Lo que dicen las melenas por Pier Paolo Pasolini - Prohibido Saber

lunes, 16 de septiembre de 2019

Lo que dicen las melenas por Pier Paolo Pasolini


La primera vez que vi melenudos fue en Praga. En el vestíbulo del hotel en donde me alojaba entraron dos jóvenes extranjeros con melenas que les llegaban hasta los hombros. Atravesaron el vestíbulo, llegaron hasta un rincón algo apartado y se sentaron junto a una mesa. Permanecieron allí durante una media hora, observados por los clientes, entre los que estaba yo; luego se marcharon. Ni mientras pasaron a través de la gente aglomerada en el vestíbulo, ni mientras estuvieron sentados en su rincón apartado, ninguno de los dos pronunció palabra (quizá -no lo recuerdo- murmuraron algo entre ellos; aunque, supongo, algo concretamente práctico, inexpresivo).

En realidad, en aquella especial situación -que era del todo pública, o social, y, casi diría, oficial- no tenían ninguna necesidad de hablar. Su silencio era rigurosamente funcional. Y sencillamente lo era porque la palabra era superflua. En realidad, ellos empleaban para comunicarse con los presentes, con los observadores -con sus hermanos de aquel momento- otro lenguaje del formado por las palabras.
Lo que remplazaba al tradicional lenguaje verbal, haciéndolo superfluo -y encontrando además inmediata ubicación en el amplio dominio de los «signos»; es decir, en el ámbito de la semiología- era el lenguaje de sus melenas.

Se trataba de un único signo -precisamente el cabello largo que les llegaba a los hombros- en el que se hallaban concentrados todos los posibles signos de un lenguaje articulado. ¿Cuál era el sentido de su mensaje silencioso y exclusivamente físico?

Era éste: «Somos dos melenudos. Pertenecemos a una nueva clase humana que está apareciendo en el mundo en estos días, que tiene su centro en América y que es desconocida en provincias (como por ejemplo -y sobre todo- aquí en Praga). Para vosotros somos, pues una aparición. Practicamos nuestro apostolado, plenos ya de un saber que nos colma y nos absorbe totalmente. No tenemos nada que añadir oral y racionalmente a lo que físicamente y ontológicamente dice nuestro pelo. La sabiduría que nos llena, en parte a través de nuestro apostolado, también os llegará un día a vosotros. De momento es una novedad, una gran novedad, que crea en el mundo, junto al escándalo, una esperanza: que no será traicionada. Hacen bien los burgueses en mirarnos con odio y terror, porque la base en que se asienta la longitud de nuestro pelo les crea una total contestación.

Pero que no nos tomen por gente mal educada y salvaje: somos muy conscientes de nuestra responsabilidad. No los estamos mirando» vamos a lo nuestro. Hagan lo mismo y esperen los acontecimientos.»
Yo fui destinatario de esta comunicación, y también pude descifrarla en seguida: aquel lenguaje carente de léxico, de gramática y de sintaxis podía ser aprendido inmediatamente, y quizá también porque, entre otras cosas, desde el aspecto semiológico, no era más que una forma de aquel “lenguaje de la presencia física” que los hombres han sabido emplear desde siempre.

Comprendí, y sentí una inmediata antipatía hacia los dos.

Después tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenudos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve naturalmente, por principio, de parte del Living Theatre, de los beats, etc., y el principio que me hacía sentir de su parte era un principio rigurosamente democrático.

Los melenudos se volvieron bastante numerosos —como los primeros cristianos—, pero seguían siendo misteriosamente silenciosos; sus cabellos largos eran su único y verdadero lenguaje, y poco importaba añadir otro cualquiera. Su habla coincidía con su ser. La inefabilidad era la ars retorica de su protesta.

¿Qué decían, con su lenguaje inarticulado consistente en el signo monolítico del cabello, los melenudos en 1966 y 1967?

Decían esto: «La civilización de consumo nos da asco. Protestamos de forma radical. Creamos un anticuerpo a dicha civilización, a través del rechazo. Parecía que todo marchaba bien, ¿eh? ¿Nuestra generación tenía que ser una generación de integrados? Pues esto es lo que pasa en realidad. Oponemos la locura a un destino de “ejecutivos”. Creamos nuevos valores religiosos en la entropía burguesa, precisamente en el momento en que se está volviendo perfectamente laica y hedonista. Lo hacemos con un clamor y una violencia revolucionaria (¡la violencia de los no violentos!) porque nuestra crítica a nuestra sociedad es total e intransigente.»

