la «ideología», las «clases sociales») el concepto de alienación en Marx es complejo, evoluciona a lo largo de su obra y apunta en diferentes direcciones. Tarea imposible la de sintetizarlo en pocas líneas.

[20] Un proceso estudiado magistralmente por Karl Polanyi en su libro publicado en 1946: The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time. (La Gran Transformación. Crítica del liberalismo económico. Virus Editorial 2016).

[21] Fuente: Gilles Candar, «La Patrie et l´Europe», en L´Humanité 28 avril 2014. www.humanite.fr

Fuente: elmanifiesto.com

Hablemos de lucha de clases (I)

viernes, noviembre 08, 2019 0
Hablemos de lucha de clases (I)

La lucha de clases ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma. El primer principio de la termodinámica nos sirve para ilustrar un fenómeno tan reciente como chocante: la lucha de clases es un concepto de izquierdas que se ha desplazado a la derecha. La lucha de clases es un “significante flotante” que ha cambiado de signo y se expresa hoy en la revuelta de los marginados por la globalización –los “deplorables”–, frente a una izquierda de diseño instalada en el neoliberalismo y sus bondades diversitarias.

Llegó el momento de una transvaloración radical de conceptos. El tablero salta por los aires y se impone una redistribución completa de la baraja. De lo que se trata ahora es de pensar lo que hasta ayer era impensable, de cabalgar el tigre de las nuevas realidades. Es la hora de romper inercias mentales y de revisitar, de forma desprejuiciada y desenvuelta, algunas de las ideas de Marx. Por ejemplo, la lucha de clases.

La comuna

Hay un episodio histórico que sigue simbolizando, mejor que cualquier otro, la idea de lucha de clases: la Comuna de París. En enero de 1871 el ejército prusiano entraba victorioso en París, para retirarse a continuación tras recibir la rendición de las autoridades francesas. Pero las autoridades no habían contado con un actor principal de este drama: el pueblo. El pueblo de París rechazaba rendirse y, tras la huida de las autoridades a Versalles, se organizó en una Guardia Nacional nutrida básicamente de obreros. Los prusianos no tuvieron que intervenir porque las propias autoridades francesas –el gobierno burgués del Presidente Thiers– se encargaron del trabajo sucio. Cerca de 30 000 comuneros fueron fusilados in situ y otras decenas de miles padecieron una represión que se prolongó durante años.  La Comuna adquirió así un aura simbólica: el de la rebelión popular por excelencia. En la pluma de Marx, la Comuna se elevó a paradigma de la lucha del proletariado. Pero visto retrospectivamente, cabe destacar lo mucho que esta feroz represión tuvo de catarsis: la del odio de clase, el odio implacable y atávico que las clases altas y la gran burguesía francesa profesaban hacia los estratos más bajos de la sociedad, hacia ese “populacho” que no se resignaba a su papel subalterno.

Pero ese mismo populacho –conviene retener este dato– era el mismo que había defendido París frente a los prusianos, y era el que por sentido del honor había rechazado rendirse mientras que las clases altas –encabezadas por los diputados monárquicos huidos a Versalles– pactaban con el enemigo y aceptaban las humillaciones infligidas. Las analogías con el 2 de mayo español parecen claras. La Comuna fue una insurrección proletaria, sí, pero fue también una insurrección patriótica, la expresión rabiosa y desesperada de un patriotismo de izquierdas.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. La izquierda es hoy alérgica al patriotismo y las clases altas no se dedican a reprimir al populacho con cañones y fusiles. Pero lo que menos ha cambiado es, seguramente, el odio. Un odio que hoy se camufla como esa displicencia cultural que las clases acomodadas –los beneficiarios de la “sociedad abierta” y del capitalismo no borders– no cesan de manifestar hacia las clases populares que se empeñan en fastidiarles la fiesta. La demonización, la relegación cultural y la inmigración de sustitución han remplazado a los pelotones de fusilamiento. Pero el objetivo es más o menos el mismo: la neutralización del factor “pueblo” dentro de la ecuación política.[1]

¿El fin de las clases sociales?

