Hablemos de lucha de clases (II) - Prohibido Saber

viernes, 8 de noviembre de 2019

Hablemos de lucha de clases (II)

La espuma de los días

Hotel Hilton de Beverly Hills, 8 de enero 2017. Entrega de los Golden Globe Awards de cine y televisión. Un selecto público de engalanados millonarios –a la sazón, la élite de la industria de Hollywood–aplaude a rabiar una encendida perorata contra Donald Trump. Al día siguiente, los millonarios son ensalzados como “la Resistencia” frente al inoportuno gañán elegido por el pueblo americano.

Mediterráneo central, agosto de 2019. Una millonaria estrella de Hollywood desvía el rumbo de su yate y sube al barco de una ONG –fletado con el dinero de otro millonario– para repartir limosnas entre un grupo de africanos. La estrella recrimina a Italia, país que había recibido 150 000 africanos durante los meses anteriores, no querer hacer sitio para algunos más. A continuación, la estrella se marcha a una de sus mansiones de 300 metros cuadrados.

Octubre 2017. Una gran estrella de cine entra como accionista en una macroempresa de productos vegetarianos y anima a la humanidad a no comer carne. El veganismo es cool. Por si hubiera dudas ya lo decían los sabios de la ONU: “está ampliamente aceptado que los insectos proporcionan nutrientes comparables a la carne y el pescado". Otra estrella de Hollywood se retrata comiendo arañas. Mensajes subliminales: los pobres deberían dejar de comer carne. Si además comen insectos, eso les hará mejores personas.[1]

París, noviembre 2018. Alegando razones ecológicas, el gobierno de Macron anuncia una subida de los precios del diésel. La medida afecta a las clases más humildes que dependen del coche, al tiempo que exime a los sectores más contaminantes y con grandes beneficios (fábricas, camiones, empresas, yates, cruceros). El malestar se extiende y enlaza con otras protestas: pérdida del poder adquisitivo, sentimiento de abandono de las zonas rurales, rechazo al Pacto Mundial de Migración de la ONU. Estalla la revuelta de los chalecos amarillos.

Madrid, noviembre 2018. El ayuntamiento reserva el centro de la ciudad a los coches de los allí residentes y prohíbe el acceso a los demás coches. Consecuencia: los coches de los pobres se hacinarán y contaminarán en las afueras, mientras el centro gentrificado podrá respirar un aire más puro. “Vota bonito”, dirá en su propaganda la izquierda cool promotora del invento.

Septiembre 2019. Una niña sueca promocionada por un lobby millonario acude a la ONU a dar un discurso contra el cambio climático. Lo hace en un velero deportivo propiedad del Príncipe de Mónaco, patrocinada por la BMW y por un banco implicado en paraísos fiscales. La izquierda cool aplaude el discurso.

Estos episodios elegidos al azar –más o menos relevantes, más o menos chuscos– nos dejan una vaga impresión: aquí hay alguien que se ríe de alguien. ¿Se ríen acaso de nosotros?

Todos ellos nos remiten a una categoría de fondo: al sesgo profundamente clasista del conglomerado ideológico imperante.

Parece lógico por lo tanto interpretarlos desde un enfoque de clase.

La neoaristocracia y sus cortesanos

Un huracán de cruzadas purificadoras recorre el mundo: el ecologismo, el antiespecismo, el animalismo, el veganismo, el antirracismo...

Un huracán de cruzadas purificadoras recorre el mundo: el ecologismo, el antiespecismo, el animalismo, el veganismo, el antirracismo, el neofeminismo, el anticolonialismo, las luchas “interseccionales”. Basadas en la superioridad moral de la izquierda, jaleadas por las estrellas de cine, exaltadas en la publicidad de las grandes empresas, las nuevas ideologías burguesas permiten imponer políticas migratorias a los pueblos, permiten favorecer nuevos procesos de acumulación capitalista –las corporaciones “verdes” lo son–, permiten continuar con la gentrificación de las grandes metrópolis, permiten expulsar al extrarradio a las clases medias en decadencia, permiten demonizar a los votantes “populistas” (los “desdentados” según Francois Hollande, los “deplorables” según Hillary Clinton). En suma: permiten seguir avanzando la agenda de la mundialización.

