1/11/19 - 1/12/19 - Prohibido Saber

viernes, 29 de noviembre de 2019

Facebook, el auténtico Estado policial

viernes, noviembre 29, 2019 0
Facebook, el auténtico Estado policial

La red social Facebook pretende definir lo que está autorizado y lo que está prohibido en los contenidos difundidos por sus usuarios. Esta ambición digna de un Estado opresor justifica una censura ideológica contraria a las libertades fundamentales.

Filtración de datos sensibles, lucha contra el terrorismo, censura de contenidos políticos: no faltan las quejas contra Facebook. En el corazón de una tempestad jurídico-mediática, la red social con unos 2 400 millones de usuarios, ha alienado a una parte de su audiencia. En situación delicada, a pesar del éxito de su gama de productos móviles, Facebook ya no tiene elección: tranquilizar o morir. Los reiterados llamamientos de algunos Estados a una mayor regulación, so pena de desmantelar al grupo, amenazan, pura y simplemente su supervivencia.

Demasiado tentacular para pasar desapercibida bajo los reguladores nacionales, pero no (todavía) lo suficientemente poderosa como para hacerlo sin el consentimiento de la sociedad civil y de los poderes públicos, la empresa de Mark Zuckerberg ha dado un giro. Aun cambiando radicalmente de filosofía. A la opacidad y la arrogancia características de su primera década de expansión, le sucede la era del voluntarismo y de la transparencia en todos los niveles. Así, la contratación del antiguo viceprimer ministro británico, Nick Clegg, es reveladora de esta nueva táctica. Nombrado director de asuntos públicos, el exdirigente demócrata-liberal sigue una agenda con un doble objetivo: tranquilizar y convencer.

Entre los planes de Facebook, el proyecto de moneda virtual mundial (bautizada como Libra) eleva simbólicamente a la red a la altura de los Estados. Ciertamente, el grupo no dispone del derecho a ejercer la violencia legítima. Pero ejerce un poder regaliano: controlando la emisión y la difusión de información, crea el derecho. Sin poseer ni las competencias ni la legitimidad para ejercer ese poder soberano. 

En los últimos años, el gigante de las redes sociales ha sido acusado de censura por parte de individuos y grupos de horizontes políticos muy diversos que publican en sus páginas. Las últimas víctimas hasta la fecha han sido cuentas de la ultraizquierda, cuyo verano de 2019 fue particularmente sangrante. Al menos cuatro páginas vinculadas al movimiento fueron desindexadas y sus audiencias cayeron brutalmente tras el período estival. Entre las cuentas afectadas, la del CAME, colectivo de estudiantes de tendencia “no border” de la universidad de Mirail, en Toulouse. En una publicación de agosto sobre su página de Facebook, el colectivo explicaba que el fenómeno se desencadenó por la contracumbre del G7. El hecho de haber compartido un artículo relativo al descubrimiento de un policía infiltrado en los movimientos contestatarios habría provocado la sanción. “A continuación de este post, comprobamos que nuestras publicaciones ya no llegaban a mucha gente”, explica Léon, miembro del CAME. “Nos preguntamos se Facebook no ha utilizado la nueva ley sobre las fake news para desindexar nuestra página y las de otros colectivos, cuando las informaciones que publicamos son ciertamente militantes y comprometidas, pero siempre verificadas”. Cuando se le solicitaron más detalles, Facebook indicó que sólo los administradores de las páginas afectadas tienen derecho, en un plazo desconocido, a una explicación.

Después de las elecciones presidenciales americanas de 2016 y el caso de Cambridge Analytica ‒filtración de datos organizada a favor de diferentes grupos políticos pro-Brexit y pro-Trump, Facebook ha pagado un alto precio por sus derivas. El escándalo provocó una multa récord de 5.000 millones de dólares impuesta por la policía del consumo (Federal Trade Commission). Se trataba, pues, de tomar el control. Supresión de páginas, minimización de la viralidad de ciertos contenidos, desindexación o simple llamada al orden: la red social cuenta con un arsenal de sanciones que despliega en función de la gravedad de la infracción cometida respecto a sus sacrosantas reglas ‒los famosos “estándares” de la comunidad, especie de reglamento interior hecho público en 2015. Este reglamento describe en el menú el tipo de publicación prohibida por la plataforma.

Esta moderación a posteriori se añade a un enfoque más proactivo que consiste en identificar a grupos que ejercen estrategias de influencia sobre el sitio mediante falsas informaciones, todo ello pilotado bajo la mano de potencias estatales. Facebook suprimió así, a principios de año, casi quinientas cuentas supuestamente “coordinadas desde Rusia y vinculadas a los empleados de la agencia de prensa Sputnik”, cuentas sospechosas de compartir “sentimientos anti-OTAN” y favorables a las “protestas”, según Nathaniel Gleicher, director de ciberseguridad de Facebook. A pesar de los gritos de las víctimas de la purga, la red social justificó esta decisión por la voluntad manifiesta de los administradores de ocultar la identidad real del responsable de dar las órdenes, contraviniendo el reglamento interno, que tiene la apariencia de un auténtico código penal digital.

Para contrarrestar las crecientes acusaciones de censura arbitraria, Facebook se lanzó, desde 2016, a un gran ejercicio de transparencia sobre los medios que utiliza para regular los contenidos. La red reivindica, sin sorpresa, el uso de un dispositivo híbrido compuesto de algoritmos, de detección y señalamiento de sus usuarios, pasando a la cultura de la delación como elemento cardinal de su política de seguridad. Una vez identificados, los contenidos problemáticos son tratados a través de una cadena de moderación humana proporcionada principalmente por subcontratistas. Algunos de estos centros externalizados incluyen también a algunos periodistas, invitados a constatar los con su esfuerzo y consentimiento el “formidable desafío” de una moderación a tal escala ―los mismos periodistas que no dejaron de señalar la extrema rudeza de las condiciones de trabajo de estos “asalariados del clic”, cuya tarea consiste en clasificar la basura de la red por tan solo 15 dólares la hora.

En la misma línea, Facebook publicó en 2018, con mucha publicidad, una versión ampliada de sus "estándares", que clarifican un cierto número de conceptos claves y proporcionan ejemplos explícitos de contenidos no admitidos sobre la plataforma.

Sin duda es bueno que los internautas conozcan las reglas y las restricciones a las que son sometidas sus publicaciones. Sin embargo, el problema fundamental de la concentración de poderes continúa sin resolverse. En efecto, como señala el excelente informe de la misión de regulación de las redes sociales presentado por la autoridad estatal encargada de lo digital, todos los actores que ofrecen un servicio de red social desempeñan los roles simultáneamente: “Dictan sus condiciones generales de utilización, deciden en qué medida les vinculan, las modifican según sus necesidades sin ningún procedimiento público, aseguran la interpretación en primera y única instancia, rinden cuentas de su establecimiento en la forma y con la periodicidad que les parecen oportunas”. Esto pone en perspectiva el alcance de los recientes anuncios y sugiere que una transparencia maravillosa deriva simplemente de la comunicación. La intensificación de los medios o la introducción de nuevos dispositivos, especialmente la posibilidad de recurrir a una sanción, no cambian nada el asunto. Peor aún, este debate permanente en torno a los recursos comprometidos por la plataforma actúa como una pantalla de humo que ratifica el muy discutible principio de una regulación en vacío.

Este sistema se aplica instantáneamente a miles de millones de usuarios y suscita muchas reservas: “Es indispensable prever un justo equilibrio entre el recurso a los mecanismos judiciales, a la regulación y a la autorregulación, todo apoyándose en las aportaciones de la misión de regulación de las redes sociales para reflexionar sobre las nuevas formas de regulación”, estima el Consejo nacional digital. Antes de despejar la clave precisando que “la apreciación del carácter de insulto o de odio de un discurso o de una publicación puede, en ocasiones, en función del contexto, ser fuente de dificultades. Esta función pertenecía tradicionalmente al juez, que ofrece todas las garantías de competencia y de imparcialidad para pronunciarse sobre el carácter ilícito de un contenido”. Una púdica manera de recusar la privatización de las misiones de regulación históricamente desempeñadas por el Estado.

No faltan, por supuesto, iniciativas para contrarrestar este tipo de acusaciones. Recientemente, Facebook lanzaba la idea de un comité independiente de supervisión para decidir los casos de moderación más conflictivos y litigiosos. Una idea, ciertamente encomiable que, sin embargo, se ve obstaculizada por el modo de funcionamiento casi estaliniano de este seudotribunal supremo. “Facebook se compromete a que este consejo tome decisiones “obligatorias” sobre cada contenido examinado, pero sólo haciendo recomendaciones sin cambiar las reglas. La empresa no abandona su responsabilidad”, afirmaba Nick Clegg al periódico Le Monde. Dicho de otra forma, cualquiera que sea el grado de eficacia o de legitimidad de este “invento”, la empresa continuará controlando el sistema.

Este proyecto puede considerarse como una maniobra preventiva destinada a limitar el riesgo de intervención coercitiva de los poderes públicos. Pero la creación de esta nueva instancia legitimaría, de hecho, el principio de una justicia privada contra la cuan la justicia nada podría hacer. Tal esquema de gobernanza implicaría, en efecto, una delegación de poderes casi total a las plataformas en el dominio de la regulación de los contenidos, socavando todavía más el monopolio estatal en sus funciones soberanas.

Aunque este modelo de justicia privada no es nuevo, el éxito de las grandes plataformas digitales se basa, precisamente, en la gestión internalizada de los litigios, que suscita un cierto sentimiento de suspense en una parte de la opinión. Este se traduce en una respuesta esquizofrénica por parte de las autoridades que, aun criticando las GAFAM, siguen delegando sus responsabilidades. El movimiento se lanzó en 2004 con la transposición de la directiva europea sobre comercio electrónico. Se contempla un dispositivo que convierte a los anfitriones y a los proveedores de servicios de acceso de internet en los jueces de primera instancia del carácter ilícito de los contenidos.

Estos sitios, en efecto, deben “disponer de un mecanismo de fácil acceso para señalar dichos contenidos, informar a las autoridades públicas de sus alertas y hacer públicos los medios dedicados a la prevención de su difusión”, siendo punibles penalmente los incumplimientos de este conjunto de obligaciones. Un marco legal que hasta ahora se limitada únicamente a los contenidos constitutivos de infracción (apología de crímenes contra la humanidad, incitación al terrorismo, incitación al odio racial…). Las recientes evoluciones legales extienden el dominio de las prohibiciones y refuerzan sensiblemente la responsabilidad de los actores. En Francia, por ejemplo, se aprobó la ley Avia, que contempla un estatuto específico de “operadores de plataformas en línea” (redes sociales y motores de búsqueda), las cuales disponen de un plazo de 24 horas para pronunciarse sobre el carácter manifiestamente injurioso u odioso de un contenido y tomar las medidas necesarias, so pena de severas sanciones pecuniarias.

Fabienne Colboc precisa que “el sistema propuesto, que sólo se refiere a los contenidos claramente ilícitos (y no a los contenidos grises, sujetos a interpretación), permitirá posteriormente, o bien que el autor del contenido recurra a los tribunales si considera que su publicación se ha retirado indebidamente, o bien que se inicien acciones judiciales contra la plataforma si no ha eliminado un contenido manifiestamente detestablemente odioso. Por lo tanto, será siempre el juez, independiente y garante de la protección de las libertades individuales, el competente para juzgar sobre la licitud de los contenidos y la posible represión de sus autores. En ningún caso se pedirá a las plataformas que cumplan la función del juez”. Por el contrario, hay razones para creer que la combinación de un plazo extremadamente corto, el riesgo de sanciones y el posible daño en términos de reputación, animará a los sitios a actuar con cautela en cuanto a la eliminación masiva, y casi preventiva, de los contenidos sujetos a interpretación. Pero, una vez más, el papel del juez, en primera instancia, intenta transferirse a los actores de internet.