Hablar de clases sociales era, hasta hace prácticamente dos días, algo pasado de moda. El concepto de “clase social” yacía arrumbado en los cajones de la sociología polvorienta, y únicamente era paseado, de tarde en tarde, como muestra fósil de análisis periclitado. Para el “pensamiento débil” posmoderno las clases sociales son un mito, una ilusión de homogeneidad social que ha sido sobrepasada por los “tiempos líquidos” en los que vivimos. Lo cual explica que la noción de “clase social” haya prácticamente desaparecido del vocabulario científico. La sociología de corte liberal (tipo Sir Ralf Dahrendorf et alii) ya había hecho un trabajo de zapa al desacreditar la noción de “clase obrera” para sustituirla por un conjunto heteróclito de “clases trabajadoras” (es decir, de aglomeraciones de individuos con multitudes de experiencias). Se evacuaba así cualquier perspectiva histórica sobre la clase obrera (enviando a la basura aportaciones como la de E. P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra) para mejor diluir el concepto. Para la nueva izquierda, hablar de “clase obrera” pasó a ser un síntoma de “esencialismo”, acusación que los posmodernistas utilizan para descalificar todo lo que no les gusta. En lógica consecuencia, la idea de “lucha de clases” se estigmatizó como algo anacrónico y ridículo, como un mantra maniaco-obsesivo de puritanos vetero-marxistas y adoradores de la momia de Lenin.

Desaparecidas las clases sociales, ¿qué tenemos en su lugar? En primer lugar, una única e hipertrofiada “clase media” como atrápalo-todo sociológico. En segundo lugar, el mito de la “sociedad civil”: un constructo neoliberal que implícitamente se presenta como “espacio liso y homogéneo, fundado sobre el intercambio mercantil y sin ser atravesado por contradicciones sociales”.[2] Este mito nos viene a decir que la sociedad es sólo la suma de los comportamientos individuales, y que si hay problemas sólo serán problemas educativos, de forma que cuando todos estemos bien educados seremos buenos y felices. Una forma como otra cualquiera de disimular que hay problemas de fondo, estructurales y socioeconómicos, que no se solucionarán creando nuevas asignaturas.

Este eclipse programado de la idea de clases sociales responde al enfoque consensual del “fin de la historia”. Como es bien sabido, esta configuración ideológica –también conocida como neoliberalismo– no reconoce a otro actor social que el individuo autónomo y soberano, al cual se atribuye una (teórica) facultad de organizar su proyecto vital por encima de cualquier horizonte de sentido colectivo. No en vano las “clases sociales” –al igual que la nación, la familia, el sexo, la raza y cualquier otra forma de identificación que no responda a la libre elección personal– representan obstáculos ante ese designio global que se basa en la movilidad absoluta y la competición entre los trabajadores de todo el mundo. La disponibilidad individual a cualquier requerimiento del mercado ha de prevalecer sobre cualquier forma de solidaridad de clase, y en ese sentido la cultura del capitalismo es interclasista y homogeneizadora. La estructura de producción del capitalismo –señala el filósofo italiano Constanzo Preve– “no reside esencialmente en la división entre la clase burguesa y la proletaria (si bien en una etapa histórica inicial ese fue el aspecto predominante), sino en la generalización “no clasista” y globalizada de la Forma-Mercancía”.[3] Una clase media globalizada de consumidores (global middle class), ésta es la representación ideal que el capitalismo propone de sí mismo.

Pero esta visión homogénea necesita acompañarse de un pluralismo de fachada. El mito de la “diversidad” cumple esa función. Es la visión arcoíris del multiculturalismo y las minorías con identidades alternativas. De esta forma, la vieja dialéctica explotadores/explotados (de carácter necesariamente revolucionario) se ve sustituida por la dialéctica inclusión/exclusión, de carácter mucho más consensual y a la medida del individualismo neoliberal. La omnipresencia de esas identidades minoritarias – éstas sí “esencializadas” sin ningún problema–  compone un “gran relato” balsámico-progresista para consumo de la clase media global. ¿Fin de la historia?

La era del capitalismo absoluto

Frente a esta visión hegemónica del capitalismo interclasista sería ridículo oponer una concepción tradicional de la lucha de clases (con sus estampitas de proletarios explotados y capitalistas de puro y chistera). Pero que este viejo modelo no sea operativo no quiere decir que la lucha de clases ya no exista. Lo que ocurre es que se ha generalizado de tal forma que es más difícil reconocerla.[4]