Si nos fijamos en los episodios anteriores –especialmente en los más anecdóticos y estúpidos– observamos que se ajustan como un guante a esas agendas regadas por flujos de dinero, por oligarquías financieras y por capitales especulativos. Para impulsarlas, la neoaristocracia transnacional dispone de varios tipos de cortesanos. Destacamos los siguientes:

Los cortesanos-expertos: managers y androides burocráticos incardinados en las instituciones estatales y globales (muy especialmente en las Naciones Unidas y sus Agencias) con el encargo de implementar la hoja de ruta de sus amos.[2]

Los cortesanos-sicofantes: agentes de comunicación y jerarcas académicos encargados de delatar, marginar y estigmatizar a los elementos incómodos para la aristocracia transnacional.   

Los cortesanos-payasos: miembros del circo mediático-espectacular que cumplen la función de esparcir la moralina del sistema.

Son los rostros de una nueva lucha de clases. Los voceros de la ideología mundialista.

Ideología, falsa conciencia y corrección política

Desde que Karl Marx teorizó sobre el concepto de “ideología”, esta palabra adquirió una connotación peyorativa. “Las ideas de la clase dominante –dice Marx en un famoso pasaje de La ideología alemana– son en cada época las ideas dominantes”. La contundencia a la hora de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es un rasgo emblemático del filósofo de Treveris. Pero eso no debe llevarnos a engaño. Su desarrollo del concepto de ideología es complejo, equívoco y cambiante en el tiempo. No obstante sus seguidores lo interpretaron casi siempre en el mismo sentido: debemos levantar el “velo de maya” de las mistificaciones ideológicas y descubrir la relación de clase que se encuentra al fondo.

No entraremos en el debate sobre el pretendido carácter científico del marxismo y de su crítica a la ideología –que suele asimilarse a la denuncia de la “falsa conciencia”–.[3] Pero sí pensamos que esa denuncia puede ser ocasionalmente un instrumento útil. Por ejemplo: a la hora de deconstruir el hiperhumanismo utópico, moralizante y progresista que constituye, hoy por hoy, la banda sonora de la globalización. Veamos.

Conocida es la crítica que el marxismo hace de la religión como “opio del pueblo”. Pero si observamos las manifestaciones habituales de las ideologías posmodernistas –sus formas maniqueas, dogmáticas y lacrimógenas– observamos que todas ellas vehiculan una sensibilidad pararreligiosa, un pseudocristianismo de nuevo cuño que, vaciado de cualquier contenido trascendente, se enfanga en un moralismo histérico con ansias de purificar el mundo. A toda esta morralla intelectual –que de forma injusta suele calificarse como “marxismo cultural”– cabría aplicarle el método riguroso del marxismo más clásico, y denunciarla como formas históricamente determinadas de falsa conciencia necesaria. Necesaria para el capitalismo neoliberal en cuanto destinadas a tapar sus miserias. La corrección política es una forma de falsa conciencia encaminada a disimular una relación de clase.[4]

¿Qué decir a todo esto desde la crítica marxiana a la ideología?

Si atendemos al Marx más maduro –al Marx de El Capital–, la ideología no es una falacia o algo contrario a “la verdad”. Para Marx la ideología es una proyección ideal, es la proyección ideal que un mundo histórico tiene de sí mismo para sí mismo. En ese sentido toda ideología es “verdadera”, en cuanto responde a una noción de “verdad” que es la propia de ese mundo histórico. Ahora bien, ¿cuál es “la verdad” del capitalismo absoluto? Ésta no es otra que el hecho de que todo –absolutamente todo– es susceptible de convertirse en mercancía. Evidentemente, la narrativa del capitalismo no se presenta así. Al centrarse únicamente en la forma en la que las relaciones económicas aparecen en la superficie –libertad, igualdad, propiedad, derechos humanos– la ideología disimula las contradicciones internas del sistema. De esta manera “la ideología burguesa de la libertad y la igualdad (añadamos: del antirracismo, de la lucha contra el heteropatriarcado, de la erradicación de los micromachismos, de la emancipación de los transexuales de género fluido no binario, etcétera) disimula lo que está debajo de la superficie de los procesos de intercambio mercantil, donde estas igualdades y libertades aparentes desaparecen y demuestran ser en realidad desigualdades y falta de libertad”.[5] Y aquí llegamos al meollo del enfoque marxiano.

El problema –nos viene a decir Marx en su crítica de la ideología– no es que todas esas representaciones ideológicas estén equivocadas, sino que son la consecuencia de contradicciones reales y materiales. Las distorsiones ideológicas no pueden ser vencidas únicamente gracias a la mera crítica, sino que solamente desaparecerán cuando las contradicciones que estén en la base se resuelvan. Hasta que no llegue ese momento las distorsiones ideológicas seguirán encubriendo dichas contradicciones y contribuyendo a su reproducción, en beneficio de la clase dominante.[6] O dicho en otros términos: la crítica en la superestructura no nos exime de actuar también sobre la estructura.

Sobre la estructura, en este caso, de un capitalismo ajeno a cualquier idea de límite.

La filosofía espontánea del capitalismo

Repitamos la pregunta: ¿cuál es la verdad del capitalismo? Su verdad última es que todo es economía y no hay salvación más allá de la economía. La “economía” es por lo tanto el mensaje positivo que capitalismo tiene que comunicar al mundo.[7] Este mensaje positivo se complementa con el mensaje negativo del nihilismo, que nos dice que nada tiene sentido en los planos filosófico, ontológico, etcétera. Pero para que pueda funcionar, la cosa necesita su marchamo académico. Por eso –como explica Constanzo Preve– “el clero universitario de las facultades de filosofía tiene la función de celebrar directamente la negatividad del mundo social que nutre a las oligarquías, lo que es un complemento perfecto al “reverso” de las facultades de economía, que celebran la positividad del mundo”. Una prueba más del vínculo orgánico entre el capitalismo y el nihilismo.

La deconstrucción, la French Theory y los “estudios de género” no son sino formas de “falsa conciencia” del capitalismo.  “El propósito funcional de este recital de negatividad filosófica –explica Preve– es argumentar que el Ser del que habla la economía en realidad es una Nada, pero que esta Nada es insuperable, infranqueable y transformable, por lo que debemos aceptarla como Destino. Fin de las ilusiones, fin de las grandes narrativas, consumación de la metafísica y la ontología, etc.”.[8] Los estudios de género y los MBAs de las escuelas de negocio corroboran una misma visión del mundo: la del carácter ilimitado del intercambio económico, la de que no hay restricción ética que valga –empezando por la familia tradicional, por el sexo, la paternidad y la filiación– al reino del libre mercado y a la generación de valor añadido. La última deposición en teoría queer es un maridaje perfecto para el último best seller sobre inversión en bolsa a adquirir en cualquier aeropuerto.

Vemos entonces que el viejo (y desacreditado) enfoque topológico marxiano estructura/superestructura tampoco andaba tan descaminado. Por eso resulta enternecedor ver a los probos “liberal-conservadores” criticar los delirios postmodernistas como desviaciones o sarpullidos en el cuerpo –por lo demás “sano”– del liberalismo, la sociedad abierta, etcétera.  Lo que no quieren reconocer es que ese nihilismo no es más que “la filosofía espontánea del capitalismo” (Constanzo Preve). O dicho de otra forma: el nihilismo es el liberalismo devorándose a sí mismo. Por eso, quien quiera más liberalismo, pero sin nihilismo ni relativismo es –retomando una vez más a Preve– como “un estúpido a quien le gustaría tener un hígado sano, pero que bebe, no obstante, litros de alcohol todos los días”.[9]

Una descomunal ingratitud histórica

El mito de la clase media había permitido, hasta ahora, diluir los antagonismos de clase en un “todo” conciliador. En su época de mayor esplendor, este comodín sociológico se nutría del “ascensor social” del Estado de bienestar. Sin embargo, esas clases medias nacionales están desapareciendo  –si no lo han hecho ya del todo–. ¿Qué tenemos en su lugar? ­

Lo que tenemos es la polarización entre una masa creciente de trabajo flexible y precario, por un lado, y por otro lado esa clase media globalizada a la que ya nos hemos referido y que poco tiene que ver con las viejas clases medias nacionales. En el seno de esa clase media global crece y prospera –camuflando su carácter de nueva clase dominante– la “burguesía bohemia” (bobós) a la que Christophe Guilluy se refiere en sus trabajos.”[10] La vieja burguesía conservadora y pacata (ridiculizada antaño por la literatura y las vanguardias) ha sido sustituida por esa neoburguesía cool heredera de la revolución de 1968. Una revolución ­–no lo olvidemos– protagonizada por hijos de papá de clase acomodada.

Junto a la neoburguesía encontramos al neoproletariado. Este neoproletariado no es la vieja “clase obrera” menguada por la desindustrialización y por la expansión del sector terciario, sino que consiste en un conjunto heteróclito de obreros, sí, pero también de empleados, campesinos, parados, poblaciones periféricas apartadas de los circuitos de la globalización, antiguas clases medias en declive y, de manera muy especial, de toda esa masa informe y de futuro incierto conocida con el nombre de “precariado”.[11]

Una mención aparte merece la inmigración. Ésta funciona de facto como un “ejército de reserva” del capitalismo. Lejos de tratarse de un fenómeno totalmente espontáneo, la inmigración fue impulsada por las patronales europeas a partir de los años 70. Desde entonces los inmigrantes extraeuropeos no han cesado de crecer y de formar sociedades paralelas en los barrios metropolitanos. Los inmigrantes componen hoy, junto a los bobós de los barrios gentrificados, el modelo social de la globalización occidental, la pinza entre cuyas tenazas se encuentra la decadente clase media.[12]

Por primera vez en muchas décadas, todo conduce a pensar que gran parte de las próximas generaciones vivirán peor que lo hacían sus padres. Nos encontramos ante el fin de las viejas clases medias occidentales. ¿O tal vez ante su masacre?

El fin de la clase media en occidente puede leerse también como la crónica de una descomunal ingratitud histórica. Si meditamos sobre las causas profundas de la derrota final del comunismo, vemos que la razón estructural de fondo ha sido, como señala Constanzo Preve, la adhesión al capitalismo de las viejas clases medias nacionales, y ello a través de un movimiento de conservación en Occidente (Europa y América) y de un movimiento de restauración en Oriente (bloque soviético). Pero concluida la guerra fría y entronizado el capitalismo sin competidor posible, “las oligarquías financieras recompensaron a las clases medias con la destrucción de su perfil social y cultural, que se basaba en la familia monógama estable y, sobre todo, en un trabajo estable seguro y duradero. Al final de su largo servicio al sistema en el siglo XX, los miembros de estas clases fueron recompensadas con un trabajo flexible, precario y temporal, con el fin de las perspectivas de promoción social para sus hijos y con un individualismo de consumo totalmente anónimo y post-familiar”.[13] Por decirlo en términos trotskistas, la clase media fue arrojada al basurero de la historia.

¿Cómo resumir tres décadas de neoliberalismo en una sola frase? La religión positiva de la economía se alió con la religión negativa del nihilismo para triturar al “pequeño pueblo”. Al pequeño pueblo denostado y ridiculizado que, de forma creciente en muchas partes de Europa y América, encuentra su refugio en el llamado “populismo”.

¿Qué hacemos con Marx?

Decíamos arriba que la capacidad de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es el rasgo más emblemático del pensamiento de Marx. Pero esta cualidad no tiene por qué quedar reservada a los autoproclamados “marxistas”. Desde una perspectiva “de derechas” este enfoque material puede ser también muy saludable, sobre todo para no extraviarse en jeremiadas espiritualistas (tipo “la crisis de valores”, “el olvido de nuestras raíces cristianas” y cosas parecidas) al observar la crisis de la civilización occidental. La sobriedad del enfoque marxiano nos obliga a mirar de frente a las bases materiales del posmodernismo y del nihilismo: la financiarización del capital, la globalización de la economía y la extensión del dominio de la mercancía. No se trata –ni mucho menos– de una revelación “científica” ante la que caer de rodillas, pero sí de un ángulo de interpretación a tener seriamente en cuenta.[14]

¿Cuál será la reacción previsible de un “antimarxista” pavloviano al leer esto? Seguramente la de revolverse contra el esquema “estructura/superestructura”, o la de deplorar el supuesto “materialismo” de la vulgata marxista. Pero como ocurre con todos los clásicos, Marx admite múltiples lecturas (y no todas encajan en el corpus del “marxismo”). El Marx que aquí nos interesa es el de las ideas con mayor calado antropológico: la alienación, la teoría del valor, el fetichismo de la mercancía…

¿Qué hacemos con Marx? Ante todo liberarlo del marxismo. Así se titulaba en 2004 un dosier de la revista Éléments, órgano de expresión de la llamada “Nueva derecha” francesa. Esta corriente de ideas se revelaba con ello, una vez más, como un preciso sismógrafo de los debates por venir.[15] Se recordaba en aquellos textos que, al situar en el centro de su reflexión el concepto de “alienación”, Marx identificaba lo que constituye el drama central de la modernidad. 

¡Todos somos migrantes!

La alienación hunde sus raíces –señalaba Heidegger–  en la ausencia de patria del hombre moderno. Por eso el filósofo de Friburgo, en su Carta sobre el humanismo, afirmaba que, al referirse a la experiencia de la alienación, Marx alcanza una dimensión esencial de la historia y por eso la concepción marxista de la historia es superior a las otras concepciones de la historia. “Un diálogo productivo con el marxismo –concluía Heidegger– es una de las tareas de la historia por venir”.[16]

¿Alienación? Marx no creó este concepto –que se encuentra ya en Rousseau, Hegel y Feuerbach–, pero sí teorizó el papel alienante de la forma-Capital. Conviene aquí hacer una precisión importante, y es que no es lo mismo alienación que explotación. “La alienación –señala Alain de Benoist– en un concepto moderno y vinculado al desarrollo del capitalismo y no puede ser confundido con formas más antiguas de injusticia o explotación. La alienación sólo tiene sentido una vez que aparece un estado social donde los hombres son declarados formalmente iguales, pero al mismo tiempo son despojados de su propio ser”.[17] La diferencia está clara si reparamos en el hecho de que en el capitalismo “solo algunos son explotados, mientras que todos están alienados en diversos grados”.[18] ¿Cómo y cuándo se produce ese tránsito de la explotación a la alienación?

La forma de producción capitalista introduce una novedad: la soledad radical del individuo, su “extirpación dolorosa” (Constanzo Preve) de las comunidades anteriores de pertenencia. Algo que, si bien no era totalmente evidente en los siglos XIX y parte del XX –cuando el capitalismo aún se veía obligado a convivir/transigir con formas de socialización pre-modernas (familias, clanes, naciones, culturas, religiones)– sí lo es en la presente era del capitalismo absoluto. En su primer esbozo de la crítica de la economía política –señala el filósofo marxiano Denis Collin– “Marx describe el poder del dinero como alienación de la actividad humana. El hombre se prosterna ante la creación de su propio espíritu, de su propia actividad”.[19] El poder del dinero y la monetización de los aspectos más recónditos de la personalidad humana han barrido todo lo demás. No en vano hemos pasado del “libre mercado” a la “economía de mercado” y de ahí a la “sociedad de mercado”.[20] La sociedad ha sido absorbida por el mercado y el mercado ha colonizado hasta la constitución biológica del ser humano. La teoría de género, el trans-humanismo y la exaltación del desarraigo son las puntas de lanza de esa desposesión del Ser del hombre. El hombre como “tabla rasa” listo para cualquier prótesis identitaria. No tiene nada de extraño que el “migrante” se eleve a gran arquetipo de nuestro tiempo. ¡Todos somos migrantes! aúllan los altavoces del sistema. El objetivo final, como señala el filósofo italiano Diego Fusaro, “no es hacer que los inmigrantes sean como nosotros, sino hacer que nosotros seamos como ellos: sin derechos, desarraigados, con salarios de miseria”. Es el “hombre sin patria” del que hablaba Heidegger. El hombre al que se le ha privado no ya de sus medios de subsistencia, sino de también de su identidad. Con él la alienación completa su ciclo.

“Para aquél que nada tiene, la patria es su único bien”; ésa es una frase que normalmente se atribuye al líder socialista francés Jean Jaurès. En otra ocasión el líder socialista decía: “un poco de internacionalismo aleja de la patria, mucho internacionalismo nos acerca a ella. Un poco de patriotismo nos aleja de la Internacional, mucho patriotismo nos acerca a ella”.[21]

El internacionalismo es algo diferente del cosmopolitismo y es justo lo contrario de la mundialización. En una hora en la que las naciones sufren el doble envite de la mundialización y de los procesos de disgregación interna, el combate por la patria –por todas las patrias– es, hoy más que nunca, una forma principal de la lucha de clases.

(Continuará.)

[1] Cristián Campos, “Comer insectos te hace mejor persona”. Artículo en El Español 14-8-2019

https://www.elespanol.com/opinion/columnas/20190814/comer-insectos-hace-mejor-persona/421337867_13.html

[2] Estas elites forman parte de la “Nueva clase” que describía Christopher Lasch, o la “Élite de expertos” (managerial elite) que describía el politólogo americano Samuel T. Francis. Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy. W.W. Norton and Company 1996. Samuel T. Francis, Leviathan and Its Enemies. Mass Organisation and Managerial Power in Twentieth-Century America. Washington Summit Publishers 2016.

[3] Como apunta el filósofo Terry Eagleton en su estudio crítico sobre el concepto de ideología “Si todo el pensamiento está socialmente determinado, también debe estarlo el marxismo, en cuyo caso ¿qué sucede con sus pretensiones de objetividad científica?” Terry Eagleton, Ideología, Editorial Paidós 2019, p. 143). Decía a este respecto Constanzo Preve que es una pena que el marxismo no se haya aplicado a sí mismo el método crítico que recomienda para los demás. Por lo demás, baste apuntar que – como señala Terry Eagleton – Marx nunca utilizó la expresión “falsa conciencia”.

Una dificultad recurrente al manejar la obra de Marx es la necesidad constante de deslindarla de las adiciones posteriores del marxismo.

[4] De “neocristianismo cátaro” califica el filósofo Carlos Javier Blanco Martin a esta sensibilidad para-religiosa, en su introducción a la recopilación de textos de Constanzo Preve: De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019. “Una religión de la fraternidad universal, un hipermoralismo degenerado en el que van cayendo, como por acción gravitatoria, toda una serie de “ismos” que, en lo más profundo, contradicen la raíz comunitarista del pensamiento de Marx, pues son “ismos” tan reaccionarios como el propio neoliberalismo y parecen ser, más bien, retoños o subproductos suyos” (…) En la España actual, “desprovisto ya de toda referencia a Marx y pletórico de ideología de género, maurofilia, mundialismo y demás, el engendro se llama “Podemos””. Obra citada, pp. 18-20. 

[5] Laurence Harris, V.G.Kiernan, Ralph Miliband, A Dictionary of Marxist Thought, edited by Tom Bottomore. Blackwell Publishing 2003, p. 249.

[6] Laurence Harris, V.G. Kiernan, Ralph Miliband, Obra citada, pp. 248-249.

[7] No en vano la obra máxima de Marx no se presenta como una crítica del “Capital”, ni como el intento de construir una economía política “alternativa” o “socialista”, sino como una “Crítica de la economía política”. De lo que se trata, por tanto, es de superar el primado de la economía y el fetichismo de la mercancía. 

[8] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, pp. 95-96.

[9] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 154.

Esta ceguera voluntaria de los liberal-conservadores sobre las consecuencias últimas de la cosmovisión liberal corre paralela a la ceguera de la izquierda que – como señala Jean-Claude Michéa– “niega las consecuencias del modelo de Adam Smith, mientras recibe sus presuposiciones filosóficas y antropológicas” (Jean-Claude Michéa, Impasse Adam Smith, Flammarion 2006).

[10] « Christophe Guilluy dit tout ». Entretien avec Francois Bousquet et Patrick Péhele. Éléments pour la civilisation européenne nº 165, avril mai-2017, p.8.  Según Guilluy, los burgueses-bohemios no se caracterizan de entrada por un nivel de ingresos exacerbado, sino por encontrarse “integrados o conectados a la economía mundializada, trabajando de forma deslocalizada, en el sector terciario, en profesiones intelectuales y empleos cualificados”

[11] Refiriéndose a la desaparición de la “clase obrera” en Francia, el sociólogo marxista Michel Clouscard habla de una “estrategia de tierra quemada” y de una “depuración productiva” para reducir físicamente a la clase obrera – el enemigo de clase real o potencial – a través de la desaparición de sectores enteros de la actividad productiva: metalurgia, minas, textiles, artesanos, trabajadores independientes, pequeños patrones. Es “la eliminación del adversario por la supresión de sus profesiones, sus formas de existencia, su ambiente” con el objetivo de “transformarlo en una fuerza productiva totalmente dependiente, enteramente sumisa a los imperativos financieros y bancarios de una economía mundializada”.  Michel Clouscard, Les Métamorphoses de la lutte de classes. Le Temps des Cerises 1996, p. 23.

[12] Marx aborda la cuestión del “ejército industrial de reserva” en la sección VII del libro I de El Capital. En este texto señalaba que la propia economía de mercado genera automáticamente un “ejército industrial de reserva”, que se compone de “sobrepoblación fluctuante” (los despedidos), “sobrepoblación estancada” (los trabajadores  temporales) y “sobrepoblación latente” (la población rural). En base a esa idea, desde la izquierda pro-inmigración se afirma que el capitalismo no tiene necesidad de importar  un “ejército de reserva” desde África, por lo que los efectos de la migración sobre los trabajadores autóctonos son en realidad inocuos. Este argumento parece ignorar la existencia del Estado de bienestar (desconocido para Marx) que hace que a muchos no les compense trabajar en las condiciones que sí aceptan los migrantes. Cabe añadir que ese Estado de bienestar, que actúa como polo de atracción para muchos migrantes, es sostenido también con impuestos de los trabajadores autóctonos, con la paradójica situación de que estos últimos contribuyen así a sostener a ese “ejército de reserva”.

[13] Constanzo Preve, De la comuna a la comunidad. Ediciones Fides 2019, p. 107.

[14] No en vano, las más brillantes críticas que se han realizado del postmodernismo son seguramente las que proceden de perspectivas marxistas o, al menos, cercanas al pensamiento de Marx: Frederic Jameson (Postmodernism, the cultural logic of late capitalism, 1991), Alex Callinicos (Against Postmodernism, a Marxist Critique, 1989), Perry Anderson (The Origins of Postmodernity, 1998), Terry Eagleton (Illusions of Postmodernism 1996), David Harvey (Condition of Postmodernity, 1990) Boltanski y Chapiello (Le Nouvel Esprit du Capitalisme). También el citado Constanzo Preve.

[15] « Libérons Marx du Marxisme! », en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, Hiver 2004-2005. Dosier con artículos de Robert de Herte (Alain de Benoist), James Becht, Constanzo Preve y Paul Masquelier

[16] Robert de Herte (Alain de Benoist), en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, p. 3. Constanzo Preve, Histoire critique du marxisme. Armand Colin 2011, p. 195.

[17] Entrevista a Constanzo Preve en Éléments pour la civilisation européenne nº 115, p. 37.

[18] Cita del filósofo y economista italiano Claudio Napoleoni, en: Constanzo Preve, De la Comuna a la comunidad, p. 140.

[19] Denis Collin, Introduction à la pensée de Marx. Éditions du Seuil 2018, p. 40. Como sucede con otros grandes conceptos de Marx (la «ideología», las «clases sociales») el concepto de alienación en Marx es complejo, evoluciona a lo largo de su obra y apunta en diferentes direcciones. Tarea imposible la de sintetizarlo en pocas líneas.

[20] Un proceso estudiado magistralmente por Karl Polanyi en su libro publicado en 1946: The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time. (La Gran Transformación. Crítica del liberalismo económico. Virus Editorial 2016).

[21] Fuente: Gilles Candar, «La Patrie et l´Europe», en L´Humanité 28 avril 2014. www.humanite.fr

Fuente: elmanifiesto.com

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