El crecimiento de la población es la clave para una economía próspera - Prohibido Saber

sábado, 9 de marzo de 2019

El crecimiento de la población es la clave para una economía próspera

Lo que cuenta, pues, no son los límites físicos del planeta, sino las personas que lo habitan y su capacidad para experimentar y reimaginar los usos de los recursos. Y esto no es una teoría, sino lo que ha ocurrido ante nuestros ojos desde que medimos estas variables.

por Jorge Soley – Via Actuall

Imagen referencial de población /FotorImagen referencial de población /Fotor

Es ésta una afirmación que choca de frente con las jeremiadas de neomalthusianos y catastrofistas medioambientales que se empeñan en intentar convencernos de que para que el mundo no colapse debemos limitar el número de nacimientos y conseguir que la población mundial decrezca. Pero es justo lo contrario, como demuestran con datos los economistas Gale Pooley y Marian Tupy en un estudio que acaba de publicar el Cato Institute y que lleva por título “El índice de abundancia Simon. Una nueva manera de medir la disponibilidad de los recursos”.

Pero vayamos por partes. El debate sobre la escasez de recursos en relación con el aumento de población, que se remonta a principios del siglo XIX, fue retomado con fuerza en 1968 con la publicación del libro neomalthusiano de Paul Ehrlich La bomba de población, del que se vendieron tres millones de libros. Esta obra sostiene que, al igual que en el mundo animal, un incremento explosivo de la población lleva al agotamiento de los recursos, lo que produce un colapso poblacional a través de hambrunas o guerras.

Frente a estas tesis fue el economista Julian Simon quien sostuvo lo contrario: el crecimiento de población y la abundancia de recursos no son contradictorios, sino que el primero es la base del segundo. Simon explicó que el recurso clave es la gente: una población que crece produce más ideas, que a su vez producen más innovaciones y así mejoran la productividad, lo que se traduce en mayor prosperidad y nivel de vida. Esas innovaciones llevan a incrementar los recursos a disposición de la humanidad a través de una mayor eficiencia en su uso, de un acceso mayor a los recursos naturales y del desarrollo de sustitutivos.

Los neomalthusianos, contra toda evidencia científica, no han modificado su discurso

El debate teórico entre Ehrlich y Simon se trasladó al mundo real cuando Julian Simon propuso una apuesta. Ehrlich elegiría una cesta de materias primas que creyera que iban a ser menos abundantes y, en consecuencia, más caras, en un periodo de tiempo también de su elección. Si realmente el precio, ajustado a la inflación, había subido al término del periodo establecido, Ehrlich habría ganado la apuesta, si por el contrario las materias primas eran más baratas, la victoria sería para Simon. Ehrlich eligió el 29 de septiembre de 1980 para su cesta los siguientes materiales: cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno. Diez años después, y a pesar de un aumento mundial de la población de 873 millones de personas, los cinco materiales seleccionados eran más baratos. En concreto, sus precios habían bajado una media del 57,6% y Ehrlich le envió a Simon un talón por 576 dólares.

Pero a pesar de su derrota los neomalthusianos, contra toda evidencia científica, no han modificado su discurso: el mismo Ehrlich fue invitado al Vaticano en 2017 a impartir un taller sobre la “extinción biológica” en el que sostuvo que “no podemos seguir creciendo por siempre en un planeta finito. El mayor problema al que nos enfrentamos es la continua expansión de la población humana… el crecimiento perpetuo es como una célula cancerígena y el consumo que produce es el que está arruinando el medio ambiente”.

Frente a estas catastrofistas advertencias los economistas Pooley y Tupy han ampliado el estudio que sirvió de base a la apuesta entre Simon y Ehrlich para ver, con datos en la mano, si Simon sigue teniendo razón o si tuvo mucha suerte al considerar justo los años y los recursos que favorecieron su tesis.