Vivimos en la era del capitalismo absoluto, el capitalismo sin contrapesos ni alternativas. En cierto sentido podemos decir que todo lo anterior a 1989 ­ –el fin de la guerra fría–  no era sino un precapitalismo que se había visto obligado a convivir con los lastres del viejo mundo.[5] El capitalismo absoluto es mucho más que un modelo económico (la sociedad de mercado, la desregulación, la precarización, etcétera); se trata de una mutación cultural y antropológica en toda regla. Pero pasadas ya varias décadas, apagada la euforia del “fin de la historia” y desmentidas las bienaventuranzas de la “globalización feliz”, la alienación, la explotación y la lucha de clases muestran sus nuevos rostros. Por eso Marx –que no el “marxismo”– está de retorno. Para encarar las contradicciones de la hora presente es inevitable contar con Marx, el pensador por excelencia del capitalismo puro. Obviamente, interpretar nuestra época sólo a través de Marx sería absurdo, pero hacerlo prescindiendo completamente de él sería imposible. La idea de la “alienación” por él desarrollada es, a todos los efectos, tan relevante para comprender nuestra época como la idea de “nihilismo” suscitada por Nietzsche.  Por eso es urgente superar los estereotipos que aún rodean al autor de El Capital, rescatarlo del corpus pseudorreligioso del “marxismo” y reintegrarlo al árbol genealógico del pensamiento crítico.

¿Marx de retorno? Sin duda, pero no como les gustaría a algunos. No existe más grotesca apropiación de la figura de Marx que la perpetrada por la izquierda moralizante, los “estudios culturales” y todo ese baratillo histérico-universitario que algunos identifican (erróneamente, como veremos) con el “marxismo cultural”. Cualquier reactivación seria de un enfoque de clase debe pasar necesariamente por encima del cadáver intelectual de estos y parecidos engendros.

La alfombra que tapa la miseria

“La guerra de clases existe, y nosotros la estamos ganando”, decía en 2006 el financiero Warren E. Buffet.

“La guerra de clases existe, y nosotros la estamos ganando”, decía en 2006 el financiero Warren E. Buffet en una entrevista en el New York Times. Los datos empíricos apuntan en ese sentido. La brecha entre los más ricos y los pobres –amortiguada por los “Estados de bienestar” de la Europa de posguerra­­– se intensifica a partir de los años 80 (revolución “conservadora” de Thatcher y Reagan) y se acelera en el siglo XXI con la financiarización de la economía:  aumento exponencial del número de multimillonarios tras la crisis de 2008, desmoronamiento progresivo de las “clases medias”, rápida expansión del universo social del “precariado”.  El economista Thomas Piketty –en su best seller El Capital del siglo XXI– simplificó esta evolución general en una célebre fórmula según la cual el rendimiento del capital financiero es siempre superior al crecimiento real de la economía (r > g, siendo “r” la tasa de retornos del capital y “g” el incremento de la renta, es decir, la producción y los ingresos). Un diagnóstico que parece confirmar las aserciones de Marx sobre el proceso de concentración del capital, así como la definición del capitalismo como “el sistema que produce dinero a partir del dinero”.  El capital se reproduce a sí mismo y lo hace cada vez más en menos manos.

Es en este contexto de desigualdad creciente cuando, de forma nada casual, la maquinaria universitaria se pone a vomitar titulad@s en estudios de género y demás “estudios culturales” al gusto californiano. No faltan aquellos que, empeñados en mantener un mínimo de seriedad, no cesan de advertir sobre el carácter acientífico e inútil de tales disciplinas. Pero esto nos hurta lo esencial. Lo esencial es que esos saberes posmodernos son instrumentales para sepultar el enfoque de clases bajo un piélago de luchas minoritarias. Tiene todo el sentido que, de forma sincronizada y obsesiva, la agenda político-mediática se centre en las revoluciones “arcoíris”: la revolución feminista, vegana, animalista, ecologista, los nacionalismos periféricos, las políticas de género, la visión beatífica del migrante como un gran “Otro” portador de redención. Pero este desparrame arcoíris tiene un trasfondo: la idea implícita de que todos somos, en el fondo de nuestra conciencia, partidarios del capitalismo liberal. Este consenso se apuntala con la noción “posthistórica” de que todo se reduce al individuo y sus deseos –al sujeto y a su relación consigo mismo–; una idea en la estela de Foucault y su énfasis en la autonomía personal y el “cuidado de sí” como ejes de cualquier acción política. Pero ¿quién satisface mejor los deseos del individuo/consumidor, sino el capitalismo?