La explosión del volumen de los litigios a tratar, el hacinamiento de los tribunales, la plétora de recursos de las plataformas: es comprensible que los Estados estén deseosos de transferir una parte de su poder de policía digital aun a riesgo de avanzar siempre más hacia una “delegación se soberanía”, por retomar la expresión de Gilles Babinet, consejero del Instituto Montaigne. Para este experto, otra regulación es posible: “Contrariamente a lo que se oye, la autorregulación no es una fatalidad. Se podría imaginar una supervisión directa de los equipos de moderación por los jueces de los países afectados, cuyo coste sería íntegramente soportado por las plataformas, las cuales se verían así obligadas a asumir su lógica de desarrollo a todos los niveles. Un modelo de “ciberjusticia estatal”, por otra parte, comienza a vislumbrarse en algunos países. Facebook, por citar sólo esta red, tiene además todo el interés en adoptar este tipo de enfoque, ya que el riesgo de desmantelamiento nunca ha sido tan alto como en la actualidad.

El tiempo de la benevolencia ―incluso de la ingenuidad― hacia la “Big Tech” ha terminado, igual que los individuos parecen haber tomado conciencia colectiva de la amenaza encarnada por los actores privados omnipotentes cuyas veleidades políticas traducen un profundo cambio de naturaleza. Conforme a la ideología libertariana de Silicon Valley, que ve en el Estado centralizador al enemigo a batir, la obsesión del hipercrecimiento ha dejado paso a la incesante búsqueda de la autonomía. Algunos incluso sueñan con liberarse de cualquier limitación del legislador. El caso de Facebook es emblemático: en apenas quince años, la adulada joven empresa se ha convertido en una empresa tentacular en plena expansión, multiplicando las iniciativas regalianas y soberanas en un movimiento que, en última instancia, se parece a una tentativa de uberización de la política. El hecho de avanzar a cara descubierta no tranquiliza a la mayoría de la gente y demuestra, por el contrario, la habilidad táctica de un mastodonte que no quiere antagonizar con el adversario.

La buena noticia es que los legisladores occidentales, lejos de ser engañados, parecen decididos a actuar, como lo testimonian las recientes tomas de posición contra el proyecto Libra. Abrumados por las pretensiones de un actor privado que produce el derecho y se muestra dispuesto a emitir moneda, los Estados organizan la respuesta y pueden contar con un gran activo: el retorno de la opinión pública. Queda por saber si todavía tienen los medios para controlar al monstruo que han contribuido a crear.

Fuente: elmanifiesto.com

martes, 26 de noviembre de 2019

Si es usted heterosexual, hágaselo ver Por Candela Sande

martes, noviembre 26, 2019 0
Si es usted heterosexual, hágaselo ver Por Candela Sande

Empieza a no hacer gracia. Empieza a asustar esto de 'El País' que, naturalmente, es lo de 'Le Monde', es lo de 'The New York Times', es lo de nuestras élites. Si la heterosexualidad es un problema, si la heterosexualidad es algo que contemplar con el ceño fruncido y mirada censora, apaga y vámonos.

Imagino que no les habrá pasado nunca y la verdad es que no se lo deseo a mi peor enemigo, porque es una experiencia terrorífica. Me refiero a ese momente en que una está tranquilamente charlando con un personaje al que cree meramente excéntrico y, en un momento concreto, por un único comentario que hace con absoluta seriedad, una se da cuenta súbitamente que está hablando con un orate, un loco de remate.

Que los ‘maestros de pensar’ -como dicen los franceses- que nos ha tocado en desgracia a nuestra civilización actual exponen a cada paso un disparate mayor que el anterior y que proponen medidas socialmente suicidas es casi la razón de ser de mis columnas; pero, como en todo, faltaba el momento definitivo, la frase que te indica sin posible interpretación benigna que estás ante un candidato a camisa de fuerza y celda acolchada.

Me refiero a abrir al que se llama a sí mismo ‘diario de referencia’, El País, que por lo que sé sigue siendo el más vendido de España, y toparme con este titular: ‘La heterosexualidad es peligrosa‘. Y ya, cerremos esto, que no da más de sí.

No, no es de broma, lo dice completamente en serio. La heterosexualidad es peligrosa. Y punto

En España, cualquier periodista que titulara ‘La homosexualidad es peligrosa’ no volvería a trabajar en ninguno de los grandes medios en su vida, y en muy pocos de los pequeños. Un líder político, un empresario, un artista, un académico que pronunciara la frase “la homosexualidad es peligrosa” podría decir adiós para siempre jamás a su carrera, y tendría todas las papeletas para sufrir acosos y escraches. Un particular que colgara en una red social la frase “la homosexualidad es peligrosa”, salvo que tuviera menos seguidores que un mitin de Ciudadanos, vería muy probablemente cerrada su cuenta in aeternum.

Y, sin embargo, la proporción de homosexuales en casi cualquier sociedad no supera, de media, el 3% o 4%. Y, sin embargo, una sociedad podría sobrevivir y crecer y prosperar sin homosexuales, pero no podría hacerlo sin heterosexuales. No digo que no haya habido homosexuales que, por cuestiones quizá de presión social haya tenido hijos del modo natural, pero es raro, mucho más cuando ya no existen esas presiones, sino más bien todo el aliento del mundo para salir del armario. Lo que significa que todos somos hijos de heterosexuales, presumiblemente, también el autor de la tribuna.

La idea es tan suicida, tan inconcebiblemente estúpida, que decidí darle una oportunidad a la tribuna, dando por hecho que el autor había querido ser provocador en el titular para atraer lectores, pero que en el texto se contaría otra cosa, algo menos irracional. Pero no, no es de broma, lo dice completamente en serio. La heterosexualidad es peligrosa. Y punto.

La excusa en esta ocasión es esa fiebre electoralista de la violencia de género. La llamo así no porque sea insensible al destino horrible de las mujeres que la sufren, sino porque España está entre los países bendecidos con una menor tasa de violencia contra las mujeres -es decir, es lo contrario de una ‘emergencia’- y, sobre todo, porque no se hace el menor esfuerzo por conocer las causas reales y ponerle remedio, sino que se utiliza indecentemente para pescar votos y cambiar la sociedad. Dice el autor: “Los asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico se producen dentro del marco de ese tipo de relación. El dato no se menciona cuando se habla de feminicidio, pero es quizás políticamente el más importante”.

Comencemos por decir que eso es falso. En estas mismas páginas ya nos hicimos eco del grave problema, denunciado en publicaciones impecablemente gays, de la violencia de pareja entre homosexuales, que sufren doblemente porque nadie quiere tocar su caso ni con un palo. Si hay muchos más casos en parejas heterosexuales es, además, porque hay muchísimas más parejas heterosexuales. Es la norma y lo otro es la excepción, nos pongamos como nos pongamos. Pero eso es lo de menos. Lo de más es ese aborrecimiento imposible a la norma, a la normalidad, a la vida.

Empieza a no hacer gracia. Empieza a asustar esto de El País que, naturalmente, es lo de Le Monde, es lo de The New York Times, es lo de nuestras élites. Porque significa, directamente, que estamos en manos de dementes que pueden hacer un daño espantoso a estas y a las generaciones futuras y que, de hecho, lo están haciendo.

Porque si la heterosexualidad es peligrosa, entonces vivir es peligroso. Si la heterosexualidad es un problema, si la heterosexualidad es algo que contemplar con el ceño fruncido y mirada censora, apaga y vámonos, literalmente. Y es entonces cuando una conecta los puntos y entiende todo, entiende hasta qué punto es antivida el pensamiento único. ¿Cuántos artículos han leído o visto de pasada sobre lo malo que es tener hijos? En algún caso alegarán a que es negativo para la salud mental de los padres; en otros, a que contribuye al cambio climático, o que es una ruina o que nos estropea la diversión como, al parecer, la última generación en Occidente.

Fuente: actuall.com

sábado, 23 de noviembre de 2019

Cómo mejorar el nivel de vida por Manuel F Ayau

sábado, noviembre 23, 2019 0
Cómo mejorar el nivel de vida por Manuel F Ayau

viernes, 22 de noviembre de 2019

La juventud de derechas, el gran cambio respecto al liberalismo

viernes, noviembre 22, 2019 0
La juventud de derechas, el gran cambio respecto al liberalismo

La hegemonía de la izquierda en la juventud ha terminado. La derecha intelectual ya no se rasga las vestiduras e, incluso, conquista los platós televisivos. Pero esta mejora se debe, ante todo, a la crisis de nuestra sociedad multicultural, más que al trabajo ideológico conducido por algunas jóvenes plumas del conservadurismo a veces más dogmático.

Antes, el mundo era más sencillo: los jóvenes votaban a la izquierda, militaban en la izquierda, pensaban como la izquierda. Moralmente desacreditado, el campo conservador se arrodilló ante una izquierda que se adjudicaba el monopolio de la verdad. Sartre podía excitar el odio de clase acusando erróneamente de asesinato a un notario, Mitterrand podía superar el entendimiento prometiendo salir del capitalismo en cien días, SOS-Racismo podía “fascistizar” a cualquiera que cuestionase la sociedad multicultural.

Pero, he aquí que después de un largo eclipse, algunos francotiradores conservadores cruzan la línea trazada por sus antecesores y franquean las puertas de los medios. Zemmour y Buisson abrieron el camino, Mathieu Bock-Côté, Eugénie Bastié, François-Xavier Bellamy, aparecen en las televisiones, revistas como Éléments salen de la marginalidad, se fundan instituciones católicas de formación, identitarios, liberal-conservadores, o un poco de todos al mismo tiempo. Todo es impulsado por la nueva misión metapolítica ―ganar la batalla de las ideas― que se asigna la joven guardia conservadora, cuya coqueluche preferida se llama Marion Maréchal, y las bases dudan entre un voto a Los Republicanos o a la Reagrupación Nacional.

Por fluctuantes que sean sus contornos, sigue siendo un movimiento de fondo, el que el brillante treintañero Alexandre de Vitry, señala en su librito Bajo el pavés, la derecha: la joven derecha conservadora ya no tiene miedo de afirmarse como tal, de dotarse de una ideología y de repensar su relación con el liberalismo. No es la primera vez que surge un joven de derechas reivindicando, alto y claro, esta etiqueta. El 30 de mayo de 1968, los jóvenes gaullistas salieron del bosque para apoyar al General contra la chienlit (mascarada anárquica) de lanzadores de adoquines. Inscribiéndose en esta línea, los jóvenes sarkozystas de principios de los años 2000 asumieron una relación desacomplejada con el dinero y el éxito social que les distinguían de los caciques chiraquianos. Algunos años más tarde, impulsado por la ofensiva societal de Hollande, una generación de jóvenes católicos conservadores se alzó contra “el matrimonio para todos”. Esta última ola invirtió el campo del dominio de las ideas y levantó un proyecto político de transformación de la sociedad.

