2020 - Prohibido Saber

domingo, 17 de mayo de 2020

¿Qué es el ANARCOCAPITALISMO? ¿Es anarquismo? - Historia y análisis

domingo, mayo 17, 2020 0
¿Qué es el ANARCOCAPITALISMO? ¿Es anarquismo? - Historia y análisis

¿Qué es el anarcocapitalismo? ¿Es anarquismo? En este primer vídeo de la segunda temporada de ¿Qué es el espectro político? exploramos el anarcocapitalismo, también conocido como liberalismo anarquista, anarquismo de libre mercado o directamente, liberalismo libertario.

jueves, 7 de mayo de 2020

Documental «Fraude: el porqué de la gran recesión mundial»

jueves, mayo 07, 2020 0
Documental «Fraude: el porqué de la gran recesión mundial»

El documental «Fraude: el porqué de la gran recesión mundial», es una producción de Amagifilms de 2012, en colaboración con el Instituto Juan de Mariana, con 68 minutos de duración.

Dirigida por Juan José Mercado, fotografía a cargo de Daniel García. Rodada en Madrid, Londres, Varsovia y París.

Mas videos de Fundamentals Channel aquí: https://www.youtube.com/channel/UCvQKBwePDmPtPhZuMHmEbHQ

miércoles, 6 de mayo de 2020

Socialismo: El Paraíso Terrenal

miércoles, mayo 06, 2020 0
Socialismo: El Paraíso Terrenal

Gran parte de la historia de los últimos 200 años se ha desarrollado en torno a una única idea llamada "Socialismo".

En su momento cumbre, en la década de 1970, aproximadamente un 60% de la población de la Tierra vivía bajo un gobierno que propugnaba el socialismo de una forma u otra.

Entonces, de repente todo se acabó. ¿Por qué?

Seguiremos las huellas del meteórico ascenso del socialismo y de su espectacular caída, que proporcionan el hilo conductor e intelectual de este documental, y narraremos cómo surgió esta idea, cómo se desarrolló, cómo cambió el mundo y como acabó en fracaso.

El programa narra su historia a través de diferentes grabaciones de las personas clave, cada una de las cuales ejemplifica una etapa crítica en la evolución del socialismo.

El resultado es una serie de personajes fascinantes, que encarnan el desarrollo cronológico de una idea en evolución.

El escenario global donde se narra la historia incluye edificios públicos, y cabinas electorales, barracas, campos de batalla, líneas de piquetes y barricadas, además de prisiones y el gulag.

Mas videos del Canal de los Fundamentos aquí: Fundamentals Channel

Parte 1

Parte 2

Parte 3

China y la salud mundial

miércoles, mayo 06, 2020 0
China y la salud mundial

Al menos desde el siglo XIX China ha sido el principal foco de graves enfermedades que han dejado muchos millones de muertos por todo el planeta.

Como nos cae muy lejos en el tiempo, vamos a olvidarnos de la Peste Negra, aquella apocalíptica pandemia que mató a un tercio de la población mundial en el siglo XIV y cuya única consecuencia positiva fue el Decamerón de Bocaccio. Ya que siete siglos después los científicos siguen sin ponerse de acuerdo sobre si hay que rastrear su origen en África, en China o en Mongolia, descartémosla.

Pero al menos desde el siglo XIX China ha sido el principal foco de graves enfermedades que han dejado muchos millones de muertos por todo el planeta. La que en los anales se conoce como la Tercera Plaga o la Peste de China fue la última pandemia de peste bubónica sufrida por la Humanidad. Durante el siglo largo transcurrido desde su aparición, en 1855, hasta que se la dio por definitivamente concluida, en 1960, provocó doce millones de víctimas. En 1910 llegó la Plaga de Manchuria, surgida en dicha región china por contagio a los humanos de un virus portado por la marmota siberiana. Duró un año y dejó tras de sí 60.000 muertos. Aunque la opinión científica mayoritaria sitúa en los Estados Unidos el origen de la Gripe Española de 1918, que mató a más de cincuenta millones de personas en tres años, en las últimas décadas han ido apareciendo estudios que apuntan a la posibilidad de que naciera en China y ganara virulencia tras alcanzar las costas americanas. En 1957-58 le tocó el turno a la Gripe Asiática, que mató a más de un millón de personas, sobre todo en su lugar de origen, China. Una década más tarde, en 1968-70, llegó la Gripe de Hong Kong, con otro millón de víctimas en todo el mundo, la mitad de ellas en dicha ciudad. Con el nuevo milenio llegaron, a través de civetas y murciélagos, el SARS-CoV en 2002-04 (800 muertos en China); la Gripe Aviar (subtipo H7N9), que ha causado 619 fallecimientos desde 2013; y en 2019 el SARS-CoV-2, con el que todo el planeta está lidiando en estos momentos.

Paralelamente, China también se ha destacado por la larga lista de escándalos alimentarios debidos tanto a las costumbres locales como a una legislación ineficaz o inexistente: alta concentración de pesticidas, aditivos prohibidos, aguas fecales y todo tipo de sustancias venenosas en productos cárnicos y vegetales, leches infantiles, pescados de piscifactoría, aceites, bebidas, pastas, salsas, sopas, etc. Algunos casos llaman la atención por el desprecio a la vida de los consumidores: pollo marinado en orina de oveja o cabra para hacerlo pasar por carne de estas últimas; tapioca fabricada con sustancias plásticas; fideos elaborados con tintas, colorantes industriales y parafina; hamburguesas y embutidos conteniendo carne de rata, zorro y vivérridos; carnes caducadas tratadas con productos químicos y colorantes para volver a ponerlas en circulación, a menudo vendidas a grandes cadenas como McDonald’s, KFC, Pizza Hut, Starbucks y Burger King; aceites para freír fabricados con grasas, vísceras y otros despojos animales; y, por supuesto, el clásico gato por liebre.

Piezas claves en toda esta cuestión son los mercados callejeros, también denominados ‘mercados mojados’ (wet markets) por el continuo riego de la mercancía y el suelo que los caracteriza. En ellos se vende carne, pescado y otros productos perecederos, así como animales vivos, tanto domésticos como salvajes, con los problemas de higiene que ello implica. No por casualidad el SARS-CoV de 2002 surgió vinculado a los mercados mojados y las primeras hipótesis sobre el actual SARS-Cov-2 apuntan a lo mismo. Por todo ello, China, como desde hace años reclaman científicos y Gobiernos de todo el mundo, debería adoptar medidas drásticas para regular o cerrar este tipo de mercados antes de que vuelvan a surgir problemas sanitarios de alcance imprevisible.

Tanto la OMS como la mayoría de los científicos defienden el origen natural de la mutación del SARS-CoV que habría desembocado en este nuevo SARS-CoV-2. ¿Se debe a convicción, a prudencia para no disentir de la opinión mayoritaria o a miedo a salirse de la fila? Porque el origen de la actual pandemia coronavírica sigue lejos de estar claro, ya que otra posibilidad es la fuga accidental de alguna sustancia manipulada en el importante laboratorio virológico de Wuhan. ¿No es demasiada casualidad que el foco haya sido precisamente esa ciudad y no otra? Y en el caso de que así sea, ¿con qué fin se estaba manipulando?

Algunas voces, y no de las menos autorizadas, se atreven a discrepar: por ejemplo, al eminente virólogo francés Luc Montagnier, descubridor del VIH y premio Nobel de Medicina 2008, le parece evidente que se trata de un virus diseñado en laboratorio. Otros científicos de varios países han señalado sospechas similares a las de Montagnier, pero sin gran eco ni científico ni mediático por el momento. Por otra parte, cuando el primer ministro de Australia propuso hace unos días abrir una investigación internacional para determinar el origen del coronavirus con el fin de conseguir un remedio de forma más rápida y eficaz, el Gobierno chino se apresuró a amenazar con un boicot a los productos australianos si dicha investigación se lleva a cabo, lo que no ayuda precisamente a apuntalar la inocencia china. Y Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Alemania han ido sumándose a las dudas, al menos sobre la gestión del comienzo de la crisis sanitaria a principios de año. Porque la opacidad congénita del régimen comunista ha podido empeorar una situación que quizá hubiera sido más fácilmente resuelta con información libre e inmediata. No en vano se ha empezado a denominar esta crisis ‘el Chernóbil chino’. Lo que parece claro es que China tendrá que dar muchas explicaciones y corregir en sus leyes y su gobierno los fallos que pueden haber conducido a estos problemas.

Finalmente, no hay que olvidar que a favor de China, en la hipótesis de manipulación del virus con fines bélicos, se encuentra el hecho de que apareciese en su territorio, lo que más bien apuntaría a sus posibles enemigos. Por eso desde el Gobierno chino se han lanzado acusaciones más o menos veladas contra unos Estados Unidos supuestamente interesados en minar el creciente poderío chino mediante la dispersión del virus en Wuhan para cargarle el mochuelo al Gobierno de Pekín.

Demasiadas preguntas sin respuestas. ¿Las conoceremos algún día, si el coronavirus nos lo permite?

© Libertad Digital

martes, 5 de mayo de 2020

Friedrich von Hayek (Subtitulado al Español) en The Levin Interviews.

martes, mayo 05, 2020 0
Friedrich von Hayek (Subtitulado al Español) en The Levin Interviews.

Europa, año cero (I)

martes, mayo 05, 2020 0
Europa, año cero (I)

Como un torrente largamente contenido la Realidad vuelve por sus fueros; la pandemia del coronavirus barre la pandemia mental de la corrección política.

¿Cómo designar un acontecimiento que supone la clausura de un mundo? El calificativo de “histórico” se nos antoja banal; tal vez sería más adecuado el de “escatológico”, si entendemos la escatología como la doctrina de las postrimerías. En ese sentido, la pandemia del COVID 19 podría considerarse un acontecimiento escatológico, una catarsis colectiva en la que, si recurrimos al lenguaje de las Escrituras, el velo del templo se rasgó de arriba abajo. El velo de la globalización feliz, de la sociedad abierta, del individuo sin ataduras y de la utopía “no borders”.

La plaga se presenta como una inmersión trágica en el flujo de la vida, como una gigantesca bofetada de realidad. Y lo es, en primer término, para la porción más desarrollada del planeta, para ese mundo que había desterrado la sombra de la muerte, que había hecho de la eterna juventud un culto y que había comenzado incluso a acariciar la idea de la inmortalidad. Todo ese mundo se ve ahora obligado a aceptar algo que sus ancestros siempre habían sabido: que la realidad era esto, el frágil equilibrio de un milagro llamado vida siempre en los bordes del abismo. Llegó la hora de las reflexiones duras para una época blanda. ¿Dónde queda la inanidad del Homo Festivus con su bulimia de “derechos”, sus caprichos e indignaciones, sus unicornios virtuales y sus dogmas pequeño-burgueses?

Pero todo fin del mundo implica el comienzo de uno nuevo. No en vano, la temática escatológica abarca también la cuestión del presente y la del futuro. La plaga ha venido a reventar nuestros marcos mentales. ¿Qué es lo que hemos dejado atrás? ¿Podemos atisbar algún perfil del nuevo mundo?

La magnitud de esta crisis – la mayor que hayan sufrido nuestras sociedades desde la segunda guerra mundial – nos retrotrae varias décadas en el tiempo.

La irrupción de las sombras

A finales de 1945 las ciudades de Alemania componían un paisaje lunar, un piélago de ruinas surcadas por patéticos espectros. Los alemanes suelen referirse a esa época como la “hora cero” (die Stunde Null), el momento en el que, tras el hundimiento del mundo, todo debía comenzar de nuevo. El cineasta Roberto Rossellini captó ese momento en una magistral película que, como toda auténtica obra maestra, contiene varias capas de lectura.

El protagonista de Alemania, hora cero es un chico de 12 años que, por su aspecto físico – impecablemente ario al gusto del régimen vencido – respondía al ideal que la nación derrotada exaltaba para sí misma. La historia narrada por Rossellini concluye con el suicidio del protagonista, arrastrado por diversas vicisitudes y por un irrefrenable sentimiento de culpa. Con ello, lo que el cineasta italiano tal vez nos estaba diciendo es que, en aquella hora fatídica, el nuevo mundo sólo podría construirse a través de una autoanulación consciente (el suicidio) de cierta idea de civilización. A través de la desaparición de aquellas sociedades “cerradas” que habían protagonizado la tragedia. Tal vez nos estaba diciendo que la culpa sólo podría expiarse con la proscripción de cualquier ideal comunitario, con una salida de la historia. Una visión profiláctica que sería radicalizada por sucesivas generaciones de europeos.

Desde esa perspectiva, esta obra maestra del neorrealismo italiano ofrecía el esbozo simbólico del mundo que, a partir de entonces, iba a construirse. Un mundo lejos de las convicciones fuertes y las identidades arraigadas que habían desembocado en dos guerras mundiales. La voluntad y asertividad de los ancestros, ahora asimiladas a una mentalidad autoritaria, serían sustituidas por valores blandos y pensamientos débiles, por identidades fluidas y pertenencias negociables, por principios universales y actitudes permisivas. Ése es el mundo plano y homogéneo de las “sociedades abiertas”, el único mundo que la mayoría hemos conocido. Éste el mundo al que la plaga del siglo XXI – una nueva “hora cero” para Europa – viene a sacudir los cimientos.

La plaga es una irrupción de lo desconocido, de lo aleatorio, de las sombras. Un recordatorio de que la Historia es esencialmente trágica, y de que lo trágico – como señala el filósofo francés Clément Rosset –  tiene su esencia en lo sorprendente.[1] La Historia es un Joker cruel que, frente al cauce apacible de la fe progresista, prefiere el sendero tortuoso de lo imprevisto. Paradoja suprema de la “sociedad abierta”: ésta ha sido el primer sistema en poner a todo el planeta en cuarentena. ¿Cabe mayor burla del Destino? Ha tenido que ser lo imprevisto – y no las crisis económicas recurrentes, ni los discursos políticos, ni las refutaciones intelectuales – lo que venga a dejar en ridículo, de forma implacable y sin posibilidad de enmienda, el pensamiento mágico de la “sociedad abierta”, esa pseudo-filosofía diletante que, desde el final de la segunda guerra mundial, ha sido la pitanza espiritual de occidente.

¿Sociedad abierta? El virus se ha revelado como su estrella invitada, como su beneficiario absoluto. El virus es el alumno aventajado de Karl Popper, de Friedrich Hayek y de Milton Friedman.

El virus es nómada, cosmopolita y ciudadano del mundo; el virus es flexible, adaptativo y de identidad fluida

El virus es nómada, cosmopolita y ciudadano del mundo; el virus es flexible, adaptativo y de identidad fluida; el virus es la metáfora del sujeto tabula rasa, del individuo plástico, moldeable y sin raíces que constituye el modelo antropológico de la globalización. No en vano, hace ya años Jean Baudrillard anunciaba que entrábamos en una época “viral” en la que el virus sería el referente emblemático de la civilización, tal y como ilustran Internet, las redes sociales, las autopistas de información, las nuevas epidemias o la proliferación del terrorismo – formas todas ellas de implosión viral de un sistema aquejado de saturación y ausencia de intersticios –.[2] La pandemia se revela como el retorno de la alteridad absoluta en un mundo que negaba toda alteridad y no consentía tener un exterior a sí mismo. Un mundo que hacía de la apertura infinita y de la ausencia de límites el objetivo irrenunciable de la aventura humana. La pandemia es la némesis de la globalización, y marca el umbral decisivo en el que, rebasado ya su zénit, ésta emprende la senda del repliegue.

El retorno de un tabú: la frontera

Malos tiempos para los “ciudadanos del mundo”. Cuando la danza de la muerte comenzó sus compases, pocas escenas tan simbólicas como la de los bohemios cosmopolitas, los nómadas multiculturales y los cumbayás sin fronteras­­ clamando por ser repatriados. Una colectiva salida del armario en la que los anywheres se revelaron como somewheres.

Brilló la guadaña y los muros protectores del Estado volvieron a estar de moda

Brilló la guadaña y los muros protectores del Estado volvieron a estar de moda, demostrando una vez más que, cuando irrumpen las sombras, todos suspiran por tener una patria.

No fue fácil, sin embargo, ajustar las neuronas a la hora del peligro. Años y años alimentando el dogma de la humanidad sin fronteras, del mestizaje universal y de la apertura al “Otro” no se borran fácilmente. Por eso, cuando el “Otro” se reveló como un vector de la plaga, Eurolandia decretó, en previsible reacción pavloviana­, que “el cierre de fronteras no es la solución” y que quien pretendiese lo contrario es, ¡como no!, “racista”. El argumentario promigración se recicló de urgencia para acallar las alarmas; y la izquierda cultural centró sus desvelos no sobre la prevención del virus, sino sobre la prevención de la “xenofobia” y la “estigmatización” de los individuos procedentes de países de riesgo. Sin duda pensaban que, ante el virtuoso despliegue de fe antirracista, el virus tendría la gentileza de autodisolverse, de emigrar a Saturno o de tomar un tren de vuelta a China. El antirracismo oficial, como religión de baratillo que es, se esforzó una vez más en corregir la realidad a base de letanías: más apertura, más inclusión, más empatía, más de más, la diversidad es nuestra fuerza y nuestra alegría. Y llegó el coronavirus y mandó apagar. ¿Cuántos muertos habrá costado la obcecación ideológica de Occidente?

La plaga ha traído consigo un revival de palabras antipáticas, de términos extraídos de un oscuro pasado: confinamiento, cuarentena, aislamiento, distancia social, cierre de fronteras. Es un lenguaje discriminatorio, no inclusivo, ciertamente not friendly.

Los Estados nacionales, que iban camino de convertirse en no-lugares de paso, se transformaron en baluartes y fortalezas

Los Estados nacionales, que iban camino de convertirse en no-lugares de paso, se transformaron en baluartes y fortalezas. Las familias, que iban camino de “deconstruirse”, se convirtieron en castillos inexpugnables. Un mundo de vallas, de muros, de aduanas y de controles se erigió por doquier. Un mundo de uniformes, de servidores del orden y de vigilantes. Un mundo de Patrias, de Hogares y de Familias. La distopia perfecta para Homo Festivus, el summun de los horrores para los androides multiculturales que, como escribía hace años Régis Debray, se recrean en “un planeta liso y desembarazado de lo diferente, un planeta sin enfrentamientos, retornado a su inocencia originaria, a la paz de su primera mañana, parecida a la túnica sin mácula de Cristo, donde un lifting planetario habría borrado todas las cicatrices y de donde el Mal habría desaparecido como por ensalmo”.[3] Pero la realidad es la que es: al igual que un monte necesita cortafuegos, el planeta necesita Estados, naciones y fronteras, los únicos cortafuegos posibles frente a la pandemia global.

En forma de apocalipsis viral, la pandemia nos trae un eclipse del mundialismo. Pero sus sacerdotisos, inmunes a la realidad, persistirán con sus letanías. Business as usual en Progrelandia. Lo veremos.

Implosión de la sociedad abierta

Dentro de la mitología mundialista el mito sinfronterista es inseparable del de la “sociedad abierta”. La historia de este concepto es bien conocida.

Fue Karl Popper quien, en su best-seller de 1945 La sociedad abierta y sus enemigos, utilizó esta expresión para presentar al liberalismo como culminación absoluta de la aventura humana. Este libro de Popper, más citado que leído, goza todavía de predicamento entre periodistas, financieros y políticos en ejercicio, en cuanto suministra – en forma de interpretación diletante de la filosofía occidental – la justificación de todas las fugas hacia adelante de la civilización construída a partir de 1945. Frente a quienes piensan que el corpus popperiano se reduce a una diatriba contra el totalitarismo y el “comunismo” (así lo piensan los “liberal-conservadores” ingenuos), conviene advertir que todas las ingenierías sociales posmodernistas se encuentran allí prefiguradas, en la medida en que Popper termina reduciendo la filosofía política a una forma de “tecnología social fragmentada”. Lejos de ser un resultado espontáneo del mercado libre y las libertades individuales, la “sociedad abierta” es un proyecto de ingeniería social que ha sido impulsado sistemáticamente por los poderes públicos durante las últimas décadas. A los efectos, lo que Popper nos suministra es la versión filosóficamente pretenciosa del neoliberalismo; y ese es un marco hegemónico que la crisis del COVID 19 viene a poner en cuestión. Conviene saber por qué.

La pandemia pone en juego valores que sitúan a la comunidad por encima del individuo, esos mismos valores a los que Popper, desde su posición negativa e individualista, descalificaba como “metafísicos” y “autoritarios”. La política es el ejercicio del principio de autoridad, y la urgencia sanitaria no puede subordinarse a las demoras del debate científico, ni al principio de “falsación” que Popper reivindicaba abusivamente al extender a la política la lógica del laboratorio. Las primeras consecuencias – indiscutidas – de la pandemia son la revalorización de lo público y un colosal despliegue de los atributos de la soberanía, es decir, de la capacidad para decidir sobre el estado de excepción. Asistimos a una restauración de la vertical del poder, y esto es algo que desbarata el axioma popperiano según el cual “el debate político no es esencialmente distinto del científico, y la lógica de resolución de problemas políticos no es diferente de la lógica de resolución de problemas científicos”.[4] Nos encontramos ante una crisis política y sanitaria que los científicos, por si sólos, fueron incapaces de prevenir, y ante la cual los políticos, por sí sólos, poco podrían hacer sin el auxilio de la ciencia. Pero en este escenario es preciso decidir contra reloj, entre informaciones límitadas y opciones contradictorias. Algo en lo que ni el científico ni el tecnócrata podrán nunca remplazar al hombre político. Por eso, éste es “el hombre trágico” por excelencia – nos recuerda el politólogo canadiense Mathieu Bock-Côté –.[5] La dimensión política será determinante, si lo que queremos es preservar un modelo de sociedad y cierto grado de cohesión social. Asistiremos por tanto a una recuperación de la idea de interés general, hasta ahora diluída en la idea de la “sociedad civil” y la multiplicación de minorías.

Se trata, en suma, a un retorno de lo Político, de todo eso que no puede subsumirse en la gobernanza tecnocrática y en la utopía de la “sociedad abierta”.[6]

Retorno de la comunidad

El comunismo cayó cuando la gente se cansó de esperar el paraíso. ¿Llegó el turno del globalismo?

Conviene repasar las promesas de la “globalización feliz”: circulación, conectividad, oportunidades, diversidad, innovación, riqueza. Pero para los trabajadores occidentales el resultado dista mucho de estar a la altura: desigualdad, deslocalizaciones, desindustrialización, abandono del campo, crisis migratorias, fin de las clases medias, ruptura del vínculo social, delincuencia transnacional, homogeneización turística del mundo… y pandemia. Al coronarse como “ciudadano del mundo” el virus nos desvela el secreto de la sociedad abierta: ésta no protege a nada ni a nadie, excepto a quien tiene medios para protegerse a sí mismo. Multimillonarios, especuladores internacionales, tecnocracias elitistas, oligarquías del tercer mundo, redes de tráfico de personas, mafias, hackers … y ahora el virus.

El globalismo cuenta con los medios para mantener la ilusión, al menos por un tiempo. El circo de la diversidad y sus payasos posmodernistas – con la izquierda liberasta dirigiendo la troupe –  se encargarán de ello. El victimismo de minorías, el neofeminismo histérico y las identidades sexuales fluídas seguirán estando al orden del día, show must go on. Pero su estado de gracia ya habrá pasado; en un horizonte de cadáveres apilados, payasadas las justas. Hay una realidad a retener: la plaga se ha cebado sobre los países más trabajados por el nihilismo de la sociedad abierta, sobre las sociedades que más han evacuado su identidad de pueblo, de raza o de categorías masculina y femenina. Sobre las sociedades más globalizadas, en suma. El coronavirus ofrece – señala el politólogo Hasel Paris Álvarez – una soberbia lección de geopolítica, en cuanto “señala al Homo Globalis occidental como al hombre enfermo del mundo”. Al constituirse en el epicentro mundial de la pandemia “la sociedad abierta de Europa significa sociedad en cuarentena para el resto del mundo”. Por eso, en toda justicia, el estigma mundial del coronavirus “debería recaer sobre los partidarios del libre mercado global. Es un virus capaz de delatar a los Estados débiles (incapaces de prevenir) y a las sociedades individualistas (incapaces de reacionar)”.[7] De forma significativa la expansión de la pandemia se superpone al mapa de los principales flujos turísticos, confirmando así la intuición de Philippe Muray sobre el turista como Quinto jinete del apocalipsis.

No hay como asomarse a un precipicio para aclarar las ideas. Resulta curioso ver como los dirigentes occidentales han recuperado, de forma apresurada, los marcos mentales que durante décadas habían intentado proscribir. El lenguaje se llena de símiles bélicos, de exaltación de los héroes y de moral de victoria; un vocabulario macho, heteropatriarcal y cipotudo destinado a conjurar el sufrimiento y sostener el esfuerzo colectivo (que en boca de nuestros políticos ese vocabulario – por oportunista e impostado – degenere en cursilería, es un asunto diferente que merecería desarrollo aparte). Por doquier se exalta lo que une, no lo que separa, y ahora resulta que lo que más une son las identidades arraigadas – los símbolos, los himnos y los cánticos colectivos, lo local, lo propio y lo carnal – y no los algodonosos “valores” eurolándicos, ni las minorías minoritarias con sus lamentos interseccionales. La palabra “comunidad” asoma por las boquitas de nuestros dirigentes, porque ahora resulta que somos una “comunidad”, y no un aglomerado de consumidores reunidos por el mercado en un ente administrativo llamado “Estado”. Los servicios esenciales ignoran paridades de género y visibilizan la existencia de un espontáneo reparto de funciones: abundancia de mujeres en el “sector de los cuidados” (servicios médicos y sanitarios, atención a vulnerables), abundancia de hombres en las tareas de mayor carga física (fuerzas de orden, transportistas, bomberos, repartidores, reponedores). Por si fuera poco, los estudios científicos se apoyan en las diferencias genéticas para valorar el impacto de la pandemia, y apuntan a que los índices de mortalidad también están asociados a diferencias raciales. Pero, ¿no nos habían dicho que las razas no existen?[8]

 Como un torrente largamente contenido la Realidad vuelve por sus fueros; la pandemia del coronavirus barre la pandemia mental de la corrección política.

¿La caída de Babel?

El mundo ha vivido durante tres décadas bajo la ilusión del globalismo. Las Naciones Unidas, las instituciones supranacionales y la llamada “sociedad civil” internacional (ONGs) han disfrutado de un plus de legitimidad frente a unos Estados-nación que, de forma ritual, eran acusados de incapacidad para abordar los desafíos globales. Pocas ideas han sido tan ridiculizadas como la de la soberanía nacional, ya sea porque ésta “no existe” (dogma neoliberal de que la soberanía reside en el individuo) ya sea porque se trata de un anacronismo que, según nos dicen, tiene los días contados. Pero más allá de definiciones académicas, la soberanía tiene un contenido muy prosaico. En la práctica consiste – señala el filósofo británico John Gray – en la capacidad para ejecutar de forma comprehensiva, coordinada y flexible planes de emergencia como los que los países han desplegado frente a la pandemia.[9] Es decir, para todo eso en lo que las Naciones Unidas, las organizaciones supranacionales y la sociedad civil apesebrada se han mostrado incompetentes. En la era del coronavirus los Estados-nación están de vuelta, y han llegado para quedarse. 

¿Significa esto que los globalistas van a plegar velas y a desaparecer sin más? Todo lo contrario.

Los tiempos posmodernos son los de la lucha por el “relato”. Tomando impulso de la pandemia, los globalistas se aferrarán al suyo. “Los problemas globales requieren soluciones globales” – nos dice su argumento más socorrido –, y “son precisamente las actitudes egoístas de los Estados las que impiden una respuesta mundial efectiva”. Escucharemos invocaciones tecnócratas a una “gobernanza mundial” y cogitaciones lírico-kantianas sobre una “Constitución para el planeta”.[10] Todo lo cual, en el registro eurobeato, se traduce en el mantra “más Europa”. Pero hace falta una fé del carbonero para creerse todo eso. Los partos de catedrático tipo “el gobierno mundial” están tan alejados de la realidad como sus autores.  En primer lugar, porque (se pongan como se pongan) las divisiones geopolíticas existirán siempre, y un gobierno mundial sería un premio cotizado para los Estados más poderosos. En segundo lugar, porque – como sintetiza eficazmente Hasel Paris Álvarez– “el globalismo siempre irá más despacio que la iniciativa de cada nación. Por mera física, el gobierno mundial será más lento cuanto más grande quiera ser, más ignorante cuantos más datos quiera apilar, más ilegítimo cuanta más autoridad quiera tener, más incapaz cuanto más poder quiera amasar. Con el coronavirus es posible calcular matemáticamente la inferioridad del globalismo con respecto a la soberanía nacional”.[11]  ¿Alguna prueba?

La performance de las instituciones globalistas ante la pandemia ha sido más que elocuente. Empezando por la reacción de la Organización Mundial de la Salud – lenta, ambigua y con una transparencia más que cuestionada –, y siguiendo con la de la Unión Europea, quien en su primera reacción ante la crisis ofreció la mejor caricatura de sí misma. Su gran preocupación: salvaguardar el espacio Schegen y el sacrosanto principio de las fronteras abiertas, mientras su mastodóntica burocracia era incapaz de prevenir lo que se venía encima. Los eximios eurócratas eran todavía capaces de pontificar, el 27 de febrero de 2020, que cerrar las fronteras sería “contraproductivo e ineficiente” para prevenir la expansión de la pandemia.[12] Diez días después todos echaban el cierre. Para añadir lo patético a lo ridículo, los caciques de la Eurocosa no encontraron mejor salida – ante las críticas por su gestión incompetente, burocrática y tardía – que acusar al chivo expiatorio habitual ¡Rusia! ¡Putin! de urdir contra ellos una campaña de “fake news”.

Si algo ha demostrado esta crisis es que, ante un estado de excepción generalizado, las torres de Babel del globalismo tienen los cimientos de arcilla. La salida global de la crisis sanitaria no podrá hacerse, evidentemente, sin una concertación internacional de los Estados, pero para eso será necesario que la “estafa piramidal globalista” (Hasel Paris Álvarez) no entorpezca la acción de los Estados, y que éstos no se dediquen a esperar sentados las directrices de las instituciones globalistas.[13] El planeta no es un espacio homogéneo, y los juicios políticos concretos son insustituibles para adaptar las respuestas a las necesidades particulares de cada país. La realidad internacional, plural y diversa, descarta las fantasías sobre una “gestión universal” de la pandemia. 

En una premonición siniestra, las elites globalistas – con los líderes de la Unión Europea a la cabeza ­– se reunían en Davos en 2017 con el líder chino Xi Jinping, al que aplaudían como campeón del libre comercio y de la integración internacional. Frente al villano Donald Trump.

[1] Clément Rosset, La philosophie tragique. Puf 2014, p. 19.

[2] Serge Latouche, Remember Baudrillard, Fayard 2019, pp. 237-240.

[3] Régis Debray, Éloge des Frontières. NRF Gallimard 2010, p. 18.

[4] Bhikhu Parekh, Pensadores políticos contemporáneos. Alianza Editorial 2005, p. 253.

[5] Mathieu Bock-Côté, “L´impasse de l´expertocratie et le politique”. Le Figaro 2 mayo 2020. Como apunta este autor, las relaciones entre la política y “la ciencia” están plagadas de equívocos. Ambas se prestan a una maraña de manipulaciones que Popper, en sus teorías de sofá, parece dejar de lado. Así, no es extraño que las ideologías disfracen sus pretensiones como “científicas”. Lo hizo el marxismo al predicar las leyes del desarrollo histórico. Lo hizo el nazismo con su idea de la raza. Y lo hace el mundialismo, cuando justifica en las ciencias sociales el carácter inevitable de la globalización, del libre mercado y de la superación de las naciones-Estado. En el mundo posmoderno no es extraño que los Estados se escuden en “los expertos” y “la ciencia” para justificar comportamientos erróneos, como en el caso de aquellos gobiernos que, ante la amenaza del COVID 19, por motivos políticos o por negligencia no hicieron nada.

[6] Aspecto subrayado por el filósofo Alain Finkielkraut en un artículo en Le Figaro, en el que se felicitaba de que, con la crisis del coronavirus, la política se haya impuesto de modo rotundo sobre la economía y el beneficio.

https://www.lavanguardia.com/economia/20200418/48578115103/francia-coronavirus-macron-deuda-solidaridad-ue.html

[7] Hasel Paris Álvarez, “La Geopolítica tras el Coronavirus”. https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/04/04/la-geopolitica-tras-el-coronavirus-hasel-paris-alvarez/

[8] https://www.telecinco.es/informativos/salud/coronavirus-anormal-coagulacion-causa-muerte_18_2940795124.html

[9] John Gray, “Why Coronavirus is a turning point in History”
https://www.newstatesman.com/international/2020/04/why-crisis-turning-point-history

[10] Proyecto de “Constitución para la Tierra”, idea del filósofo italiano Luigi Ferrajoli. https://elpais.com/ideas/2020-03-27/luigi-ferrajoli-filosofo-los-paises-de-la-ue-van-cada-uno-por-su-lado-defendiendo-una-soberania-insensata.html

[11] Hasel Paris Álvarez, “La Geopolítica tras el Coronavirus”. https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/04/04/la-geopolitica-tras-el-coronavirus-hasel-paris-alvarez/

[12] https://euobserver.com/coronavirus/147576

[13] A fines de enero 2020, mientras China aislaba Wuhan del resto del mundo, la Organización Mundial de la Salud seguía sin recomendar la cancelación de los viajes internacionales, ni el cierre de fronteras a los ciudadanos de países infectados. Mientras los expertos internacionales seguían debatiendo, muchos países comenzaron a cerrar fronteras. Los países europeos que más esperaron se convirtieron en epicentros de la pandemia.

Fuente: elmanifiesto.com

sábado, 2 de mayo de 2020

Propaganda Feminista

sábado, mayo 02, 2020 0
Propaganda Feminista

“Cuatro periódicos hostiles son más temibles que 1.000 bayonetas”

Atribuida a Napoleón

La palabra propaganda suele invocar imágenes relacionadas con la guerra o con regímenes totalitarios. En este artículo, por el contrario, veremos cómo también es utilizada por gobiernos democráticos durante períodos de paz, empleando como ejemplo el sesgo político y mediático en torno al discurso de género en España. Primero definiré el término y sus principales características, para después explicar cuáles son las técnicas más empleadas, y finalmente el contexto social que la favorece.

¿Qué es la propaganda?

Definir la propaganda no es fácil. Hay casi tantas definiciones como autores,[1] y existe desacuerdo en cuanto a sus matices. Como punto de partida propongo utilizar la ofrecida por el diccionario Merriam-Webster: “la propagación de ideas, información o rumores con el propósito de ayudar o perjudicar a una institución, causa o persona.” 

Como se indica en el documento Técnicas de propaganda, para evitar una definición demasiado amplia, podemos circunscribir la propaganda a cinco rasgos fundamentales:

  1. Es ideológica. Es decir, intenta vender un dogma o sistema de creencias
  2. Utiliza los medios de comunicación de masas.
  3. Oculta información. Ya sea la fuente del comunicado, su objetivo, el otro lado de la historia (especialmente relevante en nuestro caso), las técnicas utilizadas para enviar el mensaje o los resultados de la propaganda, de ser exitosa.
  4. Busca la uniformidad. Pretende establecer creencias, actitudes y/o comportamientos comunes. 
  5. Elude el proceso de razonar. Apela a la emoción, no a la razón.[2]

De esta forma se excluyen por ejemplo la mayoría de anuncios donde se pretende vender un producto, y no necesariamente una idea o sistema de creencias. Si bien como ya se indicó y veremos más adelante, no hay necesariamente acuerdo entre diversos autores, y la Real Academia Española por ejemplo sí incluye la compra y venta en su primera definición.

Partiendo de estos puntos, ¿podemos enmarcar las acciones del feminismo hegemónico (la corriente dominante del movimiento) como propaganda? No cabe duda de que propaga ideas o información para impulsar una causa, sus acciones son decididamente ideológicas, hacen uso de los medios de comunicación masivos (por ejemplo los diarios digitales) y buscan, al menos hasta cierto punto, la uniformidad de pensamiento y comportamiento. Esto último es algo que caracteriza a la mayoría de los sistemas de creencias. Por ello considero más relevante examinar los dos aspectos que nos quedan: si se oculta información o se elude el proceso de razonar.

En cuanto a ocultar información, a fin de señalar que los roles de género perjudican especialmente a la mujer, se analizan aquellas áreas donde ésta se encuentra en desventaja, mientras que se ignoran aquellas donde al varón le ocurre lo mismo. Esta forma selectiva de presentar la información puede verse con claridad es en los informes del Foro Económico Mundial para medir la brecha de género. Con objeto de aclarar la metodología en que se basarían dichos informes, los autores sopesaron dos escalas. La primera era bidireccional y medía la igualdad absoluta entre hombres y mujeres, examinando dónde cada sexo contaba con ventajas y desventajas. La segunda era unidireccional, evaluando únicamente las desventajas que las mujeres sufrían con respecto a los hombres y lo cerca que estaban de superarlas. Tras sopesar ambas escalas, los autores afirmaron que “la escala unidireccional es más apropiada para nuestros propósitos.”[3] Empleando este tipo de escala se niegan los problemas específicos del hombre para resaltar únicamente sus ventajas y la desigualdad experimentada por la mujer. De este modo la realidad se ajusta para mostrar al hombre como referente absoluto del privilegio.

Y si bien en el Foro Económico Mundial al menos se indica esta exclusión, en la mayoría de los casos se omite. El concepto “violencia de género” que en teoría sirve para definir un tipo de violencia en la pareja que afecta a la mujer, termina refiriéndose a cualquier forma de violencia que experimenta la mujer en una relación de pareja (independientemente de la motivación).[4] Así, al centrar la conversación en torno a la violencia de género, en lugar de la violencia en la pareja, se excluye la experiencia del hombre heterosexual y de las parejas homosexuales. Por su parte, Murray Straus compiló las distintas formas en que se manipula la simetría en la violencia en la pareja, mostrando casos donde se ocultan datos, se evita obtener evidencia de la mujer como maltratadora, o se escriben conclusiones que contradicen los propios datos del estudio, entre otros métodos.[5]

Lo cierto es que los ejemplos de ocultamiento de datos son muy numerosos en diversas áreas. Si nos atenemos a las denuncias falsas, se suele indicar que constituyen el 0,01%, pero no que alrededor del 77% del total de denuncias no terminan en condena.[6] La trata de personas suele identificarse con la explotación sexual femenina, mientras se ignora la laboral, los 10.000 niños varones secuestrados por Boko Haram no figuran en la narrativa de “Bring back our girls”,[7] etcétera.

Finalmente, también podemos afirmar que el discurso de género dominante suele aludir más al sentimiento más que a la razón. Por ejemplo las diferencias referidas a la brecha salarial invocan la indignación propia de una discriminación injusta, sin reparar en que las diferencias puedan deberse a distintos tipos de trabajo, horas extra, mayor participación en el trabajo temporal o a media jornada, etc.[8] El recuento de mujeres asesinadas por sus parejas masculinas también tiene el mismo propósito: ignorar las distintas causas y motivaciones que influyeron en cada caso para reducirlo todo al sexo del agresor y su relación sentimental con la víctima. Tampoco podemos olvidar casos más personales como el de la falsa violación de Málaga[9] o el de Juana Rivas, donde se apeló a la emoción y no a la razón para canalizar a la opinión pública a favor de la acusadora.

En definitiva, el discurso político y mediático sobre los asuntos de género se ajusta a la definición de propaganda y a sus principales características. Queda ahora determinar la forma en que se lleva a cabo y su contexto socio-cultural.

¿Cómo se realiza la propaganda?

De todas las técnicas utilizadas en la propaganda, la lista que aparece de forma consistente en la mayoría de los trabajos proviene de la obra de McClung y Brian Lee The Fine Art of Propaganda (El arte de la propaganda), publicada por el Institute for Propaganda Analysis (Instituto para el análisis de la propaganda). Veamos cuáles son:

  1. Name calling (llamar nombres). Implica otorgar a una idea una etiqueta negativa para condenarla sin cuestionar la evidencia.
  2. Glittering generality (generalidad reluciente). El opuesto de la anterior: asociar una etiqueta positiva a una idea para que la aceptemos sin examinar la evidencia.
  3. Transfer (transferencia). Consiste en llevar la autoridad y prestigio de algo respetado o admirado a otra cosa para hacerla aceptable. También puede realizarse a la inversa para provocar su rechazo.    
  4. Testimonial (Recomendación). Consiste en el empleo de una figura respetada para que afirme que una idea, programa o producto es bueno o malo. También se puede citar a una figura odiada para indicar la validez de la idea.
  5. Plain folks (Gente sencilla). Intenta convencer a la audiencia de que una idea es buena porque es “del pueblo” o de “gente sencilla”.
  6. Card staking (Amontonar cartas). Involucra una selección de mentiras, verdades, medio-verdades (o medio-mentiras), distracciones, ejemplos, argumentos racionales e irracionales para presentar el mejor o peor caso para una idea, política o programa.
  7. Bandwagon (Carro). Consiste en el clásico “todo el mundo lo hace”, donde se busca que el individuo busque la aprobación del grupo subiéndose al carro sin atender a los méritos de la idea.[10]

De estas siete técnicas, el feminismo hegemónico emplea cinco de ellas.

  1. Name calling. Cuando se trata de aplicar etiquetas negativas a ideas o conceptos, “masculinidad tóxica” sería un buen ejemplo. Por otra parte, se utiliza la palabra “man” (hombre) asociados a comportamientos negativos en otros neologismos como “mansplaining”, “manterrupting” o “manspreading”.
  2. Glittering generality. La más prominente sería la asociación del término feminismo con la palabra igualdad, incluso cuando se ignoran los problemas específicos del varón, defiende la asimetría penal y otras políticas desiguales basándose en sus postulados teóricos. En este sentido es bastante explícito el término “discriminación positiva.”
  3. Transfer. Quizá el caso más claro es el uso del término patriarcado. En antropología o sociología se empleaba para definir un sistema de organización familiar donde el padre tenía autoridad sobre el resto de la familia, y que era apoyado por la ley y la costumbre. En 1970 la feminista Kate Millett transformaría el término en uno de dominación masculina en general, que es cómo se suele entender en la actualidad, porque una palabra propia como “androcracia” no invocaría la misma autoridad.[11]
  4. Testimonial. La cantidad de celebridades que han dado su voz para posicionarse a favor del feminismo con discursos poco originales es bastante numerosa, pero si tuviera que citar un solo ejemplo me quedaría con el de Emma Watson, que lo hizo además desde la plataforma de Naciones Unidas. En el caso de España, el más conocido sería el de Leticia Dolera.
  5. Card stacking. La mezcla de mentiras, verdades, medias verdades y otros recursos es común en el discurso feminista. Si hablamos de mentiras y medias verdades, podemos apuntar como ejemplo la afirmación de que el 70% de los pobres a nivel mundial son mujeres,[12] que las mujeres sólo poseen el 1% de la propiedad,[13] que la mencionada brecha salarial se deba a la discriminación por ser mujer, o el 0,01% de las denuncias falsas.

No puedo decir que se utilice la técnica plain folks, puesto que su discurso tiende a ser más elitista y generalmente la gente sencilla es, por el contrario, retratada como ejemplo de comportamientos sexistas cotidianos. Tampoco se aplicaría la técnica bandwagon. Sin embargo, cuando el discurso de este feminismo hegemónico se normaliza a través de los medios e instituciones, ir en su contra tiende a dibujar las ideas de sus críticos como situadas en los extremos, al salirse de los parámetros mayoritariamente aceptados.

Más allá de estas técnicas, la obra de Lee realiza una advertencia que me parece pertinente en este apartado: cuidado con las “palabras ómnibus”. Con ellas se refiere a términos muy difíciles de definir y que tienen distintos significados para distintas personas. El mejor remedio para evitar este abuso, afirman los autores, es pedir una definición explícita.[14] En el caso que nos ocupa, ¿qué se entiende por igualdad? ¿Cómo se definen patriarcado o machismo? Y aquí añadiría que también es buena idea examinar la etimología de la palabra. Por ejemplo, si patriarcado es el “gobierno de los padres”, ¿puede aplicarse a una sociedad donde éstos pierden rutinariamente la custodia de sus hijos? Antes de entrar en cualquier debate sobre si algo es machista, patriarcal o representativo de la igualdad, aclarar las definiciones es necesario para evitar la manipulación.

Harold Lasswell destaca la importancia de los símbolos, que podrían ser palabras como las mencionadas anteriormente, además de imágenes o gestos. De hecho considera que la propaganda consiste en la manipulación o destrucción de los símbolos de una sociedad, cambiándolos o imponiendo otros.[15] En nuestro caso, un conservador podría sentir que la familia, uno de sus símbolos, está bajo asedio, mientras que alguien de izquierdas podría advertir que palabras como “igualdad” o “desigualdad” en el discurso político van perdiendo su connotación económica para identificarse cada vez más con las relaciones de género.

Lasswell también considera crítico el uso de eslóganes, particularmente en el caso de la propaganda revolucionaria, que consisten en frases pegadizas que resumen ideas esenciales para guiar a las masas. En los regímenes comunistas era habitual que las políticas fueran resumidas a eslóganes, e incluso muchos veteranos del partido hablarían del pasado afirmando que “nuestro eslogan en aquel momento era…”[16] El feminismo hegemónico no ha realizado un uso tan sistemático de los eslóganes, pero todavía nos quedan algunos como “nos queremos vivas”, “ni una menos”, “el violador eres tú” y algunos puntuales como “Juana está en mi casa”, referido al caso Rivas. El más relevante en este momento sería “hermana, yo sí te creo”, que hace hincapié en el valor del testimonio de la mujer para determinar la culpabilidad del hombre acusado.

En cuanto a la extensión de la propaganda, Trevor Morris y Simon Goldsworthy afirman que:

…los propagandistas explotan todas las posibilidades para influenciar el pensamiento y la acción humana (…) incluyendo la educación escolar, todas las formas de arte, arquitectura, diseño interior, literatura, música, ropa, publicidad, charlas, ritual, ceremonia, desfiles, deporte… cualquier cosa y cualquier lugar donde los sentidos humanos pueden ser abordados de forma que capaciten a personas para influenciar a otras.[17]

Aunque aquí se incluye la educación escolar, otros autores como Lasswell consideran que la propaganda promueve actitudes controvertidas mientras que la educación transmite actitudes aceptadas.[18] Sea como sea, no cabe duda de que el feminismo hegemónico tiene una fuerte presencia en el ámbito educativo, y que promueve sus ideas en distintas áreas, emitiendo juicios que van desde el diseño de los pechos en el personaje de un videojuego hasta cómo debe administrarse la justicia, actuando a modo de casta sacerdotal.

Por supuesto no podía dejar al margen la Historia. En el pasado la propaganda podía emplearse para generar conocimiento histórico, es decir, para que una versión del pasado se considerara la oficial, como describe James Ferguson en su artículo sobre Alejandro Magno.[19] Aunque esto no lo hace el feminismo hegemónico, sí tiende a estereotipar, simplificar o deformar la Historia, creando una falsa memoria colectiva en determinadas áreas, como por ejemplo la caza de brujas, que ya fue examinada en este espacio.[20] Por su parte, la división en “olas” del feminismo, tiende describir a todas las sufragistas como feministas, pese a que en su momento se consideraran dos grupos diferenciados donde el feminismo era minoritario y hubiera sufragistas que rechazaran dicha etiqueta.[21]

¿Por qué la propaganda?

No existe acuerdo sobre el impacto real de la propaganda, con varios estudios indicando que muchos o incluso la mayoría de los individuos resiste mensajes incongruentes con sus opiniones prestablecidas. Ello no quiere decir, sin embargo, que no tenga efecto alguno.[22] Como señala Robert Entmant refiriéndose al encuadre periodístico (framing), al decidir tratar ciertos temas o ángulos y excluir otros, se orienta el debate público hacia una dirección:

Cuando los medios moldean los temas sobre los que piensa la gente, lógicamente tienen influencia en lo que piensan (…). Las élites monitorizan la actitud del público porque quieren que la gente se comporte en formas que favorezcan o pasivamente consientan las elecciones de la élite. Inducir a la gente a pensar (y comportarse) como se desea requiere que las élites seleccionen cosas que contarles, y cosas que no contarles, incrustando pistas sobre cómo esta pequeña narrativa tiene sentido con sus valores y actitudes establecidas. Dado que el poder es la habilidad de hacer que otros actúen como uno quiere, y asumiendo que la coerción no es una opción, ejercer poder para afectar el comportamiento en una democracia requiere encuadre (decirle a la gente sobre lo que pensar) a fin de influenciar las actitudes que moldean su comportamiento.[23]

Algo que revelé en esta bitácora y que sorprendió a muchos fue el hecho de que en Irán entre 1980 y 2010 se ejecutaran mediante lapidación a más hombres que mujeres por infidelidad conyugal.[24] Pero nadie puede saberlo si no se publica. De hecho, no pocas personas piensan que la lapidación se reserva exclusivamente a la mujer, porque es la imagen que frecuentemente proyectan los medios.

Jacques Ellul nos proporciona una perspectiva realmente interesante para determinar en qué contextos la efectividad de la propaganda es mayor. Para que la propaganda triunfe, la sociedad debe cumplir dos condiciones: ser individualista y de masas. En principio puede parecer contradictorio, pero no lo es. El individuo rompe o debilita sus vínculos con la familia, la parroquia, la hermandad, la aldea y ahora se encuentra solo, frente a frente con la sociedad en lugar de a través de estos grupos, con los que tenía una vida espiritual, material y emocional difícil de penetrar para la propaganda.[25] Sólo el individuo desarraigado puede ser parte de la masa. Es la incertidumbre permanente, la movilidad social, la ausencia de protección sociológica y marcos de referencia tradicionales lo que proporciona un marco propicio para el condicionamiento de la propaganda.[26]

Ellul presenta al campesinado como ejemplo de un grupo estable y difícilmente influenciable por la propaganda, señalando las dificultades de nazis y comunistas para hacerles llegar su mensaje.[27] El hombre actual en cambio es, en sus palabras, “una víctima del vacío. Un hombre desprovisto de significado. Está muy ocupado pero también emocionalmente vacío, abierto a todos los ruegos y en busca de una sola cosa: llenar ese vacío. (…). Está disponible y listo para la propaganda. Es el hombre solitario.”[28] La propaganda llenaría ese vacío:

[esa] necesidad de compartir y sentirse miembro de una comunidad, de perderse en un grupo, de abrazar una ideología colectiva que ponga fin a la soledad (…). La propaganda es el remedio para la soledad. [Corresponde a la necesidad de] creer y obedecer, escuchar fábulas y comunicarse en el lenguaje de los mitos” (…) Todo esto vuelve al hombre contra la información, que no puede satisfacer ninguna de estas necesidades, y le lleva a tener más apetito por la propaganda, que sí puede satisfacerlas.[29]

Si bien la propaganda puede no ser efectiva con todas las personas o en todos los contextos, la información y el debate tampoco lo sería con aquellas personas que abrazan la propaganda para cubrir una necesidad emocional. Numerosos argumentos del feminismo hegemónico, como los relativos a la brecha salarial, han sido rebatidos incontables veces, pero vuelven a reaparecer constantemente. Y aunque no planteo que ésta sea la única razón que explique el fenómeno, sí considero que debería ser valorada.

Conclusiones

Quisiera cerrar este artículo con una última pregunta: ¿es la propaganda necesariamente mala? Aquí diversos autores discrepan. Para McClung y Brian Lee, la propaganda puede ser tolerable si se amolda a los principios democráticos, preservando y extendiendo la democracia. Para Ellul, por el contrario, la propaganda como herramienta termina corrompiendo incluso los fines más loables. Un punto en el que sí existe acuerdo es en la condena del monopolio de la propaganda. Como afirmaron los Lee: “lo realmente despiadado no es la propaganda, sino su monopolio (…). Cualquier propaganda o acto que se dirige a reducir nuestra libertad para debatir asuntos de importancia (…) es antidemocrático.”[30] Algo que desgraciadamente vemos con asiduidad en los medios cuando se tratan asuntos de género, donde las voces disidentes rara vez se encuentran más allá de las secciones de comentarios, o como mucho quedan relegadas a los diarios provinciales.

Para otros autores como Gerardo Albistur, por el contrario, es justamente el monopolio lo que caracteriza la propaganda:

Cuando la representación se anula, la información se somete a controles y la expresión de las propias opiniones se restringe, ya no puede hablarse de comunicación política sino de propaganda; y cuando la propaganda domina, la comunicación circula forzosamente en una única dirección, al tiempo que se limitan las voces disidentes y perturbadoras.[31]

Bertrand Russell afirmaba que la verdadera igualdad de oportunidad entre las opiniones sólo es posible cuando existe libertad de pensamiento, y que la cura requería una mejor educación y una opinión pública más escéptica.[32] En un momento en el que el profesorado activista y la pedagogía feminista empiezan a ser cada vez más comunes,[33] los cambios en el terreno educativo probablemente tardarán en llegar, pero no cabe duda de que la opinión pública es cada vez más escéptica y cada año se escuchan más voces críticas. El tiempo dirá si este aumento será suficiente para que se establezca una verdadera pluralidad de opiniones, pero reconocer la propaganda a la que nos somete el discurso de género dominante es el primer paso para llegar a ese destino.

Anexo. Comentarios de Adolf Hitler sobre la propaganda

Hasta el último momento no me decidí a incluir este texto de Adolf Hitler. Ya fuera porque Hitler y Joseph Goebbels son demasiado conocidos cuando se habla de propaganda, porque se pudiera invocar la ley de Godwin, o porque es injusto asociar al feminismo prácticas que también se dan fuera de éste y que realizan tanto la izquierda como la derecha.

En cualquier caso, terminé incluyendo estos comentarios de Hitler porque cubren un punto clave: el énfasis en descripciones simplistas e interesadas para describir realidades complejas. Por ejemplo: la brecha salarial se debe la discriminación sexista; la violencia hacia la pareja femenina, al deseo de dominación masculino; la violación, a un deseo de poder, etc. Sin más dilación, les dejo ahora con el texto:

La psique de las masas no es receptiva a nada que sea poco entusiasta y débil (…) ¿A quién debe dirigirse la propaganda? ¿A la intelectualidad científicamente capacitada o a las masas menos educadas? Debe dirigirse siempre y exclusivamente a las masas. (…) Toda propaganda debe ser popular y su nivel intelectual debe ajustarse a la inteligencia más limitada entre las personas a las que se dirige. En consecuencia, cuanto mayor sea la masa que se pretende alcanzar, menor tendrá que ser su nivel puramente intelectual. (…) El arte de la propaganda consiste en comprender las ideas emocionales de las grandes masas y encontrar, a través de una forma psicológicamente correcta, el camino hacia la atención y de allí al corazón de las grandes masas. El hecho de que nuestros brillantes chicos no lo entiendan demuestra sencillamente cuán vagos y engreídos son mentalmente.

Cuando entendemos lo necesario de que la propaganda se ajuste a las masas, se obtiene la siguiente regla: Es un error hacer propaganda que cubra múltiples ángulos, como la instrucción científica, por ejemplo. La receptividad de las grandes masas es muy limitada, su inteligencia es escasa, y su poder de olvidar enorme. En consecuencia, toda la propaganda efectiva debe limitarse a unos pocos puntos y debe insistir en ellos mediante consignas hasta que el último miembro del público comprenda lo que quiere que se comprenda con su eslogan. Tan pronto como sacrifiques este eslogan e intentes ser multifacético, el efecto desaparecerá, ya que la multitud no puede digerir ni retener el material ofrecido. De esta manera, el resultado se debilita y al final se cancela por completo. (…)

La gran masa de una nación no consiste en diplomáticos o profesores de derecho político. Ni siquiera en personas capaces de formarse una opinión racional. Consiste en simples mortales, vacilantes e inclinados a la duda y la incertidumbre. Tan pronto como nuestra propia propaganda admita el mínimo destello de razón a nuestro oponente, se habrán sentado las bases para la duda en nuestras propias razones. (…)

Las personas en su abrumadora mayoría son tan femeninas por naturaleza y actitud que el razonamiento sobrio determina sus pensamientos y acciones mucho menos que las emociones y los sentimientos. (…) Pero la técnica propagandista más brillante no tendrá éxito a menos que se tenga en cuenta un principio fundamental constantemente y con atención incansable. Debe limitarse a unos pocos puntos y repetirlos una y otra vez. Aquí, como tan a menudo en este mundo, la persistencia es el primer y más importante requisito para el éxito. (…)

El propósito de la propaganda no es proporcionar una distracción interesante para indiferentes jóvenes caballeros, sino convencer, y lo que quiero decir es convencer a las masas. Pero las masas se mueven lentamente, y siempre requieren un cierto tiempo antes de que estén listas, incluso para notar algo, y sólo después de que se repitan las ideas más simples miles de veces, las masas finalmente las recordarán (…) [Durante la Primera Guerra Mundial] al principio las afirmaciones de la propaganda [enemiga] eran tan descaradas que la gente las consideraba una locura; más tarde, los puso de los nervios ; y al final, las creyeron. (…)[34]


Notas

[1] Mind over Media recoge hasta ocho definiciones. Media Education Lab, «What Is Propaganda?», Mind Over Media, 2015, https://propaganda.mediaeducationlab.com/learn.

[2] «The Techniques of Propaganda» (Cengage Learning, s. f.), 4, https://www.cengage.com/resource_uploads/downloads/0534619029_19636.pdf.

[3] Ricardo Hausmann, Laura Tyson, y Saadia Zahidi, «The Global Gender Gap Report 2009» (Geneva: World Economic Forum, 2009), 14, http://www3.weforum.org/docs/WEF_GenderGap_Report_2009.pdf. La cita completa afirmaba: “El tipo de escala escogida determina si el índice recompensa el ‘empoderamiento femenino’ o la ‘igualdad de género’. Para capturar la ‘igualdad de género’ dos posibles escalas fueron consideradas. Una era la escala ‘positiva-negativa’, capturando el tamaño y la dirección de la brecha de género. Esta escala esencialmente penaliza tanto las ventajas de los hombres sobre las mujeres como las ventajas de las mujeres sobre los hombres, y da los máximos puntos a la igualdad absoluta. La segunda era una escala ‘unidireccional’ que mide lo cerca que están las mujeres de alcanzar la paridad con respecto a los hombres pero no recompensa o penaliza a los países por tener una brecha de género en la otra dirección. Por tanto no recompensa a los países por haber excedido el punto de referencia de la igualdad. Consideramos que la escala unidireccional es más apropiada para nuestros propósitos.”

[4] Isabel Valdés, «Ya no hará falta probar la intención machista para que una agresión sea violencia de género», El País, 9 de enero de 2019, sec. Sociedad, https://elpais.com/sociedad/2019/01/08/actualidad/1546959665_854962.html.

[5] Murray A. Straus, «Thirty Years of Denying the Evidence on Gender Symmetry in Partner Violence: Implications for Prevention and Treatment», Partner Abuse 1, n.o 3 (1 de julio de 2010): 332-62, https://doi.org/10.1891/1946-6560.1.3.332.

[6] Bou, «La bula de las denuncias falsas», El saco del Coco (blog), 4 de febrero de 2019, https://medium.com/el-saco-del-coco/la-bula-de-las-denuncias-falsas-b5f884966d6f.

[7] Drew Hinshaw y Joe Parkinson, «The 10,000 Kidnapped Boys of Boko Haram», Wall Street Journal, 12 de agosto de 2016, sec. Articles, http://www.wsj.com/articles/the-kidnapped-boys-of-boko-haram-1471013062.

[8] Josu, «Desigualdad salarial (2): ¡No es por el mismo trabajo!», Malaprensa (blog), 25 de febrero de 2014, http://www.malaprensa.com/2014/02/desigualdad-salarial-2-no-es-por-el.html.

[9] Daniel Jiménez, «Lo que la falsa denuncia de Málaga nos revela sobre el pensamiento feminista», Hombres, género y debate crítico (blog), 21 de septiembre de 2014, https://hombresgeneroydebatecritico.wordpress.com/2014/09/21/lo-que-la-falsa-denuncia-de-malaga-nos-revela-sobre-el-pensamiento-feminista/.

[10] Alfred M. Lee y Elizabeth B. Lee, eds., The Fine Art of Propaganda: A Study of Father Coughlin’s Speeches (New York: Harcourt, Brace and Company, 1939), 23-24.

[11] Kaku Sechiyama, Patriarchy in East Asia: A Comparative Sociology of Gender (Leiden: BRILL, 2013), 8-14.

[12] Sylvia Chant, «The ‘Feminisation of Poverty’ and the ‘Feminisation’ of Anti-Poverty Programmes: Room for Revision?», The Journal of Development Studies 44, n.o 2 (febrero de 2008): 165-97, https://doi.org/10.1080/00220380701789810.

[13] Glenn Kessler, «The zombie statistic about women’s share of income and property», The Washington Post, 3 de marzo de 2015, sec. Fact Checker, https://www.washingtonpost.com/news/fact-checker/wp/2015/03/03/the-zombie-statistic-about-womens-share-of-income-and-property/.

[14] Lee y Lee, The Fine Art of Propaganda, 18.

[15] Harold D. (Harold Dwight) Lasswell y Dorothy Blumenstock, World Revolutionary Propaganda. A Chicago Study (New York: A. A. Knopf, 1939), 9.

[16] Lasswell y Blumenstock, 107-8.

[17] Trevor Morris y Simon Goldsworthy, PR- A Persuasive Industry?: Spin, Public Relations and the Shaping of the Modern Media (New York: Palgrave Macmillan, 2008), 109.

[18] Lasswell y Blumenstock, World Revolutionary Propaganda. A Chicago Study, 10.

[19] R James Ferguson, «Propaganda as “Knowledge” Production: Alexander the Great, Piety, Portents and Persuasion» 12, n.o 2 (2017): 48.

[20] Daniel Jiménez, «Caza de brujas y denuncias falsas: lecciones para el presente», Hombres, género y debate crítico (blog), 23 de agosto de 2014, https://hombresgeneroydebatecritico.wordpress.com/2014/08/23/caza-de-brujas-y-denuncias-falsas-lecciones-para-el-presente/; También pueden leer sobre este tema a Adam Jones, «Gendercide Watch: European Witch-Hunts», Gendercide Watch, accedido 25 de mayo de 2016, http://www.gendercide.org/case_witchhunts.html.

[21] Nancy F. Cott, The Grounding of Modern Feminism (New Haven and London: Yale University Press, 1987), 15; Linda Nicholson, «Feminism in “Waves”: Useful Metaphore or Not?», en Feminist Theory Reader: Local and Global Perspectives, ed. Carole Mccann y Seung-kyung Kim (New York and Abingdon: Routledge, 2013), 50.

[22] Robert M. Entman, «Media Framing Biases and Political Power: Explaining Slant in News of Campaign 2008», Journalism: Theory, Practice & Criticism 11, n.o 4 (agosto de 2010): 392, https://doi.org/10.1177/1464884910367587.

[23] Entman, 392. [Énfasis en el original]

[24] Farshad Hoseini, «List of known cases of death by stoning sentences in Iran (1980-2010)» (International Committee against Execution, 2010), 5-8, http://stopstonningnow.com/wpress/SList%20_1980-2010__FHdoc.pdf.

[25] Jacques Ellul, Propaganda. The Formation Of Men’s Attitudes, trad. Konrad Kellen y Jean Leaner (New York: Vintage Books, 1973), 90-91.

[26] Ellul, 92.

[27] Ellul, 93.

[28] Ellul, 147.

[29] Ellul, 148. [Énfasis añadido]

[30] Lee y Lee, The Fine Art of Propaganda, 18-19.

[31] Gerardo Albistur, «Comunicación, propaganda y democracia en tiempos de la proliferación de información», Argumentos 30, n.o 85 (2017): 225.

[32] Bertrand Russell, Free Thought and Official Propaganda (New York: Watts & Co, 1922), 35.

[33] Ana Torres Menárguez, «Así son las nuevas pedagogías feministas», El País, 27 de febrero de 2018, sec. Formación, https://elpais.com/economia/2018/02/25/actualidad/1519556511_175919.html.

[34] Adolf Hitler, Mein Kampf, trad. Ralph Mannheim (Boston: Houghton Mifflin, 1943), 42, 179-85, http://college.cengage.com/history/primary_sources/west/the_art_of_propaganda_hitler.htm.


Fuente:  hombresgeneroydebatecritico.wordpress.com

martes, 28 de abril de 2020

El Covid-19 y el problema de la verdad

martes, abril 28, 2020 0
El Covid-19 y el problema de la verdad

O bien es un virus producido por la misma Naturaleza, debido a una mutación al azar; o bien es artificial, creado en un laboratorio chino, y se escapó accidentalmente debido a un fallo de seguridad; o bien es artificial, pero ha sido diseminado de manera intencionada, con algún tipo de propósito oculto que también será necesario identificar.

1. El discutido origen de un virus

A cualquier ciudadano, y en particular a mí mismo como profesor de Filosofía, se le plantean continuamente situaciones ante las cuales le resulta necesario tomar partido. Esto que veo, o que escucho, ¿me parece bien o mal? Y, ante todo y para empezar, ¿es verdad o no es verdad? Así ha sucedido también con la cuestión de la pandemia del coronavirus Covid-19, sobre cuyo origen caben tres opciones: o bien es un virus producido por la misma Naturaleza, debido a una mutación al azar; o bien es artificial, creado en un laboratorio chino, y se escapó accidentalmente debido a un fallo de seguridad; o bien es artificial, pero ha sido diseminado de manera intencionada, con algún tipo de propósito oculto que también será necesario identificar.

La primera teoría es la más tranquilizadora, la que muchos seres humanos preferirían creer. No hay ninguna mano negra detrás de la tramoya del mundo. Se producen continuamente mutaciones víricas, y la del Covid-19 es simplemente una más. La explicación del mercado de Wuhan parece plausible. Además, resulta reconfortante poder confiar en la sinceridad de las autoridades. La desconfianza permanente nos lleva al estrés mental y al desasosiego. No es que prefiramos la pastilla azul de Matrix: es que creemos que las cosas son tal como parecen: si los conspiranoicos optan por otro camino, allá ellos. La navaja de Occam, el principio de economía, nos dice que la explicación más sencilla suele ser también la más probable: entia non sunt multiplicanda… Además, el pensamiento crítico e incluso la sofisticación intelectual están de nuestra parte. Richard Dawkins siempre resulta una apuesta segura.

Por mi parte, si no encontrase realmente argumentos para desconfiar de la versión oficial, no tendría ningún problema en adscribirme a ella. Por ejemplo, respecto al tema de la celebérrima conspiración lunar (“¿llegamos realmente a la Luna en 1969?”), un estudio serio de la cuestión obliga a reconocer que sí, que llegamos, por querida que se nos haya vuelto a muchos —a base de su frecuencia en la cultura popular— la teoría conspirativa por excelencia (y sin que ello signifique que no se nos haya podido ocultar otro tipo de información altamente relevante acerca de los viajes a la Luna). Así que sigamos al viejo Aristóteles, menos pasado de moda de lo que parece: la verdad es la adaequatio intellectus ad rem… Y si la res es de una determinada manera, no hay más remedio que admitirlo.

Ahora bien: resulta que sí hay motivos para desconfiar de la versión oficial. Y no sólo porque el esquema del mito platónico de la caverna esté presente en prácticamente cualquier situación social o política (los poderosos, los “titiriteros” detrás de la pared, siempre nos muestran la realidad como a ellos les interesa que la veamos), de manera que, por principio, hay que poner en duda la veracidad de lo dicho por “las autoridades”. No sólo por esto —que también— es aconsejable la duda, sino por una serie de razones objetivas que paso a detallar.

En primer lugar, las propias características del Covid-19, muy peculiares respecto a todos los demás coronavirus conocidos hasta ahora. Baja tasa de letalidad, pero altísima resistencia fuera del cuerpo humano, largo periodo de incubación sin síntomas: todo lo cual facilita una transmisibilidad o contagiabilidad sin precedentes. Sólo produce efectos graves en un porcentaje muy pequeño de individuos, pero constituye el virus ideal para producir no una verdadera pandemia stricto sensu, pero sí una epidemia de pánico social a escala planetaria, contando con la inestimable labor de los medios de comunicación de masas (como ha observado Yuval Harari, en el siglo XV el Covid-19 habría pasado completamente inadvertido): una epidemia de pánico social que derive en una catástrofe económica y provoque transformaciones políticas, económicas, psicológicas y culturales de fondo que van infinitamente más allá del aspecto sanitario de lo que realmente es una pseudopandemia.

Así que el Covid-19, o SARS Cov 2 —que es como debería llamarse; pero este nombre, el original, ya ha sido sutilmente censurado—, es, como mínimo, muy extraño. Aunque se nos dirá: “Sí, puede presentar unos rasgos peculiares, pero eso no significa necesariamente que haya sido diseñado: puede haber surgido de manera natural, y de hecho es lo que afirma la mayoría de científicos entendidos en el tema”.

Bien, de acuerdo, todo esto es cierto; pero vamos a introducir algunas precisiones. En primer lugar, el Covid-19 es, como he dicho, cuanto menos, muy peculiar como coronavirus, y (según reconocen expertos en bioterrorismo e inteligencia militar) parecería completamente adaptado a una finalidad de guerra psicológica e ingeniería social dadas las particulares características de las sociedades desarrolladas contemporáneas. Y en cuanto a la opinión de los científicos, tengamos en cuenta que entre la mayoría de virólogos que afirman que el coronavirus de Wuhan es de origen natural puede haber, simplemente, un conocimiento insuficiente o superficial del tema y, sobre todo, aparte de una profunda aversión a todo lo “alternativo” y pseudocientífico (ufología, homeopatía, antivacunas, etc.), al menos entre una parte de ellos el miedo a decir en público lo que piensan en privado, dado el precio que saben que tendrían que pagar por tal osadía. Es el “miedo a mojarse”, a quedar señalado como “alarmista”, “conspiranoico”, “prorruso” o “simpatizante de la extrema derecha”, por ejemplo. Resulta evidente que el establishment político y científico defiende la tesis del mercado de Wuhan como origen de la pandemia; y, como científicos con prestigio académico, conocen las presiones que existen y saben que ir contracorriente significaría arriesgar su posición y ser arrojados a las tinieblas exteriores a las que se expulsa a los disidentes y malditos.

Creo que todo esto que digo no es absurdo, pero desde luego tampoco resulta aún mínimamente concluyente. ¿Hay alguna razón más para dudar de la tesis del origen natural del Covid-19? En mi opinión, sí; y no sólo del origen natural, sino también del posible escape accidental del laboratorio de Wuhan. En lo que sigue no pretendo aportar ninguna información novedosa, nada que no esté circulando ya hace varias semanas por los foros alternativos de Internet. Me he limitado a recopilar y ordenar los argumentos que me parecen más consistentes, para al final aportar una reflexión filosófica que sí será, digamos, de mi propia cosecha.

 2. El Covid-19, ¿un virus de diseño?

En primer lugar, desde hace ya al menos un par de décadas existe la posibilidad técnica de manipular virus por ingeniería genética para crear virus-quimera. Si estuviésemos, digamos, en 1980, esto aún no habría sido posible. De manera que la capacidad técnica ya está disponible, dado el estado de desarrollo de la bioingeniería actual.

En segundo lugar, existen laboratorios dedicados a este tipo de experimentación, dentro de programas de guerra bacteriológica o de proyectos sanitarios civiles pero susceptibles de uso militar. El laboratorio P-4 de Wuhan es uno de ellos (aunque esto no signifique necesariamente que el Covid-19 haya sido desarrollado allí).

En tercer lugar, sabemos que, desde hace varios años, se está experimentando en la creación de coronavirus con “capacidades mejoradas”, tal como se deduce de la lectura del artículo publicado en Nature Medicine en noviembre de 2015 que motivó, pocos días después, la información ofrecida por el programa de la RAI TGR Leonardo sobre los experimentos chinos con coronavirus. Es cierto que el virus del que se hablaba en ese programa no era el Covid-19, pero también lo es que se informaba de que se estaba investigando sobre la posible modificación de coronavirus para que pudiesen pasar directamente del murciélago al tracto respiratorio humano. Como mínimo, resulta lícito preguntarse bajo qué directrices y con qué propósitos se efectúan tal tipo de investigaciones.

En cuarto lugar, en marzo de 2020 un grupo de científicos indios se atrevió a hacer público un análisis que mostraba las inserciones artificiales en la secuencia genética del Covid-19: unas inserciones que servían para construir la “llave” que le sirve al Covid-19 para “abrir la cerradura” de las células del aparato respiratorio humano e infectarlas (pero, como ya hemos dicho, siguiendo un proceso inusualmente lento, de manera que el sujeto pase varios días asintomático, dándole así tiempo a infectar a otras muchas personas y extender la enfermedad). Sin embargo, ante las enormes presiones recibidas, estos científicos indios fueron obligados a retractarse y, de hecho, ya en la segunda quincena de abril de 2020 su investigación parece haber desaparecido de Internet, o al menos haber quedado sospechosamente oculta en páginas de difícil acceso.

Y en quinto lugar, una voz de reconocido prestigio como el virólogo francés Luc Montagnier, descubridor del VIH en 1983 y Premio Nobel de Medicina en 2008, ha dicho públicamente que, después de estudiar la secuencia genética del Covid-19, le parece evidente que se trata de un virus diseñado en laboratorio, y que nunca podría haber surgido por una mutación al azar. Parece lógico pensar que, si se ha atrevido a decirlo, se debe a que sabe que su prestigio científico y su posición personal lo convierten en una figura inatacable. Es decir, lo piensa y puede permitirse el lujo de decirlo públicamente. Eso no significa que no pueda equivocarse (el argumento de autoridad nunca es definitivo), pero al menos da que pensar.

Todo lo anterior apoya mi convicción de que el Covid-19 no es un virus natural, como pudieron serlo los del Zika, el SARS o el Ébola. Comprendo que es mucho más cómodo tomar la pastilla azul (querer estar siempre en el lado de la pastilla roja te puede desestabilizar a nivel psíquico o desquiciar a nivel filosófico) y quedar cómodamente instalado en los relatos de la Matrix; y, como ya he dicho, no tendría empacho en admitir la versión oficial si honradamente me pareciese cierta. Pero resulta que no me lo parece ni en cuanto al origen natural del Covid-19 (por cierto: he olvidado decir que la tesis del mercado de animales vivos de Wuhan no está probada en absoluto y se da por buena de manera acrítica) ni en cuanto al escape accidental del virus del laboratorio de Wuhan (hipótesis que defiende Montagnier).

3. La tesis de la propagación intencionada

Entramos aquí en territorio ya puramente conspiranoico: porque lo que se trata de dilucidar es nada menos que la posible diseminación intencionada del coronavirus. Entramos también en la “batalla por el relato”, ya que China, que hace algunas semanas parecía ir ganando este combate y adquiriendo prestigio y soft power ante el mundo por su enérgica y al parecer eficaz gestión de la pandemia, ahora camina sobre el filo de la navaja, temiendo que finalmente se imponga ante la opinión pública mundial la tesis de una posible negligencia en el laboratorio P-4 de Wuhan como origen de la pandemia.

Resulta muy comprensible la resistencia psicológica a entrar en este tipo de consideraciones. Los seres humanos necesitamos creer en un orden del mundo básicamente bondadoso. Los psicólogos especialistas en cuentos infantiles saben que es esencial que el cuento termine bien: eso estructura correctamente la imagen del mundo que se va formando el niño. Los niños no conciben que sus padres puedan divorciarse. Los adultos necesitan confiar en el sistema: si incluso los fundamentos más básicos se tambalean… La gente quiere pensar que la policía está ahí para defenderla. En cuanto a los políticos, la publicidad y todo eso, sí, sabemos que nos mienten y nos manipulan en muchos temas; pero nos resistimos a pensar que exista una Gran Mentira, y mucho menos una Gran Conspiración. ¿No desacreditó Umberto Eco todas las conspiraciones, todos los “Protocolos de los Sabios de Sión”, en El péndulo de Foucault? Contra esas lucubraciones tóxicas, simiente de odios y genocidios, proponía la certidumbre empirista de la percepción sensorial inmediata, que, arrancándote de tales quimeras, te reinstala de nuevo en la realidad efectiva del mundo.

Y, sin embargo, puede que la Gran Conspiración no sea un simple mito fácilmente desacreditable. Existen razones que abonan la tesis de una propagación intencionada de la pandemia —pseudopandemia, para ser exactos— del Covid-19. No razones totalmente demostrativas, pero me parece que sí muy dignas de una seria consideración.

En primer lugar, tenemos el hoy ya célebre —al menos en el Internet alternativo— “Evento 201”. Resulta que el 18 de octubre de 2019 se celebra en Nueva York, organizado por el Centro John Hopkins para la Seguridad Sanitaria, el Foro Económico Mundial y la Fundación Bill & Melinda Gates un simulacro de pandemia por coronavirus que, visto en retrospectiva, prácticamente calca todo lo que está sucediendo con la pandemia del Covid-19. Bien es cierto que los datos son distintos y que, por ejemplo, en el simulacro se preveían 65 millones de muertes; pero no deja de ser llamativo que, seis semanas antes del inicio de la pandemia en China, instituciones de primer nivel mundial realicen una simulación que más parece un ensayo general que otra cosa. Por supuesto, se nos dirá que, si leemos las conclusiones del simulacro, lo que hay allí son las recomendaciones que hoy se están poniendo en práctica para luchar contra los efectos de la pandemia y que, por tanto, el objetivo era totalmente laudable y comprensible. Ahora bien: que se ofrezca tal tipo de conclusiones y recomendaciones es algo que hay que dar por descontado; lo que se debe considerar es si, por debajo de la superficie, totalmente respetable, del Evento 201, en realidad lo que se escondía era la información reservada de que precisamente ese tipo de urgencia sanitaria se iba a desencadenar apenas seis semanas después. Desde luego, no podemos probar fehacientemente tal cosa, pero me parece que da mucho que pensar que se celebre un simulacro de pandemia por coronavirus con amplia presencia de personalidades de la élite globalista unas semanas antes de que estalle efectivamente una emergencia de tal tipo.

En segundo lugar —y es para mí el argumento fáctico más fuerte a favor del carácter premeditado de la pandemia—, prestemos atención a las ya célebres portadas de The Economist. Para ser sincero, hasta hace pocas semanas yo mismo no sabía que esta publicación británica está considerada casi oficialmente como “la revista de la Élite globalista” ni que, en círculos conspirativos, se ha convertido ya en una tradición analizar los mensajes en clave que aparecen en la portada del número de diciembre, donde se analizan los fenómenos y tendencias más determinantes del año que se apresta a comenzar.

"The Economist", la revista de la Élite globalista

Pues bien: resulta que en el número de diciembre de 2018, titulado “The World in 2019” y que tiene como figura central al Hombre de Vitrubio, aparece en la zona inferior… ¡un pangolín! Repitámoslo, atónitos: a finales de 2018, la revista económica y política de la Élite Mundial, de la City Londinense, de la familia Rothschild, del Club Bilderberg o como queramos llamarla, incluye en su famosa portada de final de año el dibujo de un animal cuya misma existencia era desconocida para el común de los mortales, que los mismos analistas conspirativos no se explicaron entonces qué pintaba ahí, pero que a finales de 2019 se haría mundialmente conocido como posible animal transmisor intermedio del Covid-19 según la tesis oficial. Si aquí no hay un argumento de peso para sospechar que ya entonces se había trazado un plan en el que el pangolín tendría un protagonismo destacado, ¿entonces dónde lo habrá?

Y por cierto: la portada de The Economist de diciembre de 2019, “The World in 2020”, tampoco deja indiferente a nadie. Consiste en una tabla optométrica —la que usan los oculistas para medir la agudeza visual— que, en sus últimas líneas, incluye las palabras “rat” (“rata”, símbolo universal de las epidemias desde la Peste Negra) y “nightingale” (“golondrina”; el único significado visible de tal palabra en este contexto parece ser una referencia a Florence Nightingale, fundadora de la Enfermería moderna). Pues bien: este número de The Economist se prepara, como muy tarde, en noviembre de 2019, cuando todavía no existía ni la más leve sospecha acerca de las dimensiones que iba a adquirir la pandemia del Covid-19… salvo —claro— entre quienes ya disponían de información privilegiada acerca del plan en curso. Los analistas conspirativos que a principios de diciembre de 2019 interpretaban esa portada veían en ella, entre otras cosas, un fuerte patrón que apuntaba hacia algún tipo de emergencia sanitaria; pero aún no la relacionaban con el coronavirus de Wuhan, que por aquel entonces todavía no ocupaba lugar alguno en los grandes medios de comunicación internacionales.

Así que, a mi modo de ver, los indicios se van acumulando uno tras otro… Sin ser totalmente probatorios, por supuesto, pero creo que sí muy significativos desde un punto de vista estrictamente racional. No negamos la posibilidad de que pueda existir una explicación alternativa para todos estos enigmas de The Economist; y, además, ¿cómo iban a ser tan imprudentes como para dejar por adelantado tales pistas acerca de sus planes? Salvo que mostrar esas pistas forme parte de un juego psicológico, simbólico y hasta ritual, a lo cual, por cierto, sabemos por David Icke y por tantos otros que las élites son sumamente aficionadas.

No quiero concluir esta parte de mi exposición sin referirme, aunque sea brevemente, al tema del chip subcutáneo, del “microchip 666” o “Marca de la Bestia” que se lleva tiempo diciendo que algún día querrán implantarnos para suprimir definitivamente el dinero físico y tener controlada a la población hasta límites inimaginables. Podría parecer una ensoñación conspirativa irrealizable; pero precisamente en el contexto de la pandemia del Covid-19 y del “control sanitario” que querrán hacernos creer que es necesario a partir de ahora para evitar posibles rebrotes, ha dejado de ser ciencia ficción el día, tal vez ya no muy lejano, en que pretendan implantarnos un chip que, entre otras muchas cosas, demuestre —por ejemplo— que nos hemos puesto la futura vacuna.

Pues bien: resulta, oh casualidad, que el 26 de marzo de 2020 Microsoft, la megacorporación de Bill Gates, ha registrado en la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual de Naciones Unidas, una nueva patente para obtener criptomonedas usando datos de actividad corporal humana: es decir, un dispositivo digital que coincide, punto por punto, con lo que la cultura popular ya conoce como el “microchip 666”. ¿Y adivina el lector cuál es el número oficial de la patente? Pues nada menos que “2020/060606”. ¿Una coincidencia? ¿Un rasgo de humor negro de la propia Organización de Patentes? ¿Una petición expresa de Microsoft? ¿Un gesto ritual de la Élite, al mismo nivel que el pangolín de The Economist? No lo sabemos con seguridad; pero son muchos los factores que, sin probar nada de una manera irrefutable —lo reconozco—, sí que van acumulando indicio tras indicio a favor de la tesis que sostiene el autor de las presentes líneas.

4. ¿A quién interesa la pandemia?

“Muy bien, señor Belchí: admitamos que tiene usted razón y que el coronavirus ha sido diseñado y puesto en circulación de manera intencionada. Y todo esto, ¿con qué propósito se haría? Una crisis económica mundial causada como consecuencia indirecta de la pandemia, ¿no podría ser peligrosa también para la misma Élite que supuestamente la ha puesto en marcha? Si ya poseen tanto dinero y poder, ¿para qué embarcarse en un plan así?”

Para entender tal cosa, resulta necesario saber que, como han señalado muchos prominentes economistas, el sistema económico capitalista, en su versión actual, se encuentra ya totalmente agotado desde la crisis de 2008: sobrevive desde entonces “con respiración asistida”, gracias a las masivas inyecciones de liquidez introducidas por los Bancos Centrales y a unos tipos de interés de nivel cero e incluso negativos. Entre nosotros lo viene repitiendo de manera señalada Santiago Niño Becerra, catedrático de Estructura Económica de la Universidad Pompeu Fabra. Lleva años diciendo que el crash económico global es absolutamente inevitable: se puede retrasar algunos años —como se ha hecho desde 2008—, pero finalmente va a llegar. El endeudamiento mundial (unos 200 billones de dólares, según dicen), el desajuste entre economía real y economía financiera, la disrupción de las nuevas tecnologías… Todo hace ya inviable el modelo económico capitalista que ha regido desde 1950. Hay que sustituirlo por otro en el que, según Niño Becerra, habrá un paro estructural altísimo, desaparecerá prácticamente la clase media y los pequeños negocios y empresas, y será necesario implantar la renta básica para evitar un estallido social.

Santiago Niño Becerra no es un teórico de la conspiración, ni tampoco un filósofo profundísimo: se limita a diagnosticar y describir una realidad según los síntomas que en ella aprecia. Reconoce que viene una época de sufrimiento para una gran parte de la población occidental. La clase media quedará depauperada. Aumentarán las desigualdades. La sociedad se polarizará cada vez más entre la clase superior y elitista, por un lado, y la masa de la población por otro, dividida en diversos grados de “clase baja”. No le gusta que vaya a pasar esto, pero le parece que es inevitable.

La Élite globalista sabe perfectamente todo esto. Lo sabe perfectamente The Economist. El crash no se puede evitar. Entonces, ¿qué hay que hacer? Pues dirigirlo, pilotarlo, tener un plan.

La pseudoepidemia del Covid-19 sólo está acelerando un proceso que ya existía; el crash mundial

Efectuar una demolición controlada de un edificio aquejado de aluminosis estructural. El proceso de transformación ya estaba en marcha desde hacía años: hay que llevarlo a cabo poco a poco para evitar una toma de conciencia generalizada y una rebelión popular que se desea evitar a toda costa. Según una opinión ya muy extendida entre los economistas más perspicaces —y Niño Becerra es uno de ellos—, la pseudoepidemia del Covid-19 sólo está acelerando un proceso que ya existía. El crash mundial se hubiera producido de todas formas; pero es mejor que se produzca como tú quieres, cuando tú quieres y bajo tu control.

Y, en realidad, he aquí un argumento más a favor de la tesis que sostengo: estamos ante una pseudopandemia provocada y dirigida. Porque no hace falta moverse en ningún círculo conspiranoico para darse cuenta de que los efectos del Covid-19 se ajustan milimétricamente a los deseos, largamente acariciados, de la élite política, tecnológica y financiera internacional.

Los efectos del Covid-19 se ajustan a los deseos, de la élite política, tecnológica y financiera internacional

No les hubiera valido ningún otro tipo de coronavirus ni ningún otro tipo de pandemia: lo que necesitaban era precisamente lo que está pasando. Un virus para el que no hubiera inmunidad previa entre la población mundial y que, aunque no fuese muy letal, se extendiese con gran rapidez y provocase en los países desarrollados el colapso de los sistemas sanitarios, causando una epidemia de pánico y obligando a los gobiernos a tomar medidas sin precedentes de cuarentena y aislamiento social que paralizarían casi por completo la actividad económica. Y, por supuesto, todo ello sería imposible sin el concurso inestimable de los medios de comunicación, grandes difusores de un estado de histeria masiva. Primero tranquilizaron y anestesiaron a la población tachando de alarmistas a los pocos que, ya en enero y febrero, avisaron de lo que se avecinaba; y después siguieron mintiendo y anestesiando al hurtar la información y el debate sobre lo que sucede entre bastidores en el escenario del mundo político y financiero internacional, al tiempo que entretenían a los ciudadanos con inanes noticias sobre mascarillas, balcones, retos solidarios y tartas caseras.

Este era el objetivo, pues: el crash económico controlado, la extensión de una auténtica epidemia de miedo, previa a la aplicación de la “doctrina del shock”, según la afortunada expresión acuñada por Naomi Klein. Ahora, tras el impacto de la pandemia, los ciudadanos occidentales están mucho más cerca de aceptar la supresión del dinero en efectivo e incluso el chip subcutáneo, si les convencen de que éste es necesario para garantizar la futura seguridad sanitaria de la población. Por su parte, los Estados se encuentran debilitados, y lo estarán aún más en el futuro ante el tremendo esfuerzo que la mitigación de los efectos económicos de la pandemia —mucho más devastadores y duraderos que los puramente sanitarios— va a exigir a sus arcas públicas; y su margen de maniobra y soberanía menguará también ante la creciente preponderancia de las instancias decisorias supranacionales, necesarias —nos dirán— para el manejo de emergencias que ya se mueven a escala planetaria. El Gobierno Mundial se encuentra más próximo de lo que ha estado nunca. En cuanto a la tecnología 5G —elemento imprescindible para el futuro diseñado por la Élite—, también ahora se implantará con muchos menos problemas, objeciones y reticencias, ante la importancia creciente que van a cobrar el teletrabajo y todo tipo de procesos telemáticos. Y son sólo unos cuantos ejemplos de las muchísimas ventajas que el Covid-19 supone para la Élite globalista. Vamos, que ni si ellos mismos hubieran diseñado a propósito la pandemia les habría salido tan bien. O esperen: es que tal vez sea eso, que son ellos los que la han diseñado…

Se trata de algo que me parece absolutamente evidente: la Élite tiene un plan. Ya lo dijo David Rockefeller en 1994 ante un grupo de embajadores en las Naciones Unidas: “Estamos a las puertas de una gran transformación.

David Rockfeller (1984): “Lo único que necesitamos es la crisis adecuada, y el mundo aceptará el Nuevo Orden Mundial”.

Lo único que necesitamos es la crisis adecuada, y el mundo aceptará el Nuevo Orden Mundial”. Agotado el modelo hiperindividualista de 1950-2020, ya en estado comatoso desde 2008, ahora la brusca alteración mental y de costumbres provocada por la pseudopandemia del Covid-19, el crash económico inducido por ésta —y querido por la Élite— y la tecnología 5G, absolutamente imprescindible para el nuevo sistema socio-económico que han diseñado para nosotros, posibilitarán que el mundo pase a una nueva era, basada en el Internet de las Cosas, que abrirá posibilidades de negocio absolutamente nuevas, un campo virgen de explotación económica en el que, nos guste o no —si se cumplen los planes de la Élite globalista—, tendremos que acostumbrarnos a vivir. Y téngase en cuenta, además, que el plan de la Élite todavía está a medio desarrollar y no sabemos qué otras fases quedan ni qué otros efectos desestabilizadores puede producir en el ámbito geopolítico global.

5. Conclusión: el futuro no está cerrado

De manera que ya han preparado cierto futuro para nosotros: agenda transhumanista, áreas urbanas a modo de paradisíacos resorts de ultralujo (Elysium) para la élite tecno-financiera, renta básica universal como instrumento de control social de las masas empobrecidas, generalización de las redes telemáticas en la vida cotidiana, supresión del efectivo, geolocalización y monitorización permanente, sistema de crédito social similar al que ya existe en China, omnipresente vigilancia orwelliano-tecnológica, probable vacuna obligatoria, chip subcutáneo bajo pena de convertirse en un paria social, vaciamiento de poder de hecho de los Parlamentos nacionales, etc., etc. Parte de todo ello aún nos puede sonar a ciencia ficción; pero esperemos a 2030 y ya volveremos a hablar. ¿No percibimos el enorme trecho que hemos recorrido en apenas tres meses? La Élite debe de andar absolutamente eufórica. Todo parece estarles saliendo a pedir de boca. Es cierto que el proceso no está completado, que quedan años de pasos sucesivos; pero la gran jugada de la pseudopandemia originada en Wuhan les está saliendo tal como habían proyectado. El grueso de la población anda temerosa y desorientada, y cada vez se comporta con mayor docilidad ante las autoridades. Todavía quedan flecos importantes, como por ejemplo Rusia. La inteligencia militar del Kremlin no se llama a engaño: sabe perfectamente que lo que se halla en curso es una gran operación de ingeniería social y una guerra declarada a los Estados-nación y a todos los valores tradicionales, y así lo han declarado ya públicamente altos oficiales de la inteligencia rusa. Así que de Rusia y de Putin habrá que encargarse de algún modo.

En realidad, tales consideraciones desbordan el objeto del presente escrito, de manera que no nos vamos a extender más al respecto. Quería explicar en qué me baso para pensar que estamos ante un virus artificial y difundido intencionadamente, y espero haber logrado mi propósito. No pretendo haber convencido por completo a nuestros lectores, pero sí, al menos, haber hecho que se paren a pensar.

Desde los tiempos de Debord y Lipovetsky hemos criticado mucho, y con razón, la banalidad de las sociedades posmodernas, causa de tanta infelicidad íntima, de tanto Prozac comprado en las farmacias. No nos gusta está sociedad capitalista y narcisista. Básicamente, era la crítica que ya en la década de 1990 se dirigía contra la globalización.

Ahora nos dicen que este sistema —el económico, no el de la banalización— ya no sirve y que hay que pasar a otro nuevo; el Covid-19 es un instrumento, un truco, una añagaza para empujarnos a dar el salto con más rapidez. El salto a un mundo un poco distópico, pero al que acabaremos acostumbrándonos. Habrá ganadores y perdedores, sufrimiento, necesidad de adaptarse o perecer, un darwinismo monstruoso. Será duro, sí; pero, ¿acaso no estábamos ante unas sociedades occidentales reblandecidas y acomodadas a las que es de justicia aplicar la filosofía purificadora del titán Thanos? Los memes de Bill Gates con el guantelete de Thanos corren desde hace unos días por las redes sociales.

Aún estamos a tiempo de resistirnos, sin embargo, a un plan diseñado sin habernos consultado y que sólo nos considera como un rebaño fácilmente manipulable, como pura carne de cañón. Queremos otro futuro, pero no éste que la Élite nos prepara para perpetuar su dominación. Y también nosotros necesitamos algún plan sugestivo y una hoja de ruta. De lo contrario, la superioridad estratégica de los globalistas y nuestra propia incapacidad para organizarnos serán los grilletes que nos encadenen a una nueva forma de esclavitud, más odiosa que cuantas ya antes han existido en el mundo.

Fuente: elmanifiesto.com