En 1974 Ehrlich escribió que “antes de 1985 la humanidad entrará en una era de escasez en el que muchas cosas además de la energía tendrán problemas de abastecimiento”. Ocurrió exactamente lo contrario

El estudio se basa en el concepto de “precio-tiempo”, esto es, la cantidad de tiempo que se tiene que trabajar de media para ganar el dinero suficiente para comprar un producto básico o commodity. Por otra parte, considera que el precio es el mejor indicador de la escasez o disponibilidad de un recurso. Pooley y Tupy han seleccionado una cesta con 50 productos básicos: el 48% son productos alimenticios, el 20% metales, el 12% energéticos, el 14% materias primas y el 6% restante metales preciosos, y han analizado la evolución de los precios de estos productos en el periodo que se extiende desde 1980 hasta 2017, esto es, las cuatro últimas décadas.

Los resultados que han encontrado son los siguientes:

  • El precio real (ajustado a la inflación) de la cesta de productos ha disminuido un 36,3% en el periodo 1980-2017.
  • El precio-tiempo ha caído un 64,7% en el mismo periodo debido a incrementos de productividad, lo que significa una media de casi un 3% de caída anual.

O sea, que con el tiempo que había que trabajar para comprar una unidad de la cesta de productos en 1980, podemos comprar 2,83 unidades en 2017. O dicho de otro modo: que un recurso que para comprarlo en 1980 teníamos que trabajar una hora, ahora lo podemos comprar trabajando solamente 21 minutos.

Primera conclusión: los productos básicos se han abaratado mucho en los últimos 37 años.

El siguiente paso en el estudio es comparar este abaratamiento de los recursos con la variación de población. Y aquí los resultados son un descenso de los precios de los productos básicos del 0,934% por cada aumento del 1% en la población. O sea, que las commodities no es que se hagan más accesibles a pesar del crecimiento de la población, sino que hay fuertes indicios de que lo son a causa del mismo.

En 1974 Ehrlich escribió que “antes de 1985 la humanidad entrará en una era de escasez en el que muchas cosas además de la energía tendrán problemas de abastecimiento”. Ocurrió exactamente lo contrario; Ehrlich se equivocaba, Simon acertaba. Pero Ehrlich no se bajó del burro e insistía en 1997: “Dado que los recursos naturales son finitos, el aumento del consumo obviamente debe llevar inevitablemente a un escenario de agotamiento y escasez”. Volvía a errar, ignorando que el recurso determinante, las personas, también tienen algo que decir. Una mayor demanda de un recurso crea incentivos para la innovación en forma de, lo decíamos antes, mayor eficiencia, búsqueda de mayores reservas o productos sustitutivos. Así, contrariamente a lo que Ehrlich esperaba, los recursos tienden a hacerse más abundantes a medida que crece la población y aumenta su demanda.

Julian Simon explicaba que el mundo es un sistema cerrado en el sentido en que lo es un piano: éste tiene solo 88 notas, pero los modos en que se pueden tocar son casi infinitos. Lo mismo ocurre con la Tierra: sus átomos pueden estar fijados, pero las combinaciones y usos de los mismos no. Lo que cuenta, pues, no son los límites físicos del planeta, sino las personas que lo habitan y su capacidad para experimentar y reimaginar los usos de los recursos de que disponen. Y esto no es una teoría, sino lo que ha ocurrido ante nuestros ojos desde que medimos estas variables. Pooley y Tupy lo expresan con un índice que han bautizado como Simon Abundance Index (SAI), que nos dice que nuestro planeta dispone de una abundancia de recursos un 379,6% mayor en 2017 que en 1980. El crecimiento de población que, según Ehrlich, el Club de Roma y los neomalthusianos en general, iba a provocar una crisis de escasez ha provocado lo contrario: una abundancia como nunca antes se había vivido.

En conclusión, atendiendo a los datos (y no a cantinelas catastrofistas) el crecimiento de población ha sido el elemento clave para aumentar los recursos a disposición de la humanidad. Crecimiento de población significa más abundancia y prosperidad. Una lección que deberíamos tener en cuenta cada vez que recetamos fórmulas de restricción o disminución de la población para los países subdesarrollados: toda la evidencia científica nos dice que estas fórmulas son contraproducentes.

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