Con la izquierda foucaultiana la lucha de clases queda consignada al basurero de la historia. Como señalan los sociólogos Mitchell Dean y Daniel Zamora, “si en la lucha de clases lo que contaba era el campo donde uno se situaba, en la era del fin de la historia lo que cuenta es saber quién es uno (…) Más que intentar cambiar el mundo, el “último hombre” y la “última mujer” de la posthistoria intentan cambiarse ellos mismos, reemplazando la devoción a una causa por el compromiso con nuevas prácticas del sujeto (sexuales, espirituales, estéticas…)”.[6] En la era del precariado y de la pauperización de las clases medias, la “diversidad” es la alfombra multicolor que tapa la miseria.

De los estudios de Piketty se desprende otra conclusión. Las desigualdades económicas dentro de los países son más fuertes y peligrosas que las que existen entre los países. Lo cual contrasta con esa visión globalista que pone el acento en la desigualdad Norte/Sur y culpabiliza a los países del norte, según la retórica “descolonizadora” de los estudios culturales. Pero un auténtico enfoque de clase poco tiene que ver con el discurso de sacristía laica propio de la UNESCO y las ONGs. Todo lo contrario, un enfoque político –que no caritativo ni moralista– nos lleva a concluir que, para luchar contra la desigualdad, es preciso empezar por las desigualdades próximas antes de por las lejanas. Es en ese contexto –el de los equilibrios de poder dentro de los Estados nacionales– donde el enfoque de clase se revela auténticamente operativo. Para empezar, es preciso dilucidar la gran cuestión: ¿cómo se configuran hoy las clases sociales?

Neoliberalismo samaritano

El discurso de la “globalización feliz” reposa sobre un mito: el de una clase media mayoritaria que transita hacia las normas económicas y culturales de la sociedad mundializada. Todos estamos convocados a una prosperidad sin límites, sólo hace falta modernizarse, adaptarse, reinventarse; el que no lo consiga podrá contar con unas ayudas que palían los efectos (pero no operan sobre las causas). Este “gran relato” optimista está inspirado por esa “metafísica del progreso y del movimiento” (Jean-Claude Michéa) que es regularmente exaltada en los best-sellers semicultos (Steven Pinker, Yuval Noah Harari) y cuyo gran agente histórico es el capitalismo.

En los márgenes de esa clase media se encuentran los parados, las víctimas de la desindustrialización, las minorías sexuales y “racializadas”, etcétera, que son la excepción que confirma la regla. Su mera existencia–los célebres “excluidos” – viene a reforzar, a contrario, el éxito del modelo imperante. La buena conciencia del sistema se refuerza con la invocación de unas “políticas inclusivas” que, cuando se lleven a término (en un “mañana” siempre pospuesto), redundarán en un modelo necesariamente integrador. De esta forma, la muy publicitada “lucha contra la exclusión” alimenta una retórica socialdemócrata de vocación asistencial, así como toda una serie de “revoluciones” de pacotilla. Si revolución ha de haber, que lo sea contra el hetero-patriarcado (y no contra las políticas neoliberales).

Es el neoliberalismo en versión samaritana. Su encarnación jupiterina es Enmanuel Macron. Macronia es el gran punto de encuentro de las burguesías de izquierda y de derecha, el condensado residual de los lugares comunes del sistema. “No todo el mundo tendrá éxito de la misma manera, esa promesa es insostenible”, nos dice Macron. De lo que se trata por tanto es de “ayudar a los que tienen éxito, al tiempo que se protege a los que fracasan para que no caigan en la desesperación” (la gente sin nada que perder es peligrosa para el orden social).[7] La obsesión con “las reformas” (orgasmo neoliberal por excelencia) pone el énfasis en el éxito individual, mientras el aspecto asistencial se desarrolla en conceptos como el de “flexi-seguridad”: la mayor facilidad de despedir compensada con indemnizaciones generosas. El Credo de Macronia tiene un sólo mandamiento: no caerás en el inmovilismo y asegurarás la movilidad de las personas. ¡La República en Marcha!, marchar y marchar siempre, aunque no se sepa dónde. La flexibilidad, la adaptabilidad, la rapidez y la rentabilidad (las “reformas”) son los imperativos de la globalización, las vías reales para la emancipación individual. Mitología progresista para clases medias.

¿Capitalismo postburgués y postproletario?

Señalábamos arriba que, según el gran relato de la globalización feliz, el modo de producción capitalista no tiene su fundamento en la división entre burgueses y proletarios, sino en la formación de una clase media global de consumidores.

Decía Constanzo Preve que mientras el capitalismo repose sobre la división en dos clases, será siempre frágil y vulnerable. Por eso su lógica tiende a la superación de ese antagonismo. La forma más acabada y verdadera del capitalismo es, por lo tanto, la de un “capitalismo sin clases”. Pero ese “proceso grandioso” –el paso de un capitalismo clasista a uno sin clases–  no significa, de ningún modo, que las diferencias colectivas de riqueza, de saber, de educación y de poder vayan a disminuir. Todo lo contrario, las diferencias tienden a aumentar. Para entender esta contradicción aparente hay que aclarar qué entendemos aquí por “clase social”.

¿Qué define a una clase social: los recursos materiales o la “conciencia de clase”? Para Constanzo Prevé, las diferencias puramente cuantificables (la propiedad de los medios de producción, la riqueza, etcétera) no son suficientes, por sí solas, para conformar una clase social. Este concepto se remite a todo un tejido de “realidades históricas ordenadas según parámetros económicos, políticos, culturales, ideológicos, literarios, musicales, sexuales, etc.”. En resumen: a parámetros no sólo económicos sino también culturales. Algo que es evidente si observamos a la “burguesía” y al “proletariado” tradicionales. Pero esa burguesía y proletariado tradicionales tienden a desaparecer, o ya han desaparecido del todo. Se supone que han sido subsumidos en esa global middle class de cultura masificada y vulgar. ¿Vivimos entonces en un capitalismo postburgués y postproletario?

Las “guerras culturales” de la izquierda posmoderna tienen una importancia capital en la conformación de esa clase media global. Con su peculiar sarcasmo, escribía Constanzo Preve que hoy vivimos en una nueva sociedad capitalista sin clases, gestionada por un “Partido Único Políticamente Correcto” que abarca la izquierda, el centro y la derecha. Este partido único está sostenido por un “clero secular” (los medios de comunicación que sermonean y predican) y por un “clero regular” (los aparatos universitarios, académicos y editoriales) subordinado al primero. Su función es consolidar las condiciones culturales de esa “sociedad sin clases” o “clase media global”. ¿Cuáles son las señas de identidad de esa clase media?  Preve enumera algunas: “facilidad para viajar, inglés turístico, uso moderado de las drogas, control de natalidad, estética andrógina transexual, humanismo tercermundista, multiculturalismo sin verdadera curiosidad cultural y una relación general con la filosofía como terapia psicológica de grupo, gimnasia de relativismo comunicativo y charlatanería semiculta”.[8] No cabe mejor descripción de los “bobós” (“burgueses-bohemios”) a los que Christophe Guilluy se refiere en sus trabajos: la clase acomodada, gentrificada y progresista que se beneficia de la globalización, pero que rehúsa reconocerse como “burguesía”.[9]

El geógrafo francés Christophe Guilluy le ha dado, durante los últimos años, un meneo radical al debate sobre las clases sociales. Desde sus trabajos de campo sobre la realidad francesa, Guilluy llega a conclusiones teóricas diferentes a las de Constanzo Preve. Para Guilluy es evidente que existe una estructura clasista cada vez más marcada, e incluso recupera la palabra “burguesía” (otra expresión que había sido proscrita por los posmodernos) y “proletariado”. Según Guilluy la “clase media” es un concepto que se mantiene de forma interesada, porque su vaguedad “hace posible una oportuna confusión de clase entre los perdedores y los beneficiados del modelo económico, entre los proletas y los burgueses-bohemios que, en su mayoría, aún creen formar parte de la clase media”. Si el mito de la clase media aún perdura –precisa Guilluy– es porque “permite a la nueva burguesía-bohemia –empezando por los universitarios– no distinguirse del pueblo”.[10] Y ello –añadimos nosotros– no porque a los gafapastas les guste el “pueblo”, sino porque nunca admitirán pertenecer a la burguesía.

Neoburguesía y conciencia de clase

Dicho todo eso, ¿nos encontramos hoy ante una sociedad postclasista (postburguesa y postproletaria) como afirmaba Constanzo Preve? ¿O nos encontramos ante una nueva y bien camuflada estructura clasista, como afirma Christophe Guilluy?

Sin ánimo de eclecticismos ni conciliaciones (que aquí aborrecemos), pensamos que ambos autores se refieren a lo mismo: a una estrategia cultural que busca “borrar las pistas” de la lucha de clases. La diferencia es que Constanzo Preve maneja un concepto de “clase social” más cercano a la tradición marxista. Según esa tradición, lo que constituye verdaderamente a una clase social es la conciencia de serlo, la conciencia de clase.[11] Conviene aclarar que, en el caso del proletariado –según Marx– esta conciencia no será espontánea, sino que deberá ser adquirida. Dicho de otra manera, el proletariado “sólo podrá ejercer el poder de manera consciente y, por decirlo así, en contra de la espontaneidad”.[12] Como es bien sabido, en la tradición leninista el encargado de garantizar esa conciencia de clase es el Partido.

¿Qué ocurre hoy con la “conciencia de clase”? ¿Existe o no existe? Nos encontramos ante una situación paradójica. La emergencia de la “clase media global” ha dotado a la nueva burguesía de una robusta conciencia de clase, mientras que ha privado a las clases subalternas de la suya. La corrección política cumple aquí un papel fundamental. La pleitesía ante la corrección política –ese condensado ideológico de la global middle class– funciona como puerta de acceso y vía de promoción social. Las clases subalternas aspiran a fundirse en esa gran clase media y lo hacen por la puerta falsa de la ideología. Para ello piensan y actúan del modo “correcto” en los términos dictados por la nueva burguesía. Pensar de un modo incorrecto supondría un desclasamiento, una relegación cultural, asumir el estatus de “loser”. No en vano las ideas dominantes –como decía Marx– son siempre las de la clase dominante

Nos encontramos así ante una formidable maniobra de mistificación en la que las relaciones de clase se camuflan como relaciones culturales. El ejemplo más obvio es el de los inmigrantes y los burgueses-bohemios: mientras los primeros trabajan como mano de obra barata, los segundos celebran las maravillas de la sociedad multicultural. “La apertura al otro –señala Christophe Guilluy– es a la vez un marcador de superioridad moral y un signo exterior de riqueza”.[13] En lógica consecuencia, la demonización del populismo es también un marcador de clase. No en vano la nueva burguesía se percibe a sí misma como encarnación del sentido (necesariamente progresista) de la historia, como la heredera de la Ilustración y paladín de los derechos humanos. La nueva burguesía se encuentra así moral y culturalmente legitimada para imponer sus intereses de clase al resto de la población. Así podrán llamar “racistas” a los que se quejan por la inmigración, podrán reírse de las clases populares autóctonas, podrá atacarlas por rancias, por machistas, por xenófobas, por populistas... Un discurso aparentemente imbatible. ¿Qué tenemos detrás?

La eterna pirámide

Lo que tenemos detrás es, más o menos, lo de siempre. Constanzo Preve lo retrata así: “los viejos caracteres piramidales, neofeudales y neoaristocráticos. El carácter piramidal de la estructura de poder es, de hecho, el mismo, ya se base en la espada y en el caballo o se base en el dinero y la computadora”. Con una diferencia: quien hoy está al mando es “la oligarquía financiera, uno de los grupos más sórdidos, repugnantes y abyectos de toda la historia de la humanidad, considerada de manera comparativa”.[14]

La recuperación del enfoque de clase y la reintroducción del término “burguesía” en el debate sociológico –gracias al impulso de la sociología disidente– son sin duda dos grandes boquetes en la línea de flotación del discurso oficialista. La lucha de clases existe y en eso Marx tenía razón. Pero eso no significa que las “clases” sean categorías inalterables ni que debamos pensarlas en los mismos términos de Marx –quien, dicho sea de paso, nunca elaboró una teoría coherente sobre las mismas–. No se trata, por tanto, de reivindicar ningún tipo de “marxismo” según las fórmulas ya ensayadas con los resultados conocidos. Pero sí se trata de reapropiarse de un Marx que había sido sepultado bajo la losa del “marxismo”; un Marx que puede ofrecernos no pocas claves para interpretar las derivas actuales. Esas derivas en las que “las fuerzas más sórdidas, repugnantes y abyectas de toda la historia de la humanidad” desempeñan un papel protagonista.

[1] La historia de la relación entre el socialismo, el marxismo y la idea de patria está llena de equívocos. Contrariamente a Engels, Marx apenas teorizó sobre la idea de nación. Como prueba de su supuesta hostilidad a la idea nacional, es frecuente citar de forma descontextualizada la frase del Manifiesto Comunista: “Los obreros no tienen patria”. No obstante, las primeras reflexiones del marxismo histórico sobre la cuestión nacional estuvieron frecuentemente inspiradas por el patriotismo nacido de la Revolución francesa. Los socialistas franceses se identificaban con la tradición patriota jacobina, en contraste con los contrarrevolucionarios y aristócratas que adoptaban actitudes cosmopolitas (David l´Épée, “Le socialisme face à l´idée nationale”, Revista Krisis n.º 42, diciembre de 2015, p. 61).

Un caso aparte es el de España, donde el marxismo llegó a desarrollar una auténtica alergia a la idea de la nación española.  Algo que se explica por la mediocridad del pensamiento marxista español, cuando no por su práctica inexistencia. Sobre este asunto: Santiago Armesilla, El marxismo y la cuestión nacional española. El Viejo Topo, 2017.

[2]Alain de Benoist, Survivre à la pensée unique, ou l´actualité en questions. Entretiens avec Nicolas Gauthier. Krisis 2015, p. 205.

[3] Constanzo Preve, “Une discussion (pour l´instant) interminable. Considérations préliminaires sur la genèse historique passée, sur la fonction systémique présente et les perspectives futures de la dualité politico-religieuse droite/gauche”. Revista Krisis nº 31, mai 2009, pp. 9-10.

Constanzo Preve (1943-2013) fue profesor de filosofía en Turín y está considerado como uno de los principales intérpretes de la obra de Marx en las últimas décadas. Su obra denota una fuerte influencia de la filosofía idealista alemana y del pensamiento griego, así como un marcado interés por cuestiones de geopolítica, comunitarismo, la cuestión nacional y la filosofía clásica. Durante sus últimos años Preve desarrolló un punto de vista crítico con el marxismo oficial y con la deriva posmoderna de la izquierda italiana.

[4] “Las clases en sentido estructural no deben identificarse con sus correspondientes expresiones históricas: el chófer y el puro no forman parte necesariamente del capitalista, del mismo modo que el proletariado no se reduce a los trabajadores industriales que viven en los barrios obreros. La disolución de tales estereotipos no es ninguna prueba del fin de las clases, sino simplemente de un cambio de su forma histórica”. Michael Heinrich, Crítica de la Economía Política. Una Introducción a El Capital de Marx. Guillermo Escolar Editor, 2018, p. 247.  

[5] La fecha simbólica de entrada en el “capitalismo absoluto” podría adelantarse a 1968, la revolución cultural que marcó el fin de la vieja moral burguesa y proletaria, y la plena entrada en la sociedad de consumo.

[6] Mitchell Dean y Daniel Zamora, Le dernier homme et la fin de la révolution. Foucault après Mai 68. Lux Éditeur 2019, p. 12.

[7] Pierre-André Taguieff, L´Émancipation promise. Les Éditions du Cerf, 2019, p. 63.

[8] Constanzo Preve “Une discussion (pour l´instant) interminable... », Revista Krisis, n.º 31, mai 2009, pp. 2-15.

[9] Christophe Guilluy, No Society. La fin de la classe moyenne occidentale. Flammarion 2018. (Hay traducción española en Taurus, 2019). Fractures francaises, Flammarion 2013. La France peripherique, comment on a sacrifié les classes populaires. Flammation 2019. Le crépuscule de la France d´en haut, Flammarion 2016.

[10] Chistophe Guilluy, No Society, Flammarion 2018, p. 15. « Christophe Guilluy dit tout”. Entrevista en la revista “Éléments pour la civilisation européenne”. Nº 165, avril-mayo 2017, p. 8.

[11] “Una clase social, por su naturaleza, comprende en su concepto tanto su elemento material como su elemento ideal, es decir, conjuntamente el ser y la conciencia”. Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 139.

[12] Felipe Martínez Marzoa, La filosofía de El Capital, Abada Editores 2018, p. 227. En la lógica marxista la conciencia de clase no se manifiesta por igual en burgueses y proletarios. La burguesía encarna la lógica del sistema capitalista y por eso ejerce su poder de forma “espontánea” y “no consciente”, mientras que el proletariado deberá obtener su conciencia de clase de forma consciente.

[13]« Christophe Guilluy dit tout”. Entrevista en la revista “Éléments pour la civilisation européenne”. Nº 165, abril-mayo 2017, p.8.

[14] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides, 2019, pp. 91-92.

Fuente: elmanifiesto.com