Creo que si hubieran sido interrogados según el sistema tradicional del lenguaje verbal no hubieran podido expresar de forma tan articulada el compromiso de sus melenas: aunque venía a ser eso lo que sustancialmente expresaban. En cuanto a mí, aunque ya desde entonces sospechaba que su «sistema de signos» era producto de una subcultura de protesta que se oponía a una subcultura de poder, y que su revolución no marxista era sospechosa, continué por un tiempo estando de su parte, asumiéndolos al menos en el elemento anárquico de mi ideología.

El lenguaje de aquellos cabellos, aunque inefablemente, expresaba «cosas» de izquierda. Quizá de la nueva izquierda, nacida dentro del universo burgués (en una dialéctica creada a lo mejor artificialmente por aquella mente que regula, más allá de la conciencia de los poderes especiales e históricos, el destino de la burguesía).

Llegó 1968. Los melenudos fueron absorbidos por el movimiento estudiantil; ondearon las banderas rojas en las barricadas. Su lenguaje cada vez expresaba más «cosas» de izquierda. (Che Guevara era melenudo, etc.)

En 1969 -con la tragedia de Milán, la Mafia, los emisarios de los coroneles griegos, la complicidad de los ministros, la trama negra, los provocadores- los melenudos se habían difundido extraordinariamente; aunque aún no fueran la mayoría numérica, lo eran sin embargo por el peso ideológico que habían adquirido. Entonces, los melenudos ya no eran silenciosos: no delegaban al sistema de signos de su cabello su completa capacidad comunicativa y expresiva. Al contrario, la presencia física de las melenas se había, en cierto modo, degradado a una función distintiva. Había vuelto la utilización tradicional del lenguaje verbal. Y no digo verbal casualmente. No, lo subrayo. Se ha hablado tanto de 1968 a 1970 que durante un tiempo podrá dejar de hacerse: se ha dado importancia a la palabrería, y el verbalismo ha sido la nueva ars retorica de la revolución (gauchismo, ¡enfermedad verbal del marxismo!).

Aunque las melenas —reabsorbidas en la furia verbal— ya no hablaran autónomamente a los destinatarios trastornados, aún encontré fuerzas para agudizar mis capacidades de descodificación, y, en medio del barullo, intenté prestar atención al discurso silencioso, evidentemente no interrumpido, de aquellas melenas cada vez más largas.

¿Qué decían ahora? Decían: «Sí, es verdad, decimos cosas de izquierdas; nuestro sentido —aunque puramente acompañante del sentido de los mensajes verbales— es un sentido de izquierdas... Pero... Pero... »

La comunicación de las melenas se paraba ahí: tenía que integrarlo yo solo. Con aquel «pero» evidentemente querían decir dos cosas:

1) «Nuestra inefabilidad se revela cada vez más de tipo irracional y pragmático: la preferencia que silenciosamente atribuimos a la acción es de carácter subcultural, y por tanto esencialmente de derechas.»

2) « Nos han adoptado también los provocadores fascistas, que se mezclan con los revolucionarios verbales (el verbalismo puede llevar también a la acción, sobre todo cuando la mitifica): y constituimos una máscara perfecta, no sólo desde el punto de vista físico —nuestro desordenado fluir y ondear tiende a homologar todas las caras— sino también desde el punto de vista cultural; en realidad una subcultura de derechas puede confundirse perfectamente con una subcultura de izquierdas.»

Por fin comprendí que el lenguaje de las melenas ya no expresaba «cosas» de izquierdas, sino que expresaba algo equívoco, derecha-izquierda, lo que hacía posible la presencia de los provocadores.

Hace unos diez años pensaba que entre nosotros, los de la generación anterior, un provocador era casi inconcebible (a no ser que se tratara de un depurado actor): su subcultura se habría distinguido, incluso físicamente, de nuestra cultura. ¡Lo habríamos reconocido por los ojos, la nariz, y el pelo! En seguida lo habríamos desenmascarado, e inmediatamente le habríamos dado la lección que se merecía. Ahora ya no es posible, nadie podría distinguir, por la presencia física, a un revolucionario de un provocador. Derecha e izquierda se han fundido físicamente.