Para Alexandre de Vitry, aquí es donde radica el problema: la derecha traiciona su naturaleza pragmática a fuerza de golpear el pavés y forjar una ideología coherente, segura de sí misma y dominadora. Esta búsqueda de la Grand Soir conservadora ignora toda la complejidad de lo real, las invariantes de la naturaleza humana y el peso del mundo. Aquí entra en juego la literatura, que recuerda al hombre su deber de humildad. Al pretender hacer tabla rasa de la realidad que le desagrada (libertad sexual, homoparentalidad, aborto…), una cierta derecha sobreideologizada se une a los erráticos demiurgos de una izquierda cuya idea de ruptura le obsesiona desde la Revolución francesa.

Hablemos claro. Si su paradójica defensa del derecho a la contradicción y su crítica del pavlovismo antiliberal fueran el efecto de una burbuja de aire, la requisitoria ad hominem que hace Vitry a veces roza el antifascismo policial, al que una cierta izquierda está tan apegada. Pero todo pecado tiene misericordia.

Esta juventud intelectual hostil a las consignas de 1968 no ha surgido con el “macronismo”. En la opinión pública, esa ola generacional ya era reconocible. “La juventud es la imagen de la sociedad francesa: muy dividida y diversa”. El 25% de los jóvenes votaron a Mélenchon (Los Insumisos), pero toda una franja de gente que vive en el mismo plano en el seno de la sociedad multicultural está a la espera de los valores de orden”, indica el politólogo Jérôme Fourquet. En la opinión generalizada, en la derecha, la inseguridad cultural engendrada por una inmigración masiva e inasimilada explica, a la vez, la importancia del voto a la Reagrupación Nacional y el repliegue identitario de muchos católicos, cada vez más opuestos al Papa Francisco. Aunque disguste a los antirracistas profesionales, muchos jóvenes adversarios del multiculturalismo, partidarios de una inmigración limitada, cuando no de la remigración, tienen orígenes extranjeros exóticos, franceses de diversas procedencias, desconcertando al bando contrario, como el abogado libertario Nicolas Gardères: "La auténtica renovación de la derecha no está en las ideas, sino en la encarnación. Su discurso alcanza cada vez más el campo político-mediático, encarnado por mujeres, como las portavoces de la Manif pour tous, los homosexuales, como Philippot, u hombres pertenecientes a minorías religiosas, como Zemmour”.

Visto desde la izquierda, el itinerario de Edouard Chanot, periodista y columnista del canal ruso Radio Sputnik, parece incomprensible, tanto que desafía las ideas preconcebidas. Este treintañero franco-filipino ha puesto, en el activo de la derecha cultural, dos grandes victorias semánticas, aportadas especialmente en el frente de la lucha contra el islamismo: “La designación del enemigo y el reconocimiento de facto de la Gran Sustitución" (el reemplazo de la población europea por población inmigrante). La expresión, forjada por Renaud Camus, ha florecido en los medios, aunque sea para denunciarla, si bien Chanot prefiere hablar de la Gran Balcanización, persuadido de que nuestra sociedad se está “comunitarizando” a medida que progresan los flujos migratorios. El reconocimiento de esta situación no es completamente imputable, sin duda, a los intelectuales que confirman este diagnóstico habitualmente. “No son las ideas las que dominan el mundo, sino las circunstancias”, dice el destacado alumno del Institut Iliade, fundado tras el suicidio del ensayista neopagano Dominique Venner, una figura de la derecha radical identitaria. Un cursus honorum que resume los giros de su búsqueda de sentido. “Mis amistades con este movimiento siempre han resultado sorprendentes, pero yo he leído mucho al filósofo Léo Strauss, el cual propone el retorno a los Antiguos”, explica Chanot. Y en el mercado identitario, el Institut Iliade, “por la larga memoria europea”, ofrece una formación clave en torno a la tradición, los mitos de la edad de oro y otras expresiones de una identidad carnal resueltamente völkisch.

En la confluencia del movimiento identitario, del antiliberalismo y del conservadurismo, François Bousquet, redactor-jefe de la revista Éléments y gerente de La Nouvelle Librairie, está encantado de ver cómo se mueven las placas intelectuales. “Es difícil negar que hay una renovación intelectual del conservadurismo que beneficia más a la derecha que a la izquierda, que además está afectada por la crisis de la ideología del progreso”, diagnostica. Para convencerse, basta con echar un vistazo a las portadas de Éléments, publicación de la Nouvelle Droite convertida en revista de referencia en la calle: los intelectuales de izquierdas, Onfray, Gauchet, Julliard, Guilluy, ¡se precipitan sobre sus páginas! Sobre un fondo de antiliberalismo, los editoriales de Alain de Benoist redistribuyen las cartas del juego ideológico. Para la filósofa y analista del discurso político e ideológico, Nathalie Krikorian, “hoy asistimos a una forma de descomposición de las ideologías, especialmente en la izquierda. Lo único que ha permitido a la izquierda francesa sobrevivir, en su aberración revolucionaria e igualitaria, es su discurso inmigracionista y diferencialista de los años 80. Pero hoy se enfrenta a la realidad”. Las ideas circulan de tal forma, tanto a un lado como al otro del campo intelectual, que el derecho a la diferencia, popularizado por la Nueva Derecha, ha sido asumido por el antirracismo mitterrandiano. Es en nombre de este derecho que Bousquet reivindica hoy un elogio de la frontera contra el “aumento de la indiferenciación, de sociedades indiferenciadas derivadas de una nivelación universal”.

Sin embargo, esta joven guardia conservadora está lejos de ocupar todo el espacio de la derecha donde esta ola antiliberal está causando extrañamientos. Con Alexandre de Vitry, jóvenes ensayistas se burlan de la Santísima Trinidad del antiprogresismo, formada por Michéa, Guilluy y Orwell. Junto a Benjamin Demeslay, el redactor-jefe de L'Incorrect, Gabriel Robin, se prepara para la publicación de Non du peuple, un ensayo explícitamente dirigido contra el conservadurismo antiliberal. Robin denuncia la nueva moda de pensamiento de las legiones de la Manif pour tous, cuyo gran libro rojo es La causa del pueblo, de Patrick Buisson: “En el imaginario de la derecha francesa de las décadas 2000 y 2010, la Francia periférica ocupa el lugar del Tercer mundo para la izquierda post-68. Para Buisson, la Manif pour tous será, para la Francia de Johnny, lo que los bolcheviques fueron para los condenados de la Tierra, una élite regenerada llevando sobre sus hombros a un pueblo despreciado”. La derecha cuartomundista existe, todo el mundo puede encontrarla en una librería. Para Robin, Buisson fantasea, con brío y estilo, sobre un pueblo con todas las virtudes conservadoras. Igual que, en el flanco izquierdo, Michéa asocia demasiado mecánicamente a la gente ordinaria con la common decency orwelliana. Hace falta haber olvidado a Céline para creer que la pobreza es virtuosa…

Paradójicamente, la joven derecha liberal está cediendo a la vieja tentación maurrasiana de copiar sus modelos ideológicos sobre las expectativas del “país real”. Así, todos los estudios de opinión confirman un aumento de los valores consumistas e individualistas en la juventud, por otra parte mayoritariamente partidaria del matrimonio y la adopción por parte de homosexuales, en las antípodas de la Manif pour tous. En cuanto a la Francia periférica, tan bien descrita por el geógrafo Christophe Guilluy, sus habitantes sueñan menos con una revuelta popular que con un liberalismo temperado y suavizado por las fronteras. “El francés medio asimila el liberalismo por el hecho de pagar menos impuestos, de trabajar más para ganar más, o de crear una empresa sin demasiadas trabas burocráticas. Esta fue, por otra parte, una de las razones del éxito de Nicolas Sarkozy en 2007”, analiza Gabriel Robin. Esto no significa, de ninguna manera, que el pueblo del campo y de los campanarios esté sólo interesada en el dinero. Numerosos franceses periféricos cederían fácilmente ante las sirenas de un “populismo patrimonial” (Dominique Reynié) capaz de preservar su modo de vida.

La brecha entre la Francia concreta y la visión de algunos intelectuales conservadores también puede explicarse, quizás, por un sesgo sociológico. En lo que queda de la Francia católica burguesa, los sesentayochistas, hijos mimados de la democracia y de la revolución sexual, ejercen un derecho de inventario legítimo, pero a veces inconsecuente, sobre nuestra sociedad liberal. Así, “ninguna doctrina es menos comprendida que el liberalismo”, lamenta el filósofo Raphaël Enthoven: “No se trata de la libertad del zorro en el gallinero. No hay nada peor, a los ojos de un liberal, que un individualismo desenfrenado, que se satisface con la guerra de todos contra todos. Un liberalismo bien comprendido implica la igualdad de oportunidades (sin la cual se distorsiona la competencia es falseada) y el respeto por la ley (que es la misma para todos)”, continúa este republicano de izquierdas. Ahí se encuentra una de las claves de la convergencia entre los antiliberales de los dos lados que se expresan en las columnas de Éléments y de Limite. Haciendo fuego indistintamente sobre el liberalismo, el individualismo y el multiculturalismo, estos teóricos resucitan formas sofisticadas de comunitarismo, sea socialista o cristiano. “Unos quieren poner al maestro de escuela en el centro de la villa, otros al cura”, sonríe Gabriel Robin.

Es en este torbellino ideológico donde Emmanuel Macron edificó su victoria en las elecciones presidenciales. Poniendo a la derecha y a la izquierda contra las cuerdas, Júpiter [así es como llama irónicamente una parte de la prensa a Macron] venció a todos aquellos que pensaban que el desafío identitario era inevitable. Los intelectuales conservadores están, pues, todavía lejos de esta observación, sobre la cual Marion Maréchal creó el ISSEP para formar a los cuadros conservadores del mañana. En la universidad, la hegemonía de la izquierda, moribunda y contestada por todas partes, sigue siendo abrumadora. Lucien Rabouille, profesor universitario, señala: “En términos de masa crítica, hemos sido aplastados. Pero hay falanges de sociólogos e historiadores de Los Insumisos”, desde el Cóllege de France al más modesto instituto de provincias. Un poco como Alexandre de Vitry, que estima que la derecha intelectual va por mal camino inyectándose ideología: “Habría que dejar a la izquierda la pretensión de objetividad. No tenemos armas para batirnos en este terreno”. Ciertamente, pero ¿por qué renunciar al combate político cuando tantos desafíos se plantean a nuestra sociedad? Eugénie Bastié intenta mantener unidos los extremos de la cadena. Escritores, ensayistas y políticos podrían ponerse de acuerdo sobre el reconocimiento de “una forma de incompletud, de modestia frente a la historia, de rechazo a la utopía”, que no dispensa del derecho a tener ideas políticas. ¡A los nuevos húsares corresponde lanzar el guante!

Fuente: elmanifiesto.com

Es una revolución por Axel Kaiser

viernes, noviembre 22, 2019 0
Es una revolución por Axel Kaiser

El 14 de julio de 1789, en Paris, luego de torturar, asesinar y decapitar a su custodio principal, la turba se tomaba la Bastilla, mítica prisión y símbolo del poder real. Mientras ello ocurría, Luis XVI se encontraba de cacería en las tierras cercanas a Versalles. En su diario, el rey apenas alcanzaría a escribir ‘nada’ -aludiendo a que no había conseguido presa alguna-, cuando un desesperado mensajero irrumpió en la habitación exclamando: ‘¡Su majestad, han tomado la Bastilla!’ ‘¿Es una revuelta?’ preguntó este con ingenuidad. ‘No’, contestó el mensajero, ‘es una revolución’.

Luis XVI nunca fue capaz de entender lo que enfrentaba. Como a muchos, a él le parecía inconcebible la idea de que la monarquía pudiera estar en peligro. Esa negación de la realidad fue lo que terminó costándole la vida a la monarquía, a él, a su familia y a casi 160 mil personas según cifras que han calculado algunos historiadores.

Además del colapso total del orden público, la revolución fue capturada por los extremistas jacobinos, quienes llevaron a cabo no sólo la demolición y refundación de todo el orden social y económico francés, sino el régimen del terror, cuyas primeras víctimas fueron los partidarios moderados de la revolución.

Finalmente, incluso los líderes jacobinos serían guillotinados, pues la Reacción de Termidor para frenar los excesos fue similarmente violenta. Tras años de violencia, cambios constitucionales y caos social y económico creado en nombre de la igualdad y la fraternidad, Francia terminó liderada por un dictador militar, Napoleón Bonaparte, el único capaz de imponer orden a sangre y fuego.

“El Presidente, luego de haber entregado todo, parece no entender que lo que enfrentó no fue una simple revuelta, sino un intento de derrocarlo llevado a cabo por la versión criolla de los jacobinos”.

Aunque hay galaxias de distancia entre ese episodio y lo ocurrido en Chile, no deja de ser interesante observar algunas similitudes para entender mejor el proceso en curso. De partida, tuvimos un Presidente perdido, quien, a la Luis XVI, celebraba un cumpleaños en un restaurante mientras Santiago ardía. Y hasta hoy, luego de haber entregado todo, parece no entender que lo que enfrentó no fue una simple revuelta, sino un intento de derrocarlo llevado a cabo por la versión criolla de los jacobinos.

En segundo lugar, cual girondinos, la derecha chilena se subió, aunque a medias, a la causa refundacional, sin entender que la puerta que abrió con la nueva Constitución no tiene vuelta atrás y que ellos mismos, probablemente, terminarán tragados por el desorden de un monstruo que no podrán controlar. Una razón es que, si la violencia logró imponer una refundación del orden institucional chileno, es razonable pensar que podrá inclinarlo en la dirección que grupos extremistas anhelan, especialmente si se tiene presente que Chile es un Estado fallido cuando de orden público se trata.

Una tercera similitud que podríamos analizar es la imposibilidad de los radicales de hoy de controlar el proceso de desborde que han justificado. Los mejores ejemplos los dieron el activista principal del asambleísmo jacobino, quien se ha quejado amargamente de la toma de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, donde trabaja, y la ex candidata presidencial del chavismo chileno, tratada de ‘traidora’ por facciones extremas que creía representar.

Por último, vale la pena destacar el entusiasmo que la burguesía y sectores acomodados mostraron en los primeros momentos de la revolución francesa, cuando se reformaba constitucionalmente la monarquía. En esos momentos todo parecía encontrarse bajo control, y las promesas originales de evolución y no de revolución asomaban como el único camino posible. Qué equivocados estaban.

Fuente: fppchile.org

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Quiero ser de izquierdas

miércoles, noviembre 20, 2019 0
Quiero ser de izquierdas

Alberto Garzón, joven promesa de la izquierda suicida, ha afirmado que "un delincuente no puede ser de izquierdas". Pues si un político de izquierdas roba es porque realmente no es de izquierdas. ¿Y a qué se debe esta incompatibilidad? Pues a que, textualmente, «la izquierda representa una forma de vivir y una forma de relacionarse en la que no cabe utilizar al prójimo para beneficio propio».

Nadie se escandalice. No se trata de nada excepcional en el beatífico mundo de la izquierda. Hace un par de años José Sacristán, ese referente ético e intelectual, dijo que la corrupción de los políticos de izquierdas es más grave que la de los de derechas, pues al fin y al cabo éstos «tienen la patria, la familia, la banca y la sacristía. Sus votantes son feligreses: tienen fidelidad a unos principios. Así es difícil tener sentimiento de culpa: pasa uno por el confesionario y tema resuelto».

Según parece, como los izquierdistas no pueden pasar por el confesionario, se comportan mejor y están vacunados contra la hipocresía. Envidiable, la altura moral de los izquierdistas.

Otro ejemplo, en este caso de superioridad intelectual y llegado desde Francia. Elisabeth Barget –veterana de mayo del 68, campeona del feminismo y del aborto libre y gratuito, atea militante hasta el punto de organizar en 1996 una campaña bajo el lema Devolvednos nuestras almas para reventar la visita de Juan Pablo II a Francia en el 1 500 aniversario del bautismo de Clodoveo y, por supuesto, enemiga mortal del peligro fascista encarnado por el Front National– se afilió hace un par de años a dicho partido e incluso se presentó como candidata por su departamento. El motivo de la decisión de Barget fue, según explicó, el miedo a la «conquista islámica de Francia». Pero lo más interesante es la explicación de su giro político: ha ingresado en el Front National porque, según ella, éste ha mutado y sostiene un discurso de izquierdas. No será este humilde juntaletras quien niegue dicha posibilidad, pero no deja de ser revelador que reclame no haber sido ella la que se ha convertido al ideario del FN, sino éste al de ella. Mientras que la derecha obedece a oscuros impulsos, la izquierda siempre encarna la virtud, y para que otra opción política participe de esa virtud ha de adoptar forzosamente los planteamientos izquierdistas.

La izquierda incluso consigue convencer a todos de su honradez intelectual y su perpetua renovación aunque no se aparte un milímetro de sus dogmas. Véase, si no, la autocrítica que se dice que la izquierda europea hizo ante el desplome del comunismo hace ya un cuarto de siglo. La izquierda, se dice, renegó de unos regímenes que se habían demostrado económicamente ineficaces, socialmente injustos, opresores de las libertades de los ciudadanos e incalculablemente criminales. Cuando a la terca izquierda occidental no le quedó otro remedio que admitirlo, simuló hacer autocrítica y sentenció que aquello no era socialismo, sino fascismo. Pues de la izquierda nada malo puede surgir.

Otra manifestación de esta técnica de camuflaje es la fascistización de aquella variante izquierdista que merezca ser condenada por sus métodos –nunca por sus fines–. En los últimos años ha pasado a engrosar las listas de las organizaciones fascistas nada menos que Esquerra Republicana de Catalunya, no sufriendo muchos izquierdistas el menor sonrojo al definir dicho partido como extrema derecha catalana. Aunque el ejemplo más claro es el de ETA-Batasuna, pues tan izquierdista organización –cuyos objetivos estratégicos son, según sus propias palabras, Independencia y Socialismo– es, sin embargo, calificada de fascista por todo tipo de izquierdistas.

Dado tan brillante currículo, la izquierda puede presumir eternamente de sí misma; la derecha debe ocultarse. La izquierda puede utilizar la palabra derecha (o sus variantes, como «la derechona») como insulto; la derecha no sólo ha de utilizar siempre la palabra izquierda con respeto, sino que hasta debe ocultar su derechismo camuflándolo como centrorreformismo y otros artificios palabreros.

La verdad es que la izquierda contiene demasiadas ventajas como para no sumarse a ella, incluidas, lo acaba de recordar Garzón, el altruismo y la honradez, virtudes morales que adornan a las personas por el mero hecho de ser izquierdistas. Por eso yo quiero serlo. ¿Qué hay que hacer?

Fuente: elmanifiesto.com

Pandillas

miércoles, noviembre 20, 2019 0
Pandillas

Oculta, como también a los márgenes de las protestas y sus legítimas razones, se ha desencadenado una forma de conducción grupal perjudicial para toda democracia, la convivencia cívica y la República, y este no es más que la figura de la pandilla. Pequeñas -pero destructivas-, vanidosas, soberbias y dotadas de fanatismo, parasitan las luchas de sus conciudadanos para estrenar su flujo de energía disgregador el cual termina por opacar las razones el esfuerzo ciudadano por un mejor país.

Esta inclinación y forma de actuar no ve más que el triunfo por el medio que sea y posee una sed infinita que se alimenta de la derrota, la venganza y el resentimiento. Esto es lo que el filósofo Albert Camus en El hombre rebelde acuñó como la moral de la pandilla. Esta moral, habitual en el comportamiento de los fascistas, clama por una definición del individuo en términos de su enemigo y, fundamentalmente, en la acción combativa y encarnizada por destruir a quienes considera oponentes.

“Estas actitudes disfrazadas de justa indignación para desencadenar la violencia no sólo son profundamente antidemocráticas sino también anti-humanistas.”

Estas actitudes disfrazadas de justa indignación para desencadenar la violencia no sólo son profundamente antidemocráticas sino también anti-humanistas. El humanismo, como resumió Steven Pinker, fue un movimiento intelectual de enorme impacto político y filosófico para el progreso de nuestra sociedad civilizada debido a que “privilegia el bienestar de hombres, mujeres y niños individuales por encima de la gloria de la tribu, la raza o la nación”. Es en la singularidad del individuo y su derecho a discrepar, diferenciarse y manifestarse donde se hallan los fundamentos de la libertad humana. La pandilla, intransigente a cualquier conducta contraria a la tiranía de sus formas, sería capaz hasta de destruir la propiedad o la vida de un individuo. Ya hemos visto en Chile cómo intentan despedazar vehículos porque los conductores no se someten al ritmo carnavalesco de su imposición brutal.

La pandilla, en su modalidad de masa agresiva, termina por potenciar lo que el psicólogo Jonathan Haidt llama la política de identidad del enemigo común. Esta no es más que una regresión psíquica a un estadio tribal en la que el conflicto, en su mayoría violento, termina por predominar en su lógica interna. Esta visión es contraria a una política de identidad de la humanidad en común la cual tiene por principio humanizar a los adversarios y apelar a la dignidad de estos y, por consecuencia, la presión política que se ejerce se manifiesta en estándares civilizados.

Estas pequeñas masas, perjudiciales para el debate cívico y la democracia, son boyas a la deriva como las describió José Ortega y Gasset, compuestas de hombres con ideas dentro de sí, pero sin la capacidad de idear. Quieren opinar, pero no asumir las implicancias de la deliberación donde la contraargumentación es lo normal. Las pandillas se conforman de individuos que ni quieren tener la razón y tampoco darla, es simplemente la imposición de sus opiniones.

Es por ello por lo que el ejercicio de una sociedad civil pujante, pacífica, la cual cree en la libertad se ve impedida de su acción legítima en la misma medida que imperan los pandilleros exigiendo sus reclamos por medio de los desmanes y la destrucción. No es de extrañar, en la propia dinámica contradictoria de las masas coléricas, que en la búsqueda de un pan que escasea el medio que terminan empleando para conseguirlo es “la destrucción de las panaderías”, usando un ejemplo de Gasset.

Es por ello por lo que un orden político no es cualquier orden. Para implementarlo se necesita el reconocimiento de la libertad debido a que la política requiere de la tolerancia de verdades divergentes, como diría Bernard Crick. No hay nada más antipolítico que la moral de la pandilla, y en la medida en que estemos dispuestos a desplazarlas con valentía del epicentro de las protestas y reclamos ciudadanos por un mejor país, es en esa medida que lograremos rescatar la paz y conseguir las soluciones responsables a los problemas que nos aquejan.

En medio del acuerdo por la paz y una nueva constitución establecido entre el gobierno y la oposición, nuestra función ciudadana es promover el comportamiento civilizado y el urgente aislamiento de la pandilla y su moral, ambas dañinas para la república.

Autor:  Eugenio Guerrero
Fuente: fppchile.org

Un fantasma recorre Chile

miércoles, noviembre 20, 2019 0
Un fantasma recorre Chile

Parece ser que en Chile hemos fallado en enseñar y promover lo que es la democracia en sentido estricto, y que no es otra cosa que la vindicación de la capacidad individual del libre examen sin depender de nuestra pertenencia a un grupo determinado. En otras palabras, la democracia se basa en la defensa de la facultad que tiene cada persona para evaluar y juzgar, sin importar si sus posturas son mayoritarias o minoritarias. De ahí, de esa expresión máxima de autonomía, proviene la fórmula un hombre un voto, que es el elemento esencial para equilibrar la pluralidad de opiniones que, con todos sus matices, existe en una sociedad. En estos días turbulentos se ha visto una dinámica contraria a esa autonomía.

Si bien se ve la expresión ciudadana en las manifestaciones y quizás en algunos cabildos, lo que se ve como predominante es una distorsionada noción de lo democrático que se expresa de diversas maneras, pero donde todas esconden conductas más propias de las manadas que de altos espíritus democráticos. El vandalismo anómico, apreciable en todas las marchas, no solo es ejercido por el lumpen, sino también por sujetos que, sin ser excluidos, claramente presentan conductas anómicas que se traducen en un desdén casi total.

Lo increíble es que esos sujetos, de temperamentos de delicada moralidad, se presumen los demócratas por excelencia. En cierto modo son el producto de una creciente distorsión de la democracia que, como muy bien describió Ortega y Gasset, da paso a la llamada democracia morbosa. No es raro que sean esos sujetos los que, en medio de la engañosa algarabía de la muchedumbre, procedan a amenazar o golpear a quienes se niegan al chantaje de mover sus cuerpos, para poder pasar, al ritmo de los cánticos de la multitud. La prensa, miope, ha descrito esto como algo más bien festivo y simpático. Pero en realidad refleja claramente el fantasma que recorre Chile: no es más democracia ni libertad ni igualdad, sino una distorsión de esta, y que podría dar paso a un colectivismo brutal.

“El fantasma que recorre Chile: no es más democracia ni libertad ni igualdad, sino una distorsión de esta, y que podría dar paso a un colectivismo brutal”.

En nombre de la democracia se comienzan a derrumbar sutilmente sus fundamentos más esenciales, que son de índole simbólica y ética. La argumentación, basada en la comprensión de la importancia de la autonomía individual, pierde sentido frente a la primacía de las más ardientes pasiones y la emocionalidad más radical que se impone a punta de gritos y violencia fuera de todo marco. Entonces, la noción de lo que es democrático se subvierte tras nociones más propias del tribalismo, donde el libre examen, el pluralismo y la autonomía de los individuos son puestas en dudas por una multitud amorfa, donde la mayoría de las veces se esconden los cobardes.

Esa dinámica no es democrática, sino que es propia de la tiranía de la muchedumbre. En ese terreno se impone la moral de las pandillas, el dominio de los más gritones, los más osados, los más agresivos, los peores. De ahí no puede surgir un criterio de justicia sino la burda dominación basada en el desprecio, el rencor y el odio. La muerte paulatina de una democracia se produce cuando la legítima diferencia de opiniones o perspectivas es reemplazada por la imposición y el desprecio contra los disidentes y los herejes, de parte de quienes se presumen como los máximos poseedores de la justicia, la verdad y el bien. Muchos dirán que se exagera al colocar atención a estos fenómenos, pero en función de este tipo de acciones, las sociedades pueden entrar no solo en un espiral del silencio sino también en dinámicas populistas, dictatoriales e incluso totalitarias. En Chile podríamos estar pasando del únete al baile, al únete al baile, obligatoriamente, en nombre del pueblo. Es hora de que los demócratas despierten.

Autor:  Jorge Gómez
Fuente: fppchile.org

domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Qué es el peronismo?

domingo, noviembre 17, 2019 0
¿Qué es el peronismo?

Muchas personas en el mundo se preguntan qué cosa es el peronismo. Nadie ha podido etiquetar bien al peronismo dentro de una categoría específica. Hoy lo voy hacer, lo voy etiquetar de una forma bien específica.

“El peronismo es demagogia y populismo puro. No es izquierda ni es derecha y es ambas cosas a la vez y según la conveniencia. No es nada definido. Es hipocresía en estado puro. El peronismo no tiene una ideología definida. Es pura manipulación de masas a través de un discurso diseñado para influir en las personas de menor formación o facultades intelectuales, únicamente con el objetivo de obtener su voto para alcanzar el poder.”

Esa es la definición de peronismo, por lo tanto, el tema está resuelto.

El peronismo es «el peronismo» esa es la etiqueta correcta, y su significado es el que acabamos de describir unas líneas más arriba.

Si usted se guia por la definición que acabamos de dar, siempre sabrá con exactitud que es el peronismo.

martes, 12 de noviembre de 2019

Liceo N° 7 (de Santiago) versus Grange

martes, noviembre 12, 2019 0
Liceo N° 7 (de Santiago) versus Grange

La Defensora de la Niñez, Patricia Muñoz, en un programa radial realizó un contrafáctico que no dejó indiferente a nadie: «Si lo que pasó en el Liceo 7 hubiera pasado en el Grange, todas las autoridades habrían salido a decir que no es tolerable que un colegio de este país ingrese Carabineros a disparar».

Creo que hacer el contraste entre lo que sucede en un liceo con número de Chile con la realidad de nuestros colegios más acaudalados es un ejercicio retórico acertado que debería hacerse más a menudo. Sin embargo, el contraste ofrecido por la Defensora de la Niñez rezuma más resentimiento que honesta preocupación por los derechos de los niños, mejor hubiera sido preguntarse: ¿Por qué tiene que entrar Carabineros al Liceo N°7 de Santiago y no en el Grange? Con esta interrogante Patricia Muñoz apuntaría a una de las causas de desigualdad entre un colegio como el Grange y un colegio como el Liceo N°7, y, de paso, aprovecharía de proteger otro derecho hace mucho tiempo conculcado a buena parte de los alumnos que estudian en la educación estatal: el derecho a la educación.

En concreto, ¿por qué ingresó Carabineros al Liceo N° 7 de Santiago Teresa Prats de Sarratea (para evitar confusiones)? Porque la directora del establecimiento llamó a la policía uniformada. ¿Por qué Carabineros no ha ingresado al Grange? Porque su rector no ha tenido la necesidad de llamar a la fuerza pública.

¿Cuál es la causa de esta desigualdad? Los colegios privados y subvencionados son dirigidos por autoridades que velan por el cumplimiento de las normas básicas para el funcionamiento de un colegio, en cambio, los colegios municipales, en último término, son dirigidos por políticos cuya prioridad es mantenerse en el poder y, en dicho cálculo electoral, es posible que el derecho a la educación de los niños y jóvenes pase a un segundo plano. Por su parte, los directores de estos liceos, al verse arrinconados por la violencia, pasan por dos etapas: primero una de impotencia (porque su inicial motivación por mejorar la educación pública se ve frustrada por la anomia) para terminar en una etapa de incompetencia (cuando se dan cuenta que mientras menos hagan por combatir la violencia, más posibilidades tienen de permanecer en sus cargos). La directora del Liceo N° 7 —elegida mediante concurso por Alta Dirección Pública— se encuentra en el tránsito a la segunda etapa al ver que su tardía reacción de hacer cumplir la ley por medio de la fuerza pública ha tenido más costos que beneficios.

Como resulta evidente, en este escrito no generalizo a toda la educación estatal, la cual, por fortuna, no vive las miserias de colegios como el Liceo N°7 de Santiago, el Instituto Nacional y el INBA, aunque siempre corre el riesgo de pasar a un segundo plano si poner orden en las salas le quita votos al alcalde de turno. A su vez, debo destacar que ha habido casos de directores de liceos públicos en crisis que han dado la pelea y se han comportado como verdaderas autoridades, como es el caso del ex rector del Instituto Nacional Jorge Toro, pero su actuar ha sido imposibilitado por sus siempre políticos superiores de la Municipalidad de Santiago y obstaculizado por los cada vez más políticos Tribunales de Justicia.

Con todo, debo reconocer un acierto en el contrafáctico de la Defensora de la Niñez: hay ciertos hechos que la clase política tolera en establecimientos públicos —tomas, paros, inasistencia de profesores, venta de drogas, etc.— que no toleraría un director de colegio privado o subvencionado o un político en calidad de apoderado de establecimiento privado (la regla general en Chile). Esta letal mezcla de clasismo con manifiesto incumplimiento de deberes conspira contra el común deseo de una educación pública y de calidad. El problema no está en el Grange, el problema está en la clase política.

Autor: Juan. L Lagos
Fuente: fppchile.org

El infame muro fue derribado hace 30 años. Por Carlos Alberto Montaner.

martes, noviembre 12, 2019 0
El infame muro fue derribado hace 30 años. Por Carlos Alberto Montaner.

El 9 de noviembre de 1989 comenzó el derribo del Muro de Berlín y la desaparición del comunismo en Europa. Hace 30 años de ese extraordinario episodio. Lo recuerdo como los días más felices de mi vida.

Es imborrable la imagen de esos jóvenes jubilosos pulverizando a golpes de mandarria la pared que les impedía acceder a un futuro luminoso labrado con su propio esfuerzo. La libertad era eso: poder luchar por un mejor destino sin un Estado que decidiera en nuestro lugar, sin un Partido que escogiera nuestras opciones, sin los ojos permanentes de la policía política posados en nuestra nuca.

¿Qué hubiera pasado si Gorbachov invoca la “Doctrina Brezhnev” y lanza los tanques del “Pacto de Varsovia” sobre los manifestantes y asesina a 10,000 berlineses? Nada. No hubiera pasado nada. Fue lo que hicieron los camaradas reformistas chinos ese mismo año de 1989 en Tiananmen. Mataron a millares de disidentes y “la primavera china” se secó inmediatamente. Si Gorbachov recurre a la violencia el comunismo seguiría imperando en la URSS y en el Este de Europa.

¿Por qué Gorbachov no lo hizo? En primer lugar, por razones psicológicas. Gorbachov no era un hombre sanguinario. Me contó su principal ideólogo, Alexander Yakovlev, que ellos rechazaban la violencia. Eran comunistas y patriotas, pero no asesinos. Además, pensaban que había que “liberar a Rusia del peso de la URSS” y eso se podía hacer sin coacciones ni represalias.

Sólo el costo de mantener a flote el satélite cubano le había significado a la tesorería moscovita más de 60,000 millones de rublos a lo largo de los años, sin contar los equipos militares, la misma cifra que tenían de déficit el año en que fue disuelta la URSS. Y encima, Fidel Castro, además de lo que le costaba a la Unión Soviética, no cesaba de conquistar países absolutamente improductivos que colgaba insensiblemente del presupuesto de Moscú: Nicaragua, Angola y Etiopía, mientras intrigaba contra la “perestroika” y el “glasnost” y aplaudía la presencia militar soviética en Afganistán. Aquello era intolerable.

Gorbachov quería transformar a Rusia en una nación realmente desarrollada, próspera y libre, pero sin propiedad privada de los medios de producción, regida por un sistema planificado, de acuerdo con el proyecto colectivista marxista.

Abandonaba, eso sí, el leninismo, por todo lo que tenía de represor, olvidando que Marx había propuesto “la dictadura del proletariado”. De alguna manera, Lenin, y luego su discípulo Stalin, se habían limitado a crear la metodología para implementar ese tipo de dictadura preconizada por el filósofo alemán.

“¿Por qué fracasó Gorbachov?” le pregunté a Yakovlev, lo que también lo incluía a él en el desastroso fin de la perestroika. Se quedó pensando unos instantes mientras miraba a la ventana. Golpeó con su pipa la pata de palo que le había quedado como muestra de su condición de héroe de la Segunda Guerra mundial y, finalmente, me dijo con un dejo melancólico: “porque el comunismo no se adapta a la naturaleza humana”.

Era cierto. Por eso había fracasado en todas las latitudes –germanos, latinos, cristianos de diversas denominaciones, musulmanes, asiáticos–  y con todo tipo de líderes: educados, agraristas, proletarios, locos y cuerdos, precavidos y aventureros. No había excepciones.

En cambio, la superioridad del modelo occidental, la democracia liberal, era evidente. ¿Por qué? Exactamente por lo contrario: era una expresión de la naturaleza humana. La democracia liberal había parido a Corea del Sur. El colectivismo y la planificación, a Corea del Norte.

La democracia liberal admitía la diversa variedad de las personas, lo que entrañaba hábitos, conductas y resultados diferentes, rasgos que provocaban una inevitable estratificación social. Aceptaba el mercado y rechazaba el mundillo concebido por los planificadores. Lejos de rechazar y perseguir a los emprendedores, los aplaudía y encumbraba, porque la mejoría constante del entorno se debía a la competencia, aunque se sabía sin la menor duda, a partir de Joseph Schumpeter, que el mercado se alimentaba de los cadáveres de los más ineficientes.

A 30 años de su desaparición europea, el colectivismo, entreverado con el narcotráfico, regresa por sus fueros y asoma su oreja peluda en algunos países de América Latina. Ya no se trata de crear el paraíso en la tierra, sino el infierno. No prevalecerá. Tampoco se adapta a la naturaleza humana.

Fuente: elblogdemontaner.com

Evo Morales, derrotado por la nación boliviana. Por Carlos Sánchez Berzaín.

martes, noviembre 12, 2019 0
Evo Morales, derrotado por la nación boliviana. Por Carlos Sánchez Berzaín.

El flagrante fraude electoral y los crímenes cometidos por Evo Morales y su régimen activaron la “nación boliviana” luego de más de una década en que el castrochavismo la suplantó con falsificaciones, masacres y delitos, cuando eliminó la República de Bolivia e impuso su estado plurinacional fundado en la confrontación racial. La nación boliviana se activó en cabildos abiertos de los que nació la resistencia civil y jóvenes liderazgos. En casi tres semanas de resistencia civil, Evo Morales es un dictador derrotado por la nación boliviana y solamente sostenido por la intervención castrochavista.

La necesidad de reconocer la nación boliviana nace históricamente en la Guerra del Chaco, a la que los jóvenes de Bolivia procedentes de diversas regiones, culturas, condiciones sociales y económicas concurrieron como una sola fuerza nacional. La Revolución Nacional de 1952 implementó la construcción de la nación boliviana con el voto universal que hace ciudadanos iguales a todos los hombres y mujeres de Bolivia, con la reforma agraria que los hace propietarios y potenciales emprendedores, con la reforma educativa que establece la educación gratuita y obligatoria, y con la reforma del sistema militar para institucionalizar Fuerzas Armadas de la Nación.

El concepto y la existencia de la nación boliviana, mestiza, diversa pero única, se construye y sostiene por medio de la “alianza de clases” y no de la lucha de clases. Se mantiene y desarrolla hasta 2009 en que –con la constitución castrochavista- se suplanta por la “lucha de razas” por medio del reconocimiento de 36 naciones en el territorio de Bolivia y la liquidación de la República con un estado plurinacional. En eso consiste el más grande crimen para destruir la “nación boliviana” y traición a la Patria perpetrados por Evo Morales, entregando Bolivia a la intervención de la transnacional del crimen organizado que en ese momento se presentaba como movimiento bolivariano o socialismo del siglo XXI y que hoy se reconoce como castrochavismo.

Hay que recordar que la liquidación la nación boliviana presentada como una acción autóctona de Evo Morales en su rol de falso indígena, es solo la repetición de la consigna de “multiplicación de los ejes de confrontación” impuesta por el Foro de San Pablo desde su creación, utilizando el “racismo”, el “indigenismo” y el “regionalismo” -en el caso boliviano- como herramientas para destrozar el concepto de “unidad de nación”, facilitar la intervención, terminar la democracia e imponer su sistema dictatorial. En Bolivia, el castrochavismo falsificó y manipuló el indigenismo convirtiéndolo en factor de “lucha”, para desplazar el “indigenismo nacional” que está incorporado como elemento esencial de “alianza” en la construcción y desarrollo de la nación boliviana.

Este apretado resumen histórico de la nación boliviana y su lucha por ser y sobrevivir, demuestra el porqué la resistencia civil contra la dictadura castrochavista de Evo Morales es posible y es exitosa. Se trata de que los bolivianos somos y queremos ser bolivianos, que hemos proclamado y ejercido por varias generaciones el principio de “unidad en la diversidad”, asumiendo nuestra condición de mestizos, nuestras diferencias regionales y culturales como elementos de riqueza para la construcción de una nación común que existe y cuya madurez se demuestra ahora.

Porque hay una nación boliviana la confrontación en Bolivia está planteada entre el régimen y el pueblo de Bolivia, entre Evo Morales y los bolivianos, entre la intervención transnacional castrochavista y la defensa de la Patria. Por eso el símbolo de la libertad y la democracia en Bolivia es la bandera nacional boliviana (rojo, amarillo y verde) y el mensaje de la resistencia civil es el Himno Nacional boliviano (morir antes que esclavos vivir…). Por eso el pedido de renuncia es nacional. Por eso la totalidad de la Policía Boliviana está contra el régimen en una acción denominada motín pero que en verdad es de institucionalidad nacional. Por eso la parte corrompida del alto mando militar de las Fuerzas Armadas de la Nación no ha podido mantener su entreguismo al régimen y se ha neutralizado bajo presión de los militares formados en la doctrina la Nación Boliviana.

Solamente la intervención violenta y criminal del castrochavismo sostiene a Evo Morales, bajo acción directa de Carlos Rafael Zamora alias el gallo que funge como Embajador de Cuba en Bolivia. Pero el dictador está derrotado, el enemigo identificado y la nación boliviana unida y movilizada.

Fuente: carlossanchezberzain.com

viernes, 8 de noviembre de 2019

Hablemos de lucha de clases (II)

viernes, noviembre 08, 2019 0
Hablemos de lucha de clases (II)

La espuma de los días

Hotel Hilton de Beverly Hills, 8 de enero 2017. Entrega de los Golden Globe Awards de cine y televisión. Un selecto público de engalanados millonarios –a la sazón, la élite de la industria de Hollywood–aplaude a rabiar una encendida perorata contra Donald Trump. Al día siguiente, los millonarios son ensalzados como “la Resistencia” frente al inoportuno gañán elegido por el pueblo americano.

Mediterráneo central, agosto de 2019. Una millonaria estrella de Hollywood desvía el rumbo de su yate y sube al barco de una ONG –fletado con el dinero de otro millonario– para repartir limosnas entre un grupo de africanos. La estrella recrimina a Italia, país que había recibido 150 000 africanos durante los meses anteriores, no querer hacer sitio para algunos más. A continuación, la estrella se marcha a una de sus mansiones de 300 metros cuadrados.

Octubre 2017. Una gran estrella de cine entra como accionista en una macroempresa de productos vegetarianos y anima a la humanidad a no comer carne. El veganismo es cool. Por si hubiera dudas ya lo decían los sabios de la ONU: “está ampliamente aceptado que los insectos proporcionan nutrientes comparables a la carne y el pescado". Otra estrella de Hollywood se retrata comiendo arañas. Mensajes subliminales: los pobres deberían dejar de comer carne. Si además comen insectos, eso les hará mejores personas.[1]

París, noviembre 2018. Alegando razones ecológicas, el gobierno de Macron anuncia una subida de los precios del diésel. La medida afecta a las clases más humildes que dependen del coche, al tiempo que exime a los sectores más contaminantes y con grandes beneficios (fábricas, camiones, empresas, yates, cruceros). El malestar se extiende y enlaza con otras protestas: pérdida del poder adquisitivo, sentimiento de abandono de las zonas rurales, rechazo al Pacto Mundial de Migración de la ONU. Estalla la revuelta de los chalecos amarillos.

Madrid, noviembre 2018. El ayuntamiento reserva el centro de la ciudad a los coches de los allí residentes y prohíbe el acceso a los demás coches. Consecuencia: los coches de los pobres se hacinarán y contaminarán en las afueras, mientras el centro gentrificado podrá respirar un aire más puro. “Vota bonito”, dirá en su propaganda la izquierda cool promotora del invento.

Septiembre 2019. Una niña sueca promocionada por un lobby millonario acude a la ONU a dar un discurso contra el cambio climático. Lo hace en un velero deportivo propiedad del Príncipe de Mónaco, patrocinada por la BMW y por un banco implicado en paraísos fiscales. La izquierda cool aplaude el discurso.

Estos episodios elegidos al azar –más o menos relevantes, más o menos chuscos– nos dejan una vaga impresión: aquí hay alguien que se ríe de alguien. ¿Se ríen acaso de nosotros?

Todos ellos nos remiten a una categoría de fondo: al sesgo profundamente clasista del conglomerado ideológico imperante.

Parece lógico por lo tanto interpretarlos desde un enfoque de clase.

La neoaristocracia y sus cortesanos

Un huracán de cruzadas purificadoras recorre el mundo: el ecologismo, el antiespecismo, el animalismo, el veganismo, el antirracismo...

Un huracán de cruzadas purificadoras recorre el mundo: el ecologismo, el antiespecismo, el animalismo, el veganismo, el antirracismo, el neofeminismo, el anticolonialismo, las luchas “interseccionales”. Basadas en la superioridad moral de la izquierda, jaleadas por las estrellas de cine, exaltadas en la publicidad de las grandes empresas, las nuevas ideologías burguesas permiten imponer políticas migratorias a los pueblos, permiten favorecer nuevos procesos de acumulación capitalista –las corporaciones “verdes” lo son–, permiten continuar con la gentrificación de las grandes metrópolis, permiten expulsar al extrarradio a las clases medias en decadencia, permiten demonizar a los votantes “populistas” (los “desdentados” según Francois Hollande, los “deplorables” según Hillary Clinton). En suma: permiten seguir avanzando la agenda de la mundialización.

Si nos fijamos en los episodios anteriores –especialmente en los más anecdóticos y estúpidos– observamos que se ajustan como un guante a esas agendas regadas por flujos de dinero, por oligarquías financieras y por capitales especulativos. Para impulsarlas, la neoaristocracia transnacional dispone de varios tipos de cortesanos. Destacamos los siguientes:

Los cortesanos-expertos: managers y androides burocráticos incardinados en las instituciones estatales y globales (muy especialmente en las Naciones Unidas y sus Agencias) con el encargo de implementar la hoja de ruta de sus amos.[2]

Los cortesanos-sicofantes: agentes de comunicación y jerarcas académicos encargados de delatar, marginar y estigmatizar a los elementos incómodos para la aristocracia transnacional.   

Los cortesanos-payasos: miembros del circo mediático-espectacular que cumplen la función de esparcir la moralina del sistema.

Son los rostros de una nueva lucha de clases. Los voceros de la ideología mundialista.

Ideología, falsa conciencia y corrección política

Desde que Karl Marx teorizó sobre el concepto de “ideología”, esta palabra adquirió una connotación peyorativa. “Las ideas de la clase dominante –dice Marx en un famoso pasaje de La ideología alemana– son en cada época las ideas dominantes”. La contundencia a la hora de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es un rasgo emblemático del filósofo de Treveris. Pero eso no debe llevarnos a engaño. Su desarrollo del concepto de ideología es complejo, equívoco y cambiante en el tiempo. No obstante sus seguidores lo interpretaron casi siempre en el mismo sentido: debemos levantar el “velo de maya” de las mistificaciones ideológicas y descubrir la relación de clase que se encuentra al fondo.

No entraremos en el debate sobre el pretendido carácter científico del marxismo y de su crítica a la ideología –que suele asimilarse a la denuncia de la “falsa conciencia”–.[3] Pero sí pensamos que esa denuncia puede ser ocasionalmente un instrumento útil. Por ejemplo: a la hora de deconstruir el hiperhumanismo utópico, moralizante y progresista que constituye, hoy por hoy, la banda sonora de la globalización. Veamos.

Conocida es la crítica que el marxismo hace de la religión como “opio del pueblo”. Pero si observamos las manifestaciones habituales de las ideologías posmodernistas –sus formas maniqueas, dogmáticas y lacrimógenas– observamos que todas ellas vehiculan una sensibilidad pararreligiosa, un pseudocristianismo de nuevo cuño que, vaciado de cualquier contenido trascendente, se enfanga en un moralismo histérico con ansias de purificar el mundo. A toda esta morralla intelectual –que de forma injusta suele calificarse como “marxismo cultural”– cabría aplicarle el método riguroso del marxismo más clásico, y denunciarla como formas históricamente determinadas de falsa conciencia necesaria. Necesaria para el capitalismo neoliberal en cuanto destinadas a tapar sus miserias. La corrección política es una forma de falsa conciencia encaminada a disimular una relación de clase.[4]

¿Qué decir a todo esto desde la crítica marxiana a la ideología?

Si atendemos al Marx más maduro –al Marx de El Capital–, la ideología no es una falacia o algo contrario a “la verdad”. Para Marx la ideología es una proyección ideal, es la proyección ideal que un mundo histórico tiene de sí mismo para sí mismo. En ese sentido toda ideología es “verdadera”, en cuanto responde a una noción de “verdad” que es la propia de ese mundo histórico. Ahora bien, ¿cuál es “la verdad” del capitalismo absoluto? Ésta no es otra que el hecho de que todo –absolutamente todo– es susceptible de convertirse en mercancía. Evidentemente, la narrativa del capitalismo no se presenta así. Al centrarse únicamente en la forma en la que las relaciones económicas aparecen en la superficie –libertad, igualdad, propiedad, derechos humanos– la ideología disimula las contradicciones internas del sistema. De esta manera “la ideología burguesa de la libertad y la igualdad (añadamos: del antirracismo, de la lucha contra el heteropatriarcado, de la erradicación de los micromachismos, de la emancipación de los transexuales de género fluido no binario, etcétera) disimula lo que está debajo de la superficie de los procesos de intercambio mercantil, donde estas igualdades y libertades aparentes desaparecen y demuestran ser en realidad desigualdades y falta de libertad”.[5] Y aquí llegamos al meollo del enfoque marxiano.

El problema –nos viene a decir Marx en su crítica de la ideología– no es que todas esas representaciones ideológicas estén equivocadas, sino que son la consecuencia de contradicciones reales y materiales. Las distorsiones ideológicas no pueden ser vencidas únicamente gracias a la mera crítica, sino que solamente desaparecerán cuando las contradicciones que estén en la base se resuelvan. Hasta que no llegue ese momento las distorsiones ideológicas seguirán encubriendo dichas contradicciones y contribuyendo a su reproducción, en beneficio de la clase dominante.[6] O dicho en otros términos: la crítica en la superestructura no nos exime de actuar también sobre la estructura.

Sobre la estructura, en este caso, de un capitalismo ajeno a cualquier idea de límite.

La filosofía espontánea del capitalismo

Repitamos la pregunta: ¿cuál es la verdad del capitalismo? Su verdad última es que todo es economía y no hay salvación más allá de la economía. La “economía” es por lo tanto el mensaje positivo que capitalismo tiene que comunicar al mundo.[7] Este mensaje positivo se complementa con el mensaje negativo del nihilismo, que nos dice que nada tiene sentido en los planos filosófico, ontológico, etcétera. Pero para que pueda funcionar, la cosa necesita su marchamo académico. Por eso –como explica Constanzo Preve– “el clero universitario de las facultades de filosofía tiene la función de celebrar directamente la negatividad del mundo social que nutre a las oligarquías, lo que es un complemento perfecto al “reverso” de las facultades de economía, que celebran la positividad del mundo”. Una prueba más del vínculo orgánico entre el capitalismo y el nihilismo.

La deconstrucción, la French Theory y los “estudios de género” no son sino formas de “falsa conciencia” del capitalismo.  “El propósito funcional de este recital de negatividad filosófica –explica Preve– es argumentar que el Ser del que habla la economía en realidad es una Nada, pero que esta Nada es insuperable, infranqueable y transformable, por lo que debemos aceptarla como Destino. Fin de las ilusiones, fin de las grandes narrativas, consumación de la metafísica y la ontología, etc.”.[8] Los estudios de género y los MBAs de las escuelas de negocio corroboran una misma visión del mundo: la del carácter ilimitado del intercambio económico, la de que no hay restricción ética que valga –empezando por la familia tradicional, por el sexo, la paternidad y la filiación– al reino del libre mercado y a la generación de valor añadido. La última deposición en teoría queer es un maridaje perfecto para el último best seller sobre inversión en bolsa a adquirir en cualquier aeropuerto.

Vemos entonces que el viejo (y desacreditado) enfoque topológico marxiano estructura/superestructura tampoco andaba tan descaminado. Por eso resulta enternecedor ver a los probos “liberal-conservadores” criticar los delirios postmodernistas como desviaciones o sarpullidos en el cuerpo –por lo demás “sano”– del liberalismo, la sociedad abierta, etcétera.  Lo que no quieren reconocer es que ese nihilismo no es más que “la filosofía espontánea del capitalismo” (Constanzo Preve). O dicho de otra forma: el nihilismo es el liberalismo devorándose a sí mismo. Por eso, quien quiera más liberalismo, pero sin nihilismo ni relativismo es –retomando una vez más a Preve– como “un estúpido a quien le gustaría tener un hígado sano, pero que bebe, no obstante, litros de alcohol todos los días”.[9]

Una descomunal ingratitud histórica

El mito de la clase media había permitido, hasta ahora, diluir los antagonismos de clase en un “todo” conciliador. En su época de mayor esplendor, este comodín sociológico se nutría del “ascensor social” del Estado de bienestar. Sin embargo, esas clases medias nacionales están desapareciendo  –si no lo han hecho ya del todo–. ¿Qué tenemos en su lugar? ­

Lo que tenemos es la polarización entre una masa creciente de trabajo flexible y precario, por un lado, y por otro lado esa clase media globalizada a la que ya nos hemos referido y que poco tiene que ver con las viejas clases medias nacionales. En el seno de esa clase media global crece y prospera –camuflando su carácter de nueva clase dominante– la “burguesía bohemia” (bobós) a la que Christophe Guilluy se refiere en sus trabajos.”[10] La vieja burguesía conservadora y pacata (ridiculizada antaño por la literatura y las vanguardias) ha sido sustituida por esa neoburguesía cool heredera de la revolución de 1968. Una revolución ­–no lo olvidemos– protagonizada por hijos de papá de clase acomodada.

Junto a la neoburguesía encontramos al neoproletariado. Este neoproletariado no es la vieja “clase obrera” menguada por la desindustrialización y por la expansión del sector terciario, sino que consiste en un conjunto heteróclito de obreros, sí, pero también de empleados, campesinos, parados, poblaciones periféricas apartadas de los circuitos de la globalización, antiguas clases medias en declive y, de manera muy especial, de toda esa masa informe y de futuro incierto conocida con el nombre de “precariado”.[11]

Una mención aparte merece la inmigración. Ésta funciona de facto como un “ejército de reserva” del capitalismo. Lejos de tratarse de un fenómeno totalmente espontáneo, la inmigración fue impulsada por las patronales europeas a partir de los años 70. Desde entonces los inmigrantes extraeuropeos no han cesado de crecer y de formar sociedades paralelas en los barrios metropolitanos. Los inmigrantes componen hoy, junto a los bobós de los barrios gentrificados, el modelo social de la globalización occidental, la pinza entre cuyas tenazas se encuentra la decadente clase media.[12]

Por primera vez en muchas décadas, todo conduce a pensar que gran parte de las próximas generaciones vivirán peor que lo hacían sus padres. Nos encontramos ante el fin de las viejas clases medias occidentales. ¿O tal vez ante su masacre?

El fin de la clase media en occidente puede leerse también como la crónica de una descomunal ingratitud histórica. Si meditamos sobre las causas profundas de la derrota final del comunismo, vemos que la razón estructural de fondo ha sido, como señala Constanzo Preve, la adhesión al capitalismo de las viejas clases medias nacionales, y ello a través de un movimiento de conservación en Occidente (Europa y América) y de un movimiento de restauración en Oriente (bloque soviético). Pero concluida la guerra fría y entronizado el capitalismo sin competidor posible, “las oligarquías financieras recompensaron a las clases medias con la destrucción de su perfil social y cultural, que se basaba en la familia monógama estable y, sobre todo, en un trabajo estable seguro y duradero. Al final de su largo servicio al sistema en el siglo XX, los miembros de estas clases fueron recompensadas con un trabajo flexible, precario y temporal, con el fin de las perspectivas de promoción social para sus hijos y con un individualismo de consumo totalmente anónimo y post-familiar”.[13] Por decirlo en términos trotskistas, la clase media fue arrojada al basurero de la historia.

¿Cómo resumir tres décadas de neoliberalismo en una sola frase? La religión positiva de la economía se alió con la religión negativa del nihilismo para triturar al “pequeño pueblo”. Al pequeño pueblo denostado y ridiculizado que, de forma creciente en muchas partes de Europa y América, encuentra su refugio en el llamado “populismo”.

¿Qué hacemos con Marx?

Decíamos arriba que la capacidad de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es el rasgo más emblemático del pensamiento de Marx. Pero esta cualidad no tiene por qué quedar reservada a los autoproclamados “marxistas”. Desde una perspectiva “de derechas” este enfoque material puede ser también muy saludable, sobre todo para no extraviarse en jeremiadas espiritualistas (tipo “la crisis de valores”, “el olvido de nuestras raíces cristianas” y cosas parecidas) al observar la crisis de la civilización occidental. La sobriedad del enfoque marxiano nos obliga a mirar de frente a las bases materiales del posmodernismo y del nihilismo: la financiarización del capital, la globalización de la economía y la extensión del dominio de la mercancía. No se trata –ni mucho menos– de una revelación “científica” ante la que caer de rodillas, pero sí de un ángulo de interpretación a tener seriamente en cuenta.[14]

¿Cuál será la reacción previsible de un “antimarxista” pavloviano al leer esto? Seguramente la de revolverse contra el esquema “estructura/superestructura”, o la de deplorar el supuesto “materialismo” de la vulgata marxista. Pero como ocurre con todos los clásicos, Marx admite múltiples lecturas (y no todas encajan en el corpus del “marxismo”). El Marx que aquí nos interesa es el de las ideas con mayor calado antropológico: la alienación, la teoría del valor, el fetichismo de la mercancía…

¿Qué hacemos con Marx? Ante todo liberarlo del marxismo. Así se titulaba en 2004 un dosier de la revista Éléments, órgano de expresión de la llamada “Nueva derecha” francesa. Esta corriente de ideas se revelaba con ello, una vez más, como un preciso sismógrafo de los debates por venir.[15] Se recordaba en aquellos textos que, al situar en el centro de su reflexión el concepto de “alienación”, Marx identificaba lo que constituye el drama central de la modernidad. 

¡Todos somos migrantes!

La alienación hunde sus raíces –señalaba Heidegger–  en la ausencia de patria del hombre moderno. Por eso el filósofo de Friburgo, en su Carta sobre el humanismo, afirmaba que, al referirse a la experiencia de la alienación, Marx alcanza una dimensión esencial de la historia y por eso la concepción marxista de la historia es superior a las otras concepciones de la historia. “Un diálogo productivo con el marxismo –concluía Heidegger– es una de las tareas de la historia por venir”.[16]

¿Alienación? Marx no creó este concepto –que se encuentra ya en Rousseau, Hegel y Feuerbach–, pero sí teorizó el papel alienante de la forma-Capital. Conviene aquí hacer una precisión importante, y es que no es lo mismo alienación que explotación. “La alienación –señala Alain de Benoist– en un concepto moderno y vinculado al desarrollo del capitalismo y no puede ser confundido con formas más antiguas de injusticia o explotación. La alienación sólo tiene sentido una vez que aparece un estado social donde los hombres son declarados formalmente iguales, pero al mismo tiempo son despojados de su propio ser”.[17] La diferencia está clara si reparamos en el hecho de que en el capitalismo “solo algunos son explotados, mientras que todos están alienados en diversos grados”.[18] ¿Cómo y cuándo se produce ese tránsito de la explotación a la alienación?

La forma de producción capitalista introduce una novedad: la soledad radical del individuo, su “extirpación dolorosa” (Constanzo Preve) de las comunidades anteriores de pertenencia. Algo que, si bien no era totalmente evidente en los siglos XIX y parte del XX –cuando el capitalismo aún se veía obligado a convivir/transigir con formas de socialización pre-modernas (familias, clanes, naciones, culturas, religiones)– sí lo es en la presente era del capitalismo absoluto. En su primer esbozo de la crítica de la economía política –señala el filósofo marxiano Denis Collin– “Marx describe el poder del dinero como alienación de la actividad humana. El hombre se prosterna ante la creación de su propio espíritu, de su propia actividad”.[19] El poder del dinero y la monetización de los aspectos más recónditos de la personalidad humana han barrido todo lo demás. No en vano hemos pasado del “libre mercado” a la “economía de mercado” y de ahí a la “sociedad de mercado”.[20] La sociedad ha sido absorbida por el mercado y el mercado ha colonizado hasta la constitución biológica del ser humano. La teoría de género, el trans-humanismo y la exaltación del desarraigo son las puntas de lanza de esa desposesión del Ser del hombre. El hombre como “tabla rasa” listo para cualquier prótesis identitaria. No tiene nada de extraño que el “migrante” se eleve a gran arquetipo de nuestro tiempo. ¡Todos somos migrantes! aúllan los altavoces del sistema. El objetivo final, como señala el filósofo italiano Diego Fusaro, “no es hacer que los inmigrantes sean como nosotros, sino hacer que nosotros seamos como ellos: sin derechos, desarraigados, con salarios de miseria”. Es el “hombre sin patria” del que hablaba Heidegger. El hombre al que se le ha privado no ya de sus medios de subsistencia, sino de también de su identidad. Con él la alienación completa su ciclo.

“Para aquél que nada tiene, la patria es su único bien”; ésa es una frase que normalmente se atribuye al líder socialista francés Jean Jaurès. En otra ocasión el líder socialista decía: “un poco de internacionalismo aleja de la patria, mucho internacionalismo nos acerca a ella. Un poco de patriotismo nos aleja de la Internacional, mucho patriotismo nos acerca a ella”.[21]

El internacionalismo es algo diferente del cosmopolitismo y es justo lo contrario de la mundialización. En una hora en la que las naciones sufren el doble envite de la mundialización y de los procesos de disgregación interna, el combate por la patria –por todas las patrias– es, hoy más que nunca, una forma principal de la lucha de clases.

(Continuará.)

[1] Cristián Campos, “Comer insectos te hace mejor persona”. Artículo en El Español 14-8-2019

https://www.elespanol.com/opinion/columnas/20190814/comer-insectos-hace-mejor-persona/421337867_13.html

[2] Estas elites forman parte de la “Nueva clase” que describía Christopher Lasch, o la “Élite de expertos” (managerial elite) que describía el politólogo americano Samuel T. Francis. Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy. W.W. Norton and Company 1996. Samuel T. Francis, Leviathan and Its Enemies. Mass Organisation and Managerial Power in Twentieth-Century America. Washington Summit Publishers 2016.

[3] Como apunta el filósofo Terry Eagleton en su estudio crítico sobre el concepto de ideología “Si todo el pensamiento está socialmente determinado, también debe estarlo el marxismo, en cuyo caso ¿qué sucede con sus pretensiones de objetividad científica?” Terry Eagleton, Ideología, Editorial Paidós 2019, p. 143). Decía a este respecto Constanzo Preve que es una pena que el marxismo no se haya aplicado a sí mismo el método crítico que recomienda para los demás. Por lo demás, baste apuntar que – como señala Terry Eagleton – Marx nunca utilizó la expresión “falsa conciencia”.

Una dificultad recurrente al manejar la obra de Marx es la necesidad constante de deslindarla de las adiciones posteriores del marxismo.

[4] De “neocristianismo cátaro” califica el filósofo Carlos Javier Blanco Martin a esta sensibilidad para-religiosa, en su introducción a la recopilación de textos de Constanzo Preve: De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019. “Una religión de la fraternidad universal, un hipermoralismo degenerado en el que van cayendo, como por acción gravitatoria, toda una serie de “ismos” que, en lo más profundo, contradicen la raíz comunitarista del pensamiento de Marx, pues son “ismos” tan reaccionarios como el propio neoliberalismo y parecen ser, más bien, retoños o subproductos suyos” (…) En la España actual, “desprovisto ya de toda referencia a Marx y pletórico de ideología de género, maurofilia, mundialismo y demás, el engendro se llama “Podemos””. Obra citada, pp. 18-20. 

[5] Laurence Harris, V.G.Kiernan, Ralph Miliband, A Dictionary of Marxist Thought, edited by Tom Bottomore. Blackwell Publishing 2003, p. 249.

[6] Laurence Harris, V.G. Kiernan, Ralph Miliband, Obra citada, pp. 248-249.

[7] No en vano la obra máxima de Marx no se presenta como una crítica del “Capital”, ni como el intento de construir una economía política “alternativa” o “socialista”, sino como una “Crítica de la economía política”. De lo que se trata, por tanto, es de superar el primado de la economía y el fetichismo de la mercancía. 

[8] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, pp. 95-96.

[9] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 154.

Esta ceguera voluntaria de los liberal-conservadores sobre las consecuencias últimas de la cosmovisión liberal corre paralela a la ceguera de la izquierda que – como señala Jean-Claude Michéa– “niega las consecuencias del modelo de Adam Smith, mientras recibe sus presuposiciones filosóficas y antropológicas” (Jean-Claude Michéa, Impasse Adam Smith, Flammarion 2006).

[10] « Christophe Guilluy dit tout ». Entretien avec Francois Bousquet et Patrick Péhele. Éléments pour la civilisation européenne nº 165, avril mai-2017, p.8.  Según Guilluy, los burgueses-bohemios no se caracterizan de entrada por un nivel de ingresos exacerbado, sino por encontrarse “integrados o conectados a la economía mundializada, trabajando de forma deslocalizada, en el sector terciario, en profesiones intelectuales y empleos cualificados”

[11] Refiriéndose a la desaparición de la “clase obrera” en Francia, el sociólogo marxista Michel Clouscard habla de una “estrategia de tierra quemada” y de una “depuración productiva” para reducir físicamente a la clase obrera – el enemigo de clase real o potencial – a través de la desaparición de sectores enteros de la actividad productiva: metalurgia, minas, textiles, artesanos, trabajadores independientes, pequeños patrones. Es “la eliminación del adversario por la supresión de sus profesiones, sus formas de existencia, su ambiente” con el objetivo de “transformarlo en una fuerza productiva totalmente dependiente, enteramente sumisa a los imperativos financieros y bancarios de una economía mundializada”.  Michel Clouscard, Les Métamorphoses de la lutte de classes. Le Temps des Cerises 1996, p. 23.

[12] Marx aborda la cuestión del “ejército industrial de reserva” en la sección VII del libro I de El Capital. En este texto señalaba que la propia economía de mercado genera automáticamente un “ejército industrial de reserva”, que se compone de “sobrepoblación fluctuante” (los despedidos), “sobrepoblación estancada” (los trabajadores  temporales) y “sobrepoblación latente” (la población rural). En base a esa idea, desde la izquierda pro-inmigración se afirma que el capitalismo no tiene necesidad de importar  un “ejército de reserva” desde África, por lo que los efectos de la migración sobre los trabajadores autóctonos son en realidad inocuos. Este argumento parece ignorar la existencia del Estado de bienestar (desconocido para Marx) que hace que a muchos no les compense trabajar en las condiciones que sí aceptan los migrantes. Cabe añadir que ese Estado de bienestar, que actúa como polo de atracción para muchos migrantes, es sostenido también con impuestos de los trabajadores autóctonos, con la paradójica situación de que estos últimos contribuyen así a sostener a ese “ejército de reserva”.

[13] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 107.

[14] No en vano, las más brillantes críticas que se han realizado del postmodernismo son seguramente las que proceden de perspectivas marxistas o, al menos, cercanas al pensamiento de Marx: Frederic Jameson (Postmodernism, the cultural logic of late capitalism, 1991), Alex Callinicos (Against Postmodernism, a Marxist Critique, 1989), Perry Anderson (The Origins of Postmodernity, 1998), Terry Eagleton (Illusions of Postmodernism 1996), David Harvey (Condition of Postmodernity, 1990) Boltanski y Chapiello (Le Nouvel Esprit du Capitalisme). También el citado Constanzo Preve.

[15] « Libérons Marx du Marxisme! », en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, Hiver 2004-2005. Dosier con artículos de Robert de Herte (Alain de Benoist), James Becht, Constanzo Preve y Paul Masquelier

[16] Robert de Herte (Alain de Benoist), en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, p. 3. Constanzo Preve, Histoire critique du marxisme. Armand Colin 2011, p. 195.

[17] Entrevista a Constanzo Preve en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, p. 37.

[18] Cita del filósofo y economista italiano Claudio Napoleoni, en: Constanzo Preve, De la Comuna a la comunidad, p. 140.

[19] Denis Collin, Introduction à la pensée de Marx. Éditions du Seuil 2018, p. 40. Como sucede con otros grandes conceptos de Marx (la «ideología», las «clases sociales») el concepto de alienación en Marx es complejo, evoluciona a lo largo de su obra y apunta en diferentes direcciones. Tarea imposible la de sintetizarlo en pocas líneas.

[20] Un proceso estudiado magistralmente por Karl Polanyi en su libro publicado en 1946: The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time. (La Gran Transformación. Crítica del liberalismo económico. Virus Editorial 2016).

[21] Fuente: Gilles Candar, «La Patrie et l´Europe», en L´Humanité 28 avril 2014. www.humanite.fr

Fuente: elmanifiesto.com