Llegamos a 1972.

Estaba, en septiembre, en la pequeña ciudad de Isfahan, en el corazón de Persia. País subdesarrollado, como horrorosamente se dice, pero, como también horrorosamente se dice, en pleno despegue hacia el desarrollo.
Sobre la Isfahan de hace unos diez años —una de las más bellas ciudades del mundo, si no la más bella— ha nacido una nueva Isfahan, moderna y feísima. Pero por sus calles, en el trabajo, o de paseo, al atardecer, se ven muchachos como se veían en Italia hace unos diez años: hijos dignos y humildes, con hermosas nucas, bellas caras limpias bajo atrevidos mechones inocentes. Y, de repente, una noche, caminando por la calle principal, vi, entre todos aquellos chicos antiguos, bellísimos y llenos de la antigua dignidad humana, dos seres monstruosos: no eran precisamente melenudos, pero su cabello estaba cortado a la europea, largo por detrás, corto en la frente, estoposo por los tirones, pegado artificialmente alrededor de la cara con dos escuálidos mechones sobre las orejas.

¿Qué decía su pelo? Decía: «¡Nosotros no pertenecemos al número de estos muertos de hambre, de estos pobretones subdesarrollados, que se han quedado atrás en la edad bárbara! Nosotros somos empleados de banca, estudiantes, hijos de gente rica que trabaja en las sociedades petrolíferas; conocemos Europa, hemos leído. ¡Somos burgueses, y nuestro largo cabello testimonia nuestra modernidad internacional de privilegiados!»

Aquellos pelos largos aludían, pues, a «cosas» de derechas.

El ciclo se ha cumplido. La subcultura en el poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado: con diabólica habilidad la ha convertido pacientemente en una moda, que, aunque no se pueda llamar precisamente fascista en el sentido clásico de la palabra, es sin embargo de una «extrema derecha» real.

Concluyo amargamente. Las máscaras repugnantes que los jóvenes se ponen en la cara, afeándose como viejas putas de una injusta iconografía, crean objetivamente en sus fisonomías lo que ellos verbalmente han condenado para siempre. Han vuelto a salir las viejas caras de curas, de jueces, de oficiales, de falsos anarquistas, de empleados bufones, de leguleyos, mercenarios, de enredones, de gamberros conformistas. Es decir, la condena radical e indiscriminada que han pronunciado contra sus padres —que son la historia en evolución y la cultura precedente— levantando contra ellos una barrera infranqueable, ha acabado por aislarlos, impidiéndoles una relación dialéctica con sus padres. Y sólo a través de dicha relación dialéctica —aunque dramática y extrema— es como habrían podido tomar verdadera conciencia histórica de sí mismos y seguir adelante, «superar» a sus padres. Por el contrario, el aislamiento en el que se han encerrado —como en un mundo aparte, en un gueto reservado a la juventud— los ha retenido en su insuprimible realidad histórica, lo que, fatalmente, ha implicado una regresión. En realidad, han vuelto más atrás que sus padres, resucitando en su espíritu terrores y conformismos, y, en su aspecto físico, convencionalismos y miserias que parecían haber sido superados para siempre.

De modo que ahora el cabello largo expresa, en su inarticulado y obseso lenguaje de signos no verbales, en su gamberra iconografía, las «cosas» de la televisión o de los «anuncios» de los productos, donde ya resulta totalmente inconcebible un joven sin el pelo largo: hecho que, hoy, sería escandaloso para el poder.
Siento un inmenso y sincero disgusto al decirlo (más bien una auténtica desesperación), pero el hecho es que centenares y millares de caras de jóvenes italianos se parecen cada vez más a Merlín. Su libertad de llevar el pelo como quieran ya no es defendible porque ya no es libertad. Ha llegado el momento de decir a los jóvenes que su forma de arreglarse es horrorosa, por ser servil y vulgar. Ha llegado el momento de que ellos mismos se den cuenta y se liberen de su ansia culpable de seguir las órdenes degradantes de la horda.

Fuente: http://www.pasolini.net/madrid-saggi16.